Fitero reunió pastores, celtíberos y romanos junto al Alhama
Frente a los Baños de Fitero, la ribera conserva huellas de un poblado pastoril que después conoció a los celtíberos. ¿Qué ofrecía el Alhama para atraer, una y otra vez, a comunidades distintas?
Los Baños de Fitero, frente a cuyo establecimiento termal se encuentra la Peña del Saco, junto al Alhama.
En la Peña del Saco, a orillas del Alhama y frente al establecimiento termal, quedaron vestigios de un poblado de la Edad del Bronce. Después llegaron los celtíberos; más tarde, la conquista romana frenó su cultura. Tras la destrucción de Numancia, aquel poblado quedó arruinado y abandonado. En esta ribera de Fitero, los cambios de época se leen junto a un paisaje que siguió ahí.
La orilla cambió de manos, no de lugar
La pregunta es qué pudo hacer tan valioso este rincón. El registro documenta los asentamientos junto al río, no las razones de quienes los eligieron. Pero es probable que la cercanía del agua contribuyera a atraer población: una corriente junto a la que vivir y moverse ofrecía una ventaja concreta en un territorio de inviernos y veranos marcados. La geología no decide por las personas; sí ayuda a entender el escenario en el que tomaban esas decisiones.
La Peña del Saco guarda la secuencia más clara: primero un pueblo pastoril de la Edad del Bronce, después la presencia celtibérica y, finalmente, la conquista romana. No se trata de un único asentamiento que permaneciera intacto durante siglos, sino de una ribera ocupada y transformada. El abandono posterior a la destrucción de Numancia marca un corte: un lugar que había reunido comunidades quedó arruinado.
También en Peñahitero —la Peña de Fitero— se encuentran los restos humanos más antiguos señalados para la localidad: la tumba de un príncipe celta, perteneciente a gentes que llegaron en el siglo IX a. C. La historia humana no se limita, por tanto, a una sola orilla ni a una sola etapa. En el entorno del Alhama, distintos lugares conservan capítulos diferentes de una ocupación prolongada.
¿Pudo ser Peñahitero el escenario de una campaña romana? Es una de las hipótesis planteadas para localizar Castra Aelia, el campamento que las fuentes clásicas relacionan con el periodo posterior a la toma de Contrebia Leucade. La posibilidad se vincula al yacimiento arqueológico adyacente al poblado celtíbero, pero sigue siendo una hipótesis, no una identificación segura. La prudencia no le quita fuerza al paisaje: recuerda que esas piedras se investigan como pistas, no como respuestas cerradas.
El Alhama atraviesa Fitero; su lecho de gravas acompaña el relato de un paisaje marcado por el agua y los sedimentos.
El río también cuenta una historia de sedimentos
El Alhama no solo señala dónde aparecen vestigios; forma parte de un terreno compuesto por materiales que hablan de antiguos ambientes. La ficha geotécnica de Fitero agrupa areniscas, conglomerados y flysch, y les atribuye el 67,95 % de los terrenos descritos. No es una fecha ni una explicación de cada yacimiento: es una pista sobre los tipos de roca presentes en el municipio.
Las areniscas proceden de arenas que se acumularon y acabaron cementándose, como las de antiguas playas, deltas o cursos de agua tranquilos. Los conglomerados, en cambio, reúnen cantos rodados: para formarlos hizo falta una corriente capaz de arrastrar fragmentos con energía, parecida a la de un torrente mediterráneo cuando baja crecido. El flysch es una alternancia de capas de arena y arcilla depositadas al pie de una plataforma continental; imagina una sucesión de láminas, unas más arenosas y otras más finas.
Hay otra pista en la misma clasificación: gravas y arenas compactas representan el 17,82 %. Son materiales que remiten a ríos y avenidas, con depósitos que pueden cambiar cuando el agua gana fuerza.
Santa María la Real, el monasterio cuya comunidad cisterciense acabó asentándose en el territorio de Fitero.
El Alhama atraviesa el término y, cerca de su cota más baja, lo hace después de juntarse con el Linares. La relación entre el río actual y cada unidad de terreno no se puede fijar con esos porcentajes por sí solos; sí podemos decir que el agua y los sedimentos forman parte del paisaje local que acompaña la historia de sus pobladores.
