Villanueva del Rey convirtió grandes lajas en sepulcros que miran al este
En los sepulcros megalíticos de Villanueva del Rey, grandes piedras se alzaron para formar cámaras y quedaron cubiertas por tierra. ¿Qué ofrecía este paisaje para que la roca se convirtiera en arquitectura funeraria?
Vista aérea de Villanueva del Rey, rodeada por las lomas y parcelas de su entorno serrano.
En Villanueva del Rey, la piedra no fue solo parte del paisaje: en el Calcolítico se convirtió en sepulcro. Las tumbas megalíticas del municipio, fechadas aproximadamente entre 2500 y 2000 a. C., se construyeron con grandes lajas clavadas verticalmente y cubiertas por otras piedras. Después, un túmulo de tierra tapaba la estructura. La entrada se orientaba hacia el este.
La forma permite imaginar la escala de la tarea sin inventar quién la dirigió ni cómo se organizó. Para levantar aquellas tumbas hubo que seleccionar y colocar piezas capaces de mantenerse erguidas y sostener una cubierta. No eran piedras dispersas: al ordenarlas, quienes las construyeron dieron forma a un espacio funerario. La geología pasó a formar parte de una obra humana.
La tumba comienza con una laja en vertical
El detalle decisivo está en la posición de las piedras. Las lajas verticales definían la cámara; las que cerraban la parte superior completaban el sepulcro. El túmulo de tierra cubría el conjunto y la orientación hacia el este marcaba el acceso. Son rasgos concretos de una arquitectura hecha con piedra, no una explicación genérica sobre la prehistoria.
El perfil geotécnico municipal registra dos grandes grupos de materiales: pizarras y esquistos, con un 47.50 %, y granito, gneis y rocas ígneas, con un 41.97 %. Esa variedad ayuda a entender que el territorio cuenta con un sustrato rocoso diverso. Pero esos porcentajes describen el perfil del municipio: no identifican la roca de cada sepulcro ni prueban de qué afloramiento salió una laja determinada.
La presencia de pizarras permite acercarse a una historia más antigua que las tumbas. Son rocas formadas a partir de materiales transformados por presión y calor durante procesos geológicos prolongados; una manera sencilla de imaginarlo es pensar en una materia que ha quedado comprimida y modificada con el tiempo. El dato local importante es que las pizarras y los esquistos aparecen entre los materiales principales del municipio. No hace falta atribuirles cada piedra funeraria para ver el contraste: una roca nacida de procesos profundos acabó puesta, por manos humanas, en una construcción visible.
La sepultura conserva así dos escalas distintas. La roca pertenece a una historia geológica larga; la colocación de las lajas, a una decisión humana situada en el Calcolítico. No son la misma historia, pero se encuentran en el mismo objeto: piedras extraídas de un paisaje rocoso y convertidas en un lugar de enterramiento.
La sierra no está hecha de una sola piedra
El mapa del municipio cambia de altura entre el valle del Guadiato, al norte, y las elevaciones de Sierra Morena. La información geográfica sitúa el terreno entre los 450 metros junto al Guadiato y los 898 metros del cerro Erillas; el pueblo se alza a 549 metros. No es una llanura uniforme. Es un relieve de valle y sierra en el que las rocas aparecen en un paisaje con pendientes y cambios de altura.
En esa variedad, pizarras y esquistos comparten espacio en la clasificación con granito, gneis y rocas ígneas. Nombrar esos materiales no equivale a contar una sucesión completa de mares, volcanes o lagos: el dossier no registra esos episodios para Villanueva del Rey. Sí permite afirmar que el sustrato municipal está compuesto principalmente por esos dos grupos. La geología local aquí se reconoce en la diversidad de rocas, no en una cronología que las fuentes no proporcionan.
