Xeresa convirtió la piedra calcárea de sus montes en cal
Junto a la montaña, los hornos de piedra y barro transformaban la roca calcárea en cal, utilizada por Xeresa y la comarca. ¿Qué tenía este paisaje para sostener ese oficio?
Una calle del núcleo de Xeresa, asentado en el llano que rodean los montes del término.
En Xeresa, el camino de la cal empezaba cerca de la montaña. Allí coincidían dos recursos que los habitantes necesitaban: piedra calcárea y leña. Con ellos alimentaban hornos construidos con piedra y barro, donde producían cal. No era una industria separada del paisaje, sino una actividad que dependía de lo que el término ofrecía a poca distancia: roca en las laderas y combustible en el entorno montañoso.
La piedra no era un elemento menor. La mayor parte del término es montañosa y predominan las rocas calcáreas; además, el terreno presenta pliegues orientados de este a oeste. En la clasificación geológica disponible, calizas, dolomías y mármoles forman el grupo más abundante, con 45.17. La caliza y la dolomía pertenecen a las rocas carbonatadas: en términos generales, materiales que se originan a partir de sedimentos acumulados en mares poco profundos, como una extensa plataforma marina somera. Esa explicación sitúa la familia de la roca, sin asignar una edad concreta a la piedra de Xeresa.
¿Cómo se convirtió esa roca en parte de la vida cotidiana? La respuesta que ofrece la historia local es concreta: los hornos de cal se levantaban cerca de la montaña, donde abundaban la piedra calcárea y la leña, y los utilizaban habitantes de Xeresa y de la comarca para producir cal. La piedra dejaba de ser solo relieve y entraba en una tarea compartida, hecha con materiales del entorno. El oficio no necesitaba un paisaje remoto: comenzaba a la vista del pueblo.
La montaña no terminaba donde empezaba el pueblo
El término de Xeresa cambia de escala en pocos kilómetros. El macizo del Mondúver alcanza los 841 metros y la cumbre pertenece al municipio; al otro extremo, la marjal de la Safor desciende hasta los 4 metros sobre el nivel del mar. El núcleo, a 26 metros, ocupa terreno llano rodeado por montes que forman un arco. En ese contraste se entiende por qué la montaña ofrecía piedra y leña mientras la vida del pueblo se organizaba en la llanura.
Los pliegues de las rocas, orientados de este a oeste, son capas de terreno que han quedado onduladas por fuerzas geológicas; puedes imaginarlos como una hoja que, al empujarla desde los lados, se arruga en crestas y valles. No hace falta atribuir a cada horno una posición exacta para reconocer el vínculo: la fuente local sitúa estas construcciones cerca de la montaña, precisamente donde había piedra calcárea. El relieve no era un decorado detrás del trabajo; determinaba dónde convenía buscar sus materias primas.
La síntesis geológica del término muestra también otros terrenos junto a las rocas carbonatadas: gravas y arenas compactas, además de areniscas, conglomerados y flysch. No todos cuentan la misma historia ni tuvieron que alimentar los hornos. Las gravas y arenas compactas representan 20.35 de la clasificación, y las areniscas, conglomerados y flysch, 15.95. Para el relato de la cal, sin embargo, importa el predominio de las rocas calcáreas y el dato histórico que las coloca junto a los hornos.
El fuego de aquellos hornos transformaba la piedra caliza en cal. Es una operación de cambio material: al calentar la roca se obtiene un producto distinto, del mismo modo que el horno transforma una masa cruda en algo que ya puede usarse de otra manera. La fuente describe hornos de piedra y barro y dice que los vecinos los empleaban para producir cal; no hace falta imaginar una gran fábrica para apreciar la escala local de esa actividad. Cada horno dependía de un abastecimiento próximo y de un conocimiento práctico del terreno.
Entre la piedra y el agua, otro mapa de Xeresa
La montaña no es la única fuerza que ordena el paisaje. El barranco de Xeresa o de Calafat nace en el Mondúver, atraviesa el casco urbano y alcanza la marjal. El recorrido enlaza la altura, el pueblo y la llanura húmeda en una sola línea. Hoy el barranco se ha convertido en un paseo y en un centro de la vida local: un cauce que baja desde el macizo atraviesa ahora un espacio cotidiano.
