Rotglà i Corberà, del cerro al llano
En Rotglà i Corberà, las huellas ibéricas acompañan un cambio decisivo: de los cerros a los llanos fértiles junto a los cursos de agua. El relieve, el agua subterránea y los caminos ayudan a entender cómo aquel territorio reunió cultivo, asentamiento y tránsito.
Vista general del Ayuntamiento de Rotglà i Corberà, en el núcleo actual de la localidad.
El terreno de Rotglà i Corberà desciende desde el cerro Carraposa, que alcanza los 251 metros y es el punto más alto del término, hacia el este, donde llega a unos 100 metros. El pueblo se encuentra a 116 metros. Entre esas alturas y las formas más suaves del sector oriental se dibuja un paisaje que invita a seguir un cambio antiguo: la transición desde asentamientos en cerros y zonas montañosas hacia llanos fértiles próximos a los cursos de agua.
Carraposa y las primeras huellas permanentes
Los restos de Carraposa y La Coroneta sitúan en el territorio la presencia íbera más antigua documentada como ocupación humana permanente. Cerámicas, utensilios, enterramientos y fragmentos de estructuras hablan de comunidades vinculadas a la agricultura y la ganadería entre los siglos VII y III a. C. No son solo piezas aisladas: juntas apuntan a una relación sostenida con el lugar y con una comarca atravesada por caminos hacia La Canal de Navarrés, el Valle de Ayora y otros territorios valencianos.
Algunas ánforas fenicio-púnicas abren una ventana hacia una posible presencia anterior, en el Bronce Tardío Valenciano. Después, durante la transición del Bronce al Hierro, cambiaron las dinámicas de asentamiento: de los cerros y las zonas montañosas a los llanos fértiles de los cursos de agua. Imaginemos lo que ofrecía ese giro. Un llano podía acercar a las familias a tierras cultivables y a las rutas del valle; las alturas, en cambio, ofrecían posiciones desde las que vigilar el entorno. La elección de un lugar tendría que equilibrar ventajas distintas, no obedecer a una sola necesidad.
El valle del Cànyoles gana peso
La transformación local forma parte de un cambio más amplio. Los estudios de las vías íberas de La Costera señalan que perdió importancia el tránsito por la margen derecha del río Cànyoles, donde se encontraba el asentamiento íbero original de Xàtiva, en La Solana, en la cara sur de la montaña del castillo. A la vez, durante la Edad del Hierro aumentó la presencia de asentamientos en la margen occidental. La concentración más importante del curso bajo se extendía entre Rotglà i Corberà y Llanera de Ranes, por llanos fértiles en dirección a Estubeny y Enguera.
Cabe pensar que el paso hacia terrenos más llanos respondía, al menos en parte, a la posibilidad de combinar producción agropecuaria y conexión con el valle. La agricultura y la ganadería están entre las actividades señaladas para las comunidades locales; los llanos fértiles y los cursos de agua aparecen ligados al cambio de asentamiento. Esa combinación pudo hacer del territorio algo más que un sitio donde vivir: un espacio productivo dentro de una red de poblados. El oppidum de Saití, la actual Xàtiva, era el centro regional de referencia y ejercía influencia sobre asentamientos periféricos como el de Rotglà i Corberà.
Una calle de Rotglà i Corberà muestra el tejido urbano actual, sobre un territorio cuya historia también se organizó entre cerros, llanos y caminos.
Un subsuelo diverso bajo el relieve
El paisaje no descansa sobre un único material. La clasificación geotécnica del término registra gravas y arenas compactas en un 38,47%, yesos, anhidrita y sales en un 23,21%, y calizas, dolomías y mármoles en un 14,67%. También distingue arenas finas y limos, arcillas y margas sobreconsolidadas duras, además de una categoría de masa de agua. Son materiales distintos, con comportamientos diferentes ante el agua y la deformación; el relieve uniforme en buena parte del municipio convive así con una composición subterránea variada.
La ficha clasifica la permeabilidad como 9, litología D-2: formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad que pueden albergar acuíferos superficiales allí donde la alteración o las fisuras abren vías al agua. Un acuífero es una reserva subterránea que ocupa poros o fracturas de los materiales. La descripción geográfica del municipio señala una presencia generosa de agua dulce en el subsuelo, relacionada con los márgenes de áreas anticlinales del Macizo del Caroche y la Sierra Grossa. Las fuentes y filtraciones tienen, sin embargo, muy poco caudal.
Ese contraste ayuda a comprender el territorio: los ríos Cáñoles y Sellent enmarcan el término por el sureste y el noroeste, pero circulan fuera de sus límites; dentro del municipio no hay corrientes naturales de agua. Las fuentes, alimentadas por acuíferos y filtraciones, ofrecen una presencia más discreta. Supongamos que una comunidad tenía que organizar su actividad en un espacio así. La cercanía de los valles y la posibilidad de encontrar agua bajo el suelo pudieron hacer atractivos los llanos, mientras que el acceso a las fuentes exigiría reconocer dónde afloraba ese recurso. La geología no imponía una única respuesta: planteaba condiciones que podían aprovecharse de distintas maneras.
El Camí Vell conecta los pasos
Los asentamientos también miraban hacia las rutas. La principal vía de comunicación antigua que recogen los estudios es el Camí Vell de València. Rotglà i Corberà funcionaba como punto de enlace entre caminos del oeste y la vecina Saití, al este. La ruta conectaba con el corredor de la actual CV-563, por La Llosa de Ranes, y con el camino procedente de Manuel junto al río Albaida. El valle no era solo una franja de tierras fértiles: ordenaba desplazamientos entre comarcas.
¿Qué pudo aportar la altura en ese sistema? La región contaba con núcleos satélites elevados, descritos como atalayas que permitían el control estratégico de caminos hacia Saití, La Canal de Navarrés, el resto del valle del Cànyoles y la Ribera Alta. Cabe pensar que las posiciones altas ofrecían una lectura amplia de los pasos, mientras que los llanos favorecían otras tareas cotidianas. La combinación de alturas, corredores y zonas cultivables daba al territorio varios papeles a la vez. En ese equilibrio, Rotglà i Corberà enlazaba poblados y rutas dentro del área de influencia edetana.
De las alquerías a un municipio común
Con el paso de los siglos, cambiaron los asentamientos y también las formas de organizar el territorio. En época andalusí aparece el actual núcleo de población. Rotglà y Corberà tuvieron origen como alquerías musulmanas y, después de la conquista cristiana, pasaron a ser posesiones feudales. La historia de ambas localidades se siguió por separado hasta que, en 1854, se fusionaron en un único municipio con pleno reconocimiento legal. Dos nombres de lugar quedaron reunidos en una unidad administrativa compartida.
El relieve que había dado contraste a la vida antigua seguía ahí: Carraposa en el oeste, los llanos hacia el este y los valles fluviales a ambos lados. También permanecía una red de caminos que hacía de la posición local un enlace entre el interior comarcal y los pasos hacia Xàtiva. La fusión de 1854 ofrece el resultado conocido de esa larga historia humana: Rotglà y Corberà pasaron a formar un solo municipio. No borró las diferencias del paisaje ni las huellas de las etapas anteriores; las reunió bajo un mismo nombre.
Desde Carraposa, el terreno cae hacia un horizonte más llano. En la Edad del Hierro, esa transición acompañó el desplazamiento hacia los espacios fértiles del valle; siglos después, Rotglà y Corberà quedaron unidos en una misma localidad. El cerro y el llano siguen contando, juntos, cómo el paisaje ofreció distintas maneras de habitar y atravesar este rincón de La Costera.
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