Socovos, la loma de los signos
En la Solana del Molinico, puntos, barras y manchas enlazan Socovos con grupos neolíticos de hace miles de años. El recorrido de esas pinturas —desde la loma hasta su descubrimiento y reconocimiento internacional— también invita a mirar el terreno que las rodea.
El castillo de Socovos se alza sobre la loma y ofrece una vista amplia de su emplazamiento.
En la Solana del Molinico, también llamada Loma del Conjuraor, la historia empieza con unas pinturas rupestres. No cuentan una escena con personajes fácilmente reconocibles: su lenguaje es esquemático, hecho de puntos, barras y máculas, formas abstractas que convierten una superficie rocosa en una huella humana. A través de ellas, Socovos conserva un testimonio de grupos neolíticos y una historia que se prolonga mucho más allá del momento en que alguien volvió a advertirlas.
Solana del Molinico: signos en la loma
El nombre de Solana del Molinico señala un lugar concreto del término; Loma del Conjuraor, la otra denominación, lo sitúa en el relieve. Allí, las pinturas pertenecen al llamado Arte esquemático, cuya cronología se sitúa entre 6500 y 3200 años antes del presente. Es un intervalo amplio, no la fecha de una única jornada de pintura. Lo que permite seguir es una tradición de imágenes vinculada a grupos neolíticos y reconocible por la abstracción de sus motivos.
La distancia entre aquellos grupos y el Socovos actual se mide en milenios, pero la huella no se entiende solo como una reliquia aislada. Las pinturas forman parte de un conjunto que también se encuentra en núcleos conocidos como Alpera, Letur y Nerpio. Para el área meridional de Albacete, la Solana del Molinico ha sido considerada el santuario rupestre más importante. Ese valor nace de lo que permanece en la loma: imágenes que permiten reconocer presencia humana sin convertirlas en relatos que sus formas no cuentan.
Un término municipal de rocas distintas
La geología añade otra escala a la historia. La clasificación geotécnica del municipio señala como categoría principal las calizas, dolomías y mármoles, rocas carbonatadas. También registra areniscas, conglomerados y flysch, además de sedimentos y otros materiales. Es una descripción del término municipal: ayuda a entender la variedad del sustrato de Socovos, pero no identifica por sí sola la roca de cada paraje. Las pinturas se cuentan aquí como testimonio de la Solana; los datos geológicos describen el escenario más amplio.
En las formaciones carbonatadas, el agua puede disolver la roca y abrir huecos; con el tiempo, ese proceso kárstico puede producir cavidades y hundimientos. El estudio geotécnico califica algunas zonas carbonatadas como medianamente karstificadas y registra áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. También señala zonas con movimientos posibles, como deslizamientos o desprendimientos. Son procesos que expresan una tensión real entre roca, agua y gravedad, aunque no describen por igual cada punto del municipio ni permiten atribuir un efecto concreto a la loma de las pinturas.
El hallazgo que volvió a darles nombre
En 1935, Casimiro Fernández Baudín descubrió las pinturas de la Solana del Molinico. El descubrimiento abrió una nueva etapa para aquellas imágenes: dejaron de ser solo una presencia en el paraje y entraron en la historia documentada del arte rupestre de Socovos. En 1962, Joaquín Sánchez Jiménez las publicó inicialmente. Entre ambas fechas pasaron veintisiete años; el hallazgo y su publicación son dos momentos distintos de una misma recuperación pública.
Las barras, los puntos y las máculas no ofrecen una traducción literal. Su importancia está en que forman parte de un estilo reconocido como Arte esquemático y sirven como testimonio de grupos neolíticos. La comparación con Alpera, Letur y Nerpio sitúa Socovos en una geografía más amplia de arte rupestre, mientras que la consideración de la Solana como el santuario más importante del área meridional de Albacete devuelve el foco a esta loma. El lugar no necesita una escena inventada para que su huella resulte elocuente.
El castillo de La Encomienda, otra escala
En Socovos hay también una huella histórica de otra época y otra forma: el castillo de La Encomienda. Su construcción se remonta, al parecer, al siglo XII; fue reformado en el siglo XVI, durante el reinado de Felipe II. Mucho después, la corporación municipal lo adquirió en 2006 y las obras de restauración comenzaron en noviembre de 2007. El castillo no explica las pinturas ni permite deducir el material de la loma, pero muestra otro capítulo del patrimonio local: una construcción que pasó por reformas y una intervención municipal.
Las dos imágenes de Socovos —los signos rupestres y el castillo— no son contemporáneas ni cuentan el mismo episodio. Juntas permiten percibir la amplitud temporal de las huellas humanas en el término, sin confundir sus lugares ni sus historias. El terreno acompaña ambas, pero el vínculo es contextual: la geología municipal ayuda a conocer el sustrato de la localidad; no demuestra qué roca concreta se empleó o se pintó en cada monumento.
Una torre y un tramo de muralla del castillo de La Encomienda, huella de otra etapa de la historia local.
De la loma a la declaración de 1998
La historia de la Solana volvió a cambiar en 1998, cuando el conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco bajo el nombre administrativo de Arte rupestre del arco mediterráneo de la península ibérica. La declaración reconoció un valor que no se limita a Socovos: integró estas pinturas en una categoría patrimonial de alcance más amplio. Para el lugar, sin embargo, el reconocimiento no borró la distancia entre la importancia atribuida al santuario y su conocimiento cotidiano.
La descripción publicada sobre el patrimonio local señala que la Solana seguía siendo poco conocida y carecía de algún tipo de protección, pese a su reconocimiento internacional. Ahí se encuentra la dificultad que atraviesa la historia reciente: la declaración concede reconocimiento, pero no equivale por sí sola a una protección efectiva del paraje. El contraste es concreto. Las pinturas son valoradas como patrimonio universal y, a la vez, el propio relato patrimonial advierte que su cuidado local no estaba resuelto.
Lo que permanece en la Solana
El desenlace documentado no es una desaparición ni una protección plenamente conseguida. Las pinturas fueron descubiertas en 1935, publicadas en 1962 y reconocidas por la Unesco desde 1998; su importancia quedó asentada, mientras persistía la preocupación por su escasa protección y su condición de lugar poco conocido. Así termina, por ahora, el recorrido histórico que permiten seguir esos hitos: el reconocimiento llegó, pero no cerró la cuestión de su cuidado.
En la Solana del Molinico, la loma conserva su nombre doble y los signos mantienen su vínculo con los grupos neolíticos que los dejaron. A escala del término, las rocas carbonatadas y los procesos kársticos recuerdan que el sustrato también cambia, aunque no podamos atribuir ese proceso a las pinturas. Al volver a los puntos y las barras, ya no vemos solo formas abstractas: vemos una huella local que cruzó milenios, fue descubierta y obtuvo reconocimiento, pero sigue necesitando que su importancia se traduzca en cuidado.
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