Siles, el agua entre calizas y yesos
El embalse de Siles pone el agua a la vista; un sondeo en Casa Tormos la encontró bajo tierra, a 56,64 metros. Entre esa superficie y el subsuelo se despliega un mosaico de rocas que condiciona cómo puede circular y dónde puede abrirse paso.
El embalse de Siles y la localidad al fondo sitúan en el paisaje el agua que también aparece, bajo tierra, en el sondeo de Casa Tormos.
En Siles, el agua tiene dos escenarios. En el embalse ocupa una superficie visible; bajo el término municipal, un sondeo llegó hasta los 216 metros y registró agua a 56,64. Entre ambos extremos aparece una historia menos sencilla que la de un único depósito escondido: el terreno municipal reúne calizas y dolomías, yesos y anhidrita, pizarras y esquistos, además de sedimentos sueltos. Cada material ofrece una respuesta distinta al agua. La protagonista de este recorrido es esa tierra variada, y su dificultad, encontrar un camino común a través de rocas con comportamientos diferentes.
Un término municipal hecho de contrastes
La primera sorpresa llega al mirar el inventario geotécnico de Siles. En su clasificación del término, los yesos, la anhidrita y las sales representan el 24,79 %; las calizas, dolomías y mármoles, el 20,22 %. Pizarras y esquistos suman el 17,09 %. También figuran arenas finas y limos, gravas y arenas compactas, arcillas y margas duras, y arcillas expansivas blandas. No es una sucesión que pueda asignarse automáticamente a cada calle: describe una distribución municipal, no la composición exacta bajo una casa o un monumento.
Pero sí basta para cambiar la imagen del subsuelo. Siles no está explicado por una sola roca ni por una capa uniforme. En unos sectores predominan materiales carbonatados; en otros aparecen formaciones yesíferas o rocas como pizarras y esquistos. Arenas, limos y gravas aportan otro tipo de material, distinto de la roca consolidada. Es como comparar una pared compacta con un conjunto de granos: el agua no atraviesa ni transforma ambas cosas del mismo modo. El relieve y los usos del término se desarrollan sobre esta variedad, aunque la clasificación no permite atribuir un material concreto a cada ladera o cultivo.
En la superficie, el municipio serrano se reconoce también por su paisaje forestal y por la franja de cultivo que incluye las proximidades del núcleo urbano. El olivar, la ganadería ovina y los aprovechamientos forestales forman parte de la economía local; el turismo se suma a ellos. Esa convivencia entre monte, cultivo y población da una escala humana al mosaico geológico: no hay que imaginar una roca aislada, sino materiales diversos bajo un territorio en el que el agua, los caminos y las actividades ocupan lugares distintos.
Calizas y yesos: dos maneras de ceder
Las calizas y otras rocas carbonatadas pueden karstificarse. La palabra describe un proceso: el agua disuelve lentamente parte de la roca y ensancha discontinuidades, como grietas y conductos. Con el tiempo, esos huecos pueden formar sistemas subterráneos. El estudio geotécnico distingue dentro de Siles zonas carbonatadas poco o casi nada karstificadas, otras medianamente karstificadas y otras muy karstificadas en su conjunto. No se trata de un único estado para todo el municipio, sino de respuestas diferentes en distintas formaciones.
Los yesos también pueden disolverse, pero el estudio los presenta en una categoría separada: formaciones yesíferas poco o casi nada karstificadas, con algún sistema aislado local. Ese contraste ayuda a entender por qué no basta con decir que “el agua se filtra”: importan el material y las discontinuidades que encuentra. Una masa rocosa puede ofrecer poca permeabilidad en conjunto y, aun así, permitir paso de agua por fisuras o zonas alteradas. El informe describe precisamente formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad que pueden albergar acuíferos superficiales de extensión y productividad por lo común limitadas, aunque localmente de interés.
Así se plantea el conflicto geológico de Siles. El agua busca vías; el subsuelo no ofrece una sola puerta, sino rocas y sedimentos con comportamientos distintos. En algunas áreas carbonatadas, el estudio señala hundimientos kársticos actuales y/o potenciales. También identifica zonas con movimientos actuales y/o potenciales, como deslizamientos o desprendimientos, y sectores rocosos donde estos últimos son el proceso considerado. Son procesos que forman parte de la lectura geotécnica del término: no describen un episodio concreto ocurrido en el casco urbano, sino dinámicas que pueden presentarse en determinadas áreas y materiales.
La Plaza del Agua, junto al ayuntamiento, acerca el recorrido al núcleo de Siles, donde la historia construida se alza sobre un término geológicamente diverso.
Casa Tormos: una perforación hacia el agua
El sondeo 1169, identificado como CASA TORMOS, ofrece una coordenada precisa dentro de ese mapa amplio. Alcanzó 216 metros de profundidad y registró agua a 56,64 metros. Es una observación de un punto, no una fotografía completa de todos los acuíferos de Siles. Aun así, hace tangible el paso de la superficie al subsuelo: en esa perforación, el agua apareció mucho antes de que terminara el recorrido vertical del sondeo.
La cifra no indica por sí sola si el agua circulaba por una capa continua, por una fractura o por otro tipo de estructura. Tampoco informa sobre su caudal o calidad. Lo que sí permite afirmar es más acotado y valioso: a esa profundidad se registró agua en ese sondeo. Frente al embalse, donde el agua ocupa una extensión visible, CASA TORMOS aporta una señal bajo tierra, situada en un punto y a una profundidad medidos. Son dos imágenes distintas del agua local, no dos partes de un mismo depósito demostrado.
El estudio añade una clave para leer esa observación sin exagerarla. Algunas formaciones descritas como generalmente poco permeables pueden conservar acuíferos superficiales allí donde la alteración o la fisuración abre caminos; otras, en ciertos casos, pueden cubrir acuíferos confinados, es decir, retenidos bajo materiales menos permeables. En Siles, ese comportamiento explica por qué una clasificación general y una medición puntual se complementan, pero no se sustituyen: una señala tipos de terreno; la otra documenta agua en una perforación concreta.
El pueblo y la piedra trabajada
En el núcleo, la historia humana se hace vertical en la Torre del Cubo. Sus 27 metros de altura destacan entre el caserío; su fábrica combina tapial y cantería, y su planta es circular, con dos pisos. Por el tipo de construcción se le atribuye un origen musulmán y una reestructuración en época santiaguista. Junto a ella subsisten restos de murallas y otro torreón; la torre y el arco de la Magdalena completan las huellas del antiguo recinto.
La torre permite imaginar otra clase de trabajo sobre el terreno: levantar muros y organizar un recinto con materiales de construcción. Pero el dato de que haya cantería no identifica la roca usada, y el inventario geotécnico municipal tampoco asigna sus calizas, yesos o pizarras a esta fábrica. La relación honesta entre ambos relatos está en la escala: bajo el pueblo existe un mosaico geológico; sobre él, las construcciones muestran una historia de técnicas y transformaciones humanas. La geología acompaña el escenario, sin convertir una posibilidad en el origen probado de cada piedra.
La parroquia de Nuestra Señora de la Asunción conserva, a su vez, distintas etapas constructivas. Se construyó entre los siglos XIV y XV y fue reformada en el XVIII; la torre situada a sus pies es del siglo XVI. En la nave se distinguen dos fábricas y un arco diafragma apuntado que habría sostenido una cubierta de madera. El pueblo, por tanto, también se lee por capas: unas son de obra humana, reconocibles en muros, arcos y reformas; otras pertenecen a la diversidad del subsuelo y requieren sondeos y cartografía para interpretarse.
Una historia abierta bajo el embalse
El resultado de este recorrido no es un único canal subterráneo ni una roca que explique por sí sola todo Siles. Es un territorio donde las formaciones carbonatadas y yesíferas pueden karstificarse en distinto grado, donde otras rocas y sedimentos completan el mosaico, y donde el agua registrada en CASA TORMOS proporciona una referencia concreta. El sondeo termina a 216 metros; la lectura del terreno, en cambio, depende de combinar ese dato puntual con la diversidad municipal y con los procesos señalados para determinadas zonas.
La torre continúa en pie como una huella construida de la historia del pueblo, mientras el agua del embalse ofrece una presencia visible en el paisaje. Bajo ambos escenarios, las rocas no cuentan una cronología fechada en el material disponible, pero sí una historia de contrastes: unas formaciones pueden disolverse, otras dejan pasar agua sobre todo por alteración o fisuras, y algunas áreas presentan procesos potenciales de hundimiento o movimiento. Así se resuelve el viaje desde la superficie hasta el sondeo: Siles no tiene un subsuelo uniforme, sino un territorio cuya historia del agua depende de dónde encuentra cada roca y cada sedimento.
El embalse muestra el agua reunida; Casa Tormos la sitúa bajo tierra, a una profundidad concreta. Entre ambos, las calizas, los yesos y el resto del mosaico hacen de Siles un lugar donde el agua no encuentra siempre el mismo camino.
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