También el agua aparece en lugares ligados a la historia del municipio. La Fuente del Molino, situada delante del molino, se atribuye al siglo XV; la Fuente de la Pila ya se utilizaba en época musulmana. En esta última, algunos elementos fueron elaborados con piedra calcárea por picapedreros de la zona. La roca vuelve a cambiar de papel: en la montaña era materia prima para los hornos; en la fuente, una pieza trabajada por manos locales.
En 1908 se construyó el lavadero en un terreno cedido por un vecino, sobre la acequia de la Fuente del Molino, para abastecerse de ella con facilidad. La secuencia es reveladora: una fuente, una acequia y un lavadero enlazados en el espacio del pueblo. La geología disponible caracteriza los acuíferos como muy permeables, generalmente extensos y productivos; esa descripción acompaña el contexto de las fuentes, aunque no identifica el recorrido subterráneo concreto de cada una.
La llanura húmeda también conserva una presencia actual. La marjal de los Borrones, dentro de la Marjal de Xeresa, cumple una función de regulación de las aguas superficiales y subterráneas y preserva diversidad biológica. El barranco que llega desde el Mondúver y la marjal forman parte de un mismo paisaje municipal, aunque cada elemento tenga su propia dinámica. Si sigues con la mirada el descenso desde el macizo hasta la zona húmeda, verás cómo el relieve reúne en un término montañas, calles y terrenos bajos.
Caballos junto a la séquia de l'Escorredor, en la marjal de la Safor de Xeresa.
Una alquería, una necrópolis y el terreno que permanece
Mucho antes del lavadero, Xeresa era una alquería árabe en tiempos de la conquista cristiana. Según la historia local, Jaime I repartió sus casas y tierras y las donó a Jaime Palau; después pasaron a la familia Almunia y, en 1487, fueron compradas por el Ducado de Gandía. La continuidad de la ocupación humana no borra el paisaje anterior: la montaña calcárea, el llano y el paso del barranco enmarcan una historia que cambia de manos y de formas de vida.
En la antigua alquería se desarrolló, entre los siglos X y XIII, una necrópolis islámica considerada la mayor de la comarca de la Safor. Sus restos arqueológicos se hallaron en el polígono industrial de la Servana. El hallazgo sitúa bajo un espacio contemporáneo una huella de la comunidad medieval. No establece por sí solo una relación con los hornos de cal, pero recuerda que el terreno que hoy alberga usos nuevos también fue escenario de una vida organizada alrededor de la alquería.
La historia posterior tampoco fue lineal. Xeresa perteneció a Gandía y se separó en 1536 para erigirse en rectoría de moriscos; tras la expulsión de los moriscos quedó deshabitada y su economía arruinada, según el relato histórico local. En esa trayectoria, la geología no explica por sí misma los cambios políticos ni demográficos. Sí permite reconocer la persistencia del escenario material: las rocas calcáreas siguieron en las montañas, mientras el pueblo y sus usos se transformaban.
El regadío dedicado al naranjo, los cultivos de secano de olivos y algarrobos y el almacenamiento y exportación de naranjas forman parte de la economía que describe hoy la información municipal. Son actividades distintas de la producción de cal, pero vuelven a acercar el trabajo humano al terreno y al agua. La montaña aportó piedra y leña a los hornos; el barranco y la marjal dibujan otra relación entre altura, llano y humedad.
¿Qué queda, entonces, de aquel oficio de montaña? Queda la relación documentada entre los hornos, la piedra calcárea y los recursos cercanos, además de un paisaje donde el Mondúver, el núcleo y la marjal siguen enlazados por el relieve y el agua. Cuando pases junto al barranco o mires hacia los montes, Xeresa puede verse como algo más que un pueblo al pie de la montaña: también como el lugar donde esa piedra se convirtió en cal.
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