El estudio geotécnico también describe formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad, aunque pueden albergar acuíferos superficiales asociados a alteración o fisuración. Dicho sin jerga: el agua puede circular o almacenarse localmente en zonas donde la roca esté alterada o tenga fracturas, aunque esas formaciones no se comporten en general como un terreno muy permeable. El mismo estudio identifica áreas con movimientos actuales o potenciales, como deslizamientos y desprendimientos. Son características del terreno municipal; no se atribuyen aquí a un monumento concreto.
Ese relieve devuelve la mirada a las tumbas. La presencia de grandes lajas demuestra que la piedra fue un material de construcción en la localidad prehistórica, mientras que el perfil geológico ayuda a entender la diversidad rocosa del entorno. La conexión es significativa, pero precisa: conocemos la forma de los sepulcros y los tipos de terreno predominantes; no el punto exacto donde se obtuvo cada piedra.
En los Castillejos, la piedra vuelve a levantar muros
Mucho después —aunque las fuentes no asignan aquí una fecha concreta a cada resto— el Cerro de los Castillejos ofrece otra imagen de la construcción pétrea. En la zona del castillo, hoy en ruinas, se conservan restos de muros ciclópeos y construcciones de tipo castreño, junto con cerámicas hechas a mano de fractura gruesa. Cambia la forma, cambia el lugar del relato: de la cámara funeraria a los muros de un asentamiento.
Los restos no permiten afirmar que esos muros y los sepulcros se levantaran con la misma roca, ni que pertenezcan a una misma comunidad. Sí permiten reconocer que el patrimonio de Villanueva del Rey guarda varias formas de relacionarse con la piedra. En un caso, grandes lajas delimitan una tumba cubierta por un túmulo; en otro, el cerro conserva paredes y construcciones que hoy se leen entre ruinas.
La diferencia importa. Una roca no explica por sí sola quién vivió en el cerro ni por qué construyó allí, del mismo modo que la geología no fecha automáticamente una pared. Lo que sí hace el terreno es ofrecer el escenario material en el que las construcciones permanecen. Cuando miras los restos de los Castillejos, estás ante una huella humana concreta en una localidad cuyo perfil geotécnico registra un sustrato rocoso amplio y variado.
Antes de tener nombre, el territorio ya daba sustento
La historia municipal acerca el relato a tiempos más recientes. Sitúa el núcleo originario en el Villar de Dos Hermanas, surgido probablemente a mediados del siglo XIII en la finca de Dos Hermanas; añade que quizá existiera allí antes una aldea musulmana. La propia formulación distingue lo probable de lo posible. La localidad medieval nació en un territorio donde, según la historia del Ayuntamiento, la agricultura, la apicultura, la caza y la abundancia de minerales habían influido en el poblamiento.
La referencia a los minerales enlaza la vida de la población con la riqueza del subsuelo, aunque no identifica en este pasaje una explotación concreta ni permite reconstruir una actividad minera determinada. Es un vínculo sobrio pero importante: para Villanueva del Rey, los recursos del territorio no fueron únicamente una cuestión de paisaje. La fuente histórica los enumera junto a las actividades que sostuvieron el asentamiento.
También el suelo fue objeto de disputas entre localidades. La historia municipal documenta pleitos y acuerdos entre Villanueva, Espiel y Villaviciosa por explotaciones compartidas y por las líneas de límite. El 19 de abril de 1977 quedó establecido el deslinde definitivo entre Espiel y Villanueva del Rey, tras un conflicto que, según el Ayuntamiento, se había prolongado unos tres siglos y medio. La piedra de los sepulcros habla de una relación muy antigua con el terreno; los límites, de otra manera de dividirlo y administrarlo.
En el recorrido quedan dos certezas que se complementan: las tumbas calcolíticas muestran grandes lajas convertidas en arquitectura funeraria, y el perfil municipal señala pizarras, esquistos y rocas ígneas entre los materiales predominantes. La respuesta a la pregunta inicial está en ese encuentro entre sustrato y trabajo humano. En Villanueva del Rey, la piedra que formaba parte del paisaje llegó a sostener una memoria funeraria que todavía se reconoce en el territorio.
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