Este vocabulario geológico ayuda a leer el escenario sin convertirlo en una explicación automática. La ribera documentada en la Peña del Saco está junto al Alhama; la ficha, por su parte, muestra que en Fitero son relevantes materiales sedimentarios y depósitos de grava y arena. Es razonable pensar que el relieve y el agua condicionaron dónde era posible asentarse, aunque la elección concreta de cada comunidad pertenece a la historia humana.
De Tudején a la frontera monástica
Siglos después de aquellos poblados, Tudején volvió a situar a Fitero en el mapa de los poderes que se disputaban el territorio. El antiguo núcleo romano se encontraba a los pies del monte Castillo, frente al Balneario de Fitero y a unos tres kilómetros al oeste del núcleo urbano actual. No debe confundirse con la Peña del Saco: son referencias distintas dentro del paisaje local, ambas ligadas a la historia antigua.
En 1073, un documento registró el intercambio del castillo musulmán de Tudején por el cristiano de Caparroso entre Sancho IV de Navarra y Al-Muqtadir Billah, de Zaragoza. El castillo era una pieza de una frontera cambiante. Mucho después, el nombre de Fitero conservaría esa idea: se explica como «frontera» por la situación del monasterio primigenio, en el siglo XII, entre Castilla y Navarra y entre las diócesis de Calahorra y Tarazona.
La comunidad cisterciense tampoco llegó de una vez a su emplazamiento definitivo. En 1140, Raimundo y sus monjes fundaron una casa con iglesia en Niencebas, en la falda meridional de Yerga, en el actual término de Alfaro. En 1152, aquel establecimiento pasó a ser una granja y la comunidad se asentó en Tudején, en el lugar conocido como Castellón. ¿Qué significó ese traslado? Que el centro religioso también fue encontrando su sitio en un territorio de poblados antiguos y límites disputados.
La construcción del segundo y definitivo monasterio de Fitero comenzó en 1179; su iglesia fue consagrada en 1247. Su presencia dio continuidad a un paisaje donde los asentamientos habían cambiado de nombre, de habitantes y de función. A finales del siglo XV, el abad llevó a cabo la refundación de la villa de Fitero a partir de Tudején. La localidad actual quedó así vinculada a una historia más larga que sus propias calles.
La tierra que persistió mientras cambiaban los señores
La vida de la villa no se volvió tranquila por tener un monasterio. Santa María la Real ejercía el señorío y las tensiones con los vecinos se prolongaron durante siglos. Entre 1643 y 1664, estos intentaron fundar un nuevo pueblo, Villa Real, pero el monasterio consiguió impedirlo. Fitero compró junto con otras villas los montes del Cierzo y Argenzón en 1665, aunque los límites quedaron sin fijar. El territorio, como la autoridad, era motivo de disputa.
En 1675, el abad adquirió la jurisdicción criminal después de que la villa no completara el pago que había iniciado en 1630. La decisión provocó un motín violento y el asalto y saqueo del monasterio. Son episodios documentados de una pugna por el gobierno local, no efectos directos de la geología. Pero ocurren en el mismo espacio que había acogido poblados junto al río, el castillo de Tudején y una comunidad monástica que cambió de emplazamiento antes de asentarse.
Los monjes fueron expulsados en 1836, con la Desamortización, y la villa pudo emanciparse del señorío. Hoy, el Alhama cruza el término entre cotas que van desde los 400 metros en la muga con Cintruénigo hasta los relieves de La Atalaya y Navillas. Si miras la ribera, ves un curso de agua actual; si sigues sus márgenes hacia la Peña del Saco y Tudején, encuentras nombres y restos de comunidades muy distintas.
¿Qué reunió aquí a pastores, celtíberos y romanos? La evidencia permite responder con cuidado: compartieron un territorio recorrido por el Alhama, cuyos materiales sedimentarios hablan también de ríos, arenas y corrientes más enérgicas. Es probable que el agua hiciera atractiva la ribera; las huellas que quedaron convierten esa posibilidad en una historia concreta de Fitero, no en una explicación única de todas sus decisiones.
El río no conservó intacto ningún poblado: conservó el lugar donde se cruzaron sus historias. Cuando pases por los Baños o mires hacia la Peña del Saco, el Alhama aparecerá menos como un límite del paisaje que como el hilo que enlaza sus asentamientos más antiguos.
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