Valdepeñas de Jaén hizo de la roca de Chircales un santuario
En Chircales, unas ermitas rupestres y un santuario crecieron junto a un paraje citado desde la Edad Media. ¿Cómo se convirtió este rincón de Valdepeñas de Jaén en lugar de retiro, y qué cuenta su paisaje de piedra?
Las Chorreras, un paisaje de agua y roca de Valdepeñas de Jaén, acompaña la historia de los recursos serranos que aparecen en la vida local.
En Chircales, un vecino de Valdepeñas de Jaén donó tierras en 1566 para levantar un recogimiento de ermitaños. El documento sitúa la donación junto a unos villares de piedra de edificios viejos. La escena reúne dos tiempos: los restos de construcciones anteriores y una comunidad que buscaba apartarse del mundo. Entre ambos, la roca no fue solo fondo del paisaje; el paraje acabaría reuniendo hasta doce ermitas rupestres.
Las piedras viejas señalaron el comienzo
Chircales no aparece de pronto en el siglo XVI. El origen de su santuario se remonta a la Edad Media, y el lugar figura citado en el Libro de la montería de Alfonso XI. Siglos después, la donación de Juan Ruiz Castellano abrió una nueva etapa. No fue una fundación levantada de una vez: primero se entregaron las tierras y se formