Puebla de Don Fadrique creció al pie del Calar, donde domina la roca carbonatada
El 9 de noviembre de 1525, La Bolteruela recibió el nombre de Puebla de Don Fadrique después de que Don Fadrique se refugiara allí en medio del malestar político. ¿Qué aporta a esa historia la ladera del Calar y el terreno que la rodea?
El puente de Almaciles cruza la Rambla de Almaciles entre campos y lomas del municipio de Puebla de Don Fadrique.
El 9 de noviembre de 1525 no comenzó la vida en La Bolteruela: cambió el nombre de un lugar que ya existía. A los pies de la sierra de La Sagra, en la ladera de El Calar, un caserío dependiente de Huéscar se convirtió en el refugio de Don Fadrique y, desde aquel día, en la Puebla que llevaría su nombre. La roca no aparece en el relato como motivo de aquella retirada. Pero sí forma el escenario físico donde una aldea pasó a ser un núcleo próspero.
La Bolteruela ya estaba allí cuando llegó el conflicto
La historia local retrocede al menos hasta 1241, cuando se documenta La Bolteruela como caserío dependiente de Huéscar. Más de dos siglos después, la comarca cambió de manos: en 1488 los Reyes Católicos reconquistaron la zona de la actual comarca oscense. En 1495 las tierras se ofrecieron en señorío a Luis de Beaumont, conde de Lerín y condestable de Navarra, que llevó consigo pobladores y costumbres navarras.
La disputa tomó un giro decisivo en 1513. El territorio fue entregado en señorío a Don Fadrique tras la ocupación del Reino de Navarra. La decisión no gustó a la población mudéjar, mayoritaria en Huéscar, centro del señorío. El malestar político empujó al señor y a un pequeño grupo de cristianos viejos a refugiarse en La Bolteruela. El episodio no convierte al terreno en causa del conflicto; explica por qué un asentamiento periférico entró de pronto en el centro de la historia.
El 9 de noviembre de 1525, Don Fadrique dio su nombre a la aldea. La hizo prosperar y la repobló con navarros, castellanos y murcianos. La Puebla creció con rapidez desde comienzos del siglo XVI, aunque sin el reparto ordenado de lotes que era habitual en otras repoblaciones del Reino de Granada. ¿Qué hizo posible que aquel refugio se transformara en una población estable? El relato disponible señala decisiones humanas, llegadas de nuevos vecinos y crecimiento; no atribuye ese resultado a una propiedad concreta del subsuelo.
La nueva población dejó también huellas culturales. Entre las tradiciones que la historia local vincula a los repobladores navarros figuran la devoción a las santas Alodía y Nunilón, bailes y apellidos de origen norteño. Las fiestas de las Ánimas y los Cascaborras conservan reminiscencias navarro-aragonesas. No son un eco de la roca, sino de quienes llegaron a ocupar ese paisaje y lo hicieron suyo.
El Calar pone el terreno en escena
La Puebla se asienta al pie de la sierra de La Sagra y en la ladera de El Calar, cerca del cruce de caminos entre Caravaca y Huéscar, y entre Beas de Segura y Vélez-Rubio. Esa ubicación sitúa el relato en un relieve concreto: una ladera, una sierra y un territorio de paso. La geología permite añadir otra capa a la escena, sin convertirla en una explicación automática de las decisiones de 1525.
En la clasificación geológica disponible, calizas, dolomías y mármoles constituyen el grupo de terrenos predominante y suman el 58.75%. Calizas y dolomías son rocas carbonatadas; en general, se forman a partir de sedimentos ricos en carbonato que se acumulan en ambientes marinos poco profundos. Es una manera de entender qué clase de roca ocupa una parte importante del municipio, no una fecha exacta para el nacimiento de sus montañas ni una prueba de que cada calle se apoye sobre ella.
Esta diferencia importa. La historia cuenta que el malestar político llevó a Don Fadrique a La Bolteruela; no dice que eligiera el lugar por sus rocas. Es razonable leer el Calar como parte del marco que rodeaba el refugio, pero no afirmar que la caliza atrajera a los primeros pobladores. La relación más firme es otra: la Puebla que creció en el siglo XVI lo hizo en un paisaje serrano cuya base geológica está dominada por materiales carbonatados.
Cuando el agua encuentra una grieta
La caliza no es siempre un bloque compacto e intacto. El agua de lluvia puede penetrar por fisuras y disolver lentamente parte de la roca; con el tiempo, esa acción ensancha grietas y produce formas kársticas, es decir, huecos y conductos creados por disolución. Imagina el agua filtrándose por la junta de una pared: aquí el proceso ocurre en roca y durante mucho más tiempo. La caracterización del terreno señala zonas carbonatadas medianamente karstificadas, donde pueden aparecer sistemas dispersos importantes, y otras con karstificación escasa.
Ese contraste impide imaginar un subsuelo uniforme. En unas zonas el agua ha podido abrir más espacio en la roca; en otras, la disolución es reducida. La clasificación también considera posibles hundimientos kársticos en terrenos carbonatados. Eso describe un proceso y un riesgo potencial, no demuestra que un hundimiento concreto haya cambiado la historia del pueblo ni que exista bajo un edificio determinado.
El agua tampoco se mueve por todas las rocas con la misma facilidad. La información geológica describe formaciones generalmente poco permeables, aunque la alteración o las fracturas pueden albergar acuíferos superficiales, por lo común limitados. La imagen útil no es la de un río subterráneo continuo bajo la Puebla, sino la de un terreno donde las fisuras locales pueden importar. El relieve visible y el comportamiento del agua se encuentran, pero no son idénticos en cada punto.
Una villa levantada en un paisaje más antiguo
La transformación de La Bolteruela no se detuvo en el cambio de nombre. Desde los primeros años del siglo XVI, la población creció sin una planificación de repoblación ordenada. La historia local destaca además una diferencia con el resto de la comarca: la Puebla estuvo poblada casi en su totalidad por cristianos viejos, mientras que en Huéscar y su entorno los descendientes de los naturales nazaríes fueron mayoría hasta comienzos del siglo XVII. El pueblo fue, por tanto, algo más que un refugio temporal: adquirió una trayectoria propia.
La iglesia de Santa María de la Quinta Angustia, construida en el siglo XVI, pertenece a esa etapa de consolidación. Su ábside gótico, sus tres naves y sus portadas renacentista y del Descendimiento dan testimonio de una población que dejó marcas duraderas en el espacio construido. No hay base en las fuentes disponibles para identificar la roca exacta de la que se levantó el templo. Lo que sí puede afirmarse es que la iglesia y la Puebla nacieron en el mismo paisaje de ladera y predominio carbonatado, aunque cada una cuente una historia distinta de ese lugar.
En el siglo XIX, la Puebla se segregó de Huéscar y obtuvo el título de villa con término municipal. Hoy el municipio incluye también Almaciles y otros núcleos y diseminados, y por su territorio discurre el río Bravatas. La escala municipal ayuda a comprender por qué la descripción geológica no se reduce a una única calle o a una sola formación: el terreno cambia de una zona a otra, igual que lo hacen las formas del relieve.
La ladera del Calar no explica por qué Don Fadrique buscó refugio en La Bolteruela; la explicación documentada es el conflicto político. Sí devuelve aquella decisión a un lugar concreto: una aldea al pie de la sierra, dentro de un territorio donde predominan las rocas carbonatadas y donde el agua modifica lentamente algunas de ellas. Al pasear hoy por Puebla de Don Fadrique, el refugio de 1525 deja de ser solo un episodio de nombres y señoríos: vuelve a aparecer, encajado en el paisaje que la roca y el tiempo han hecho posible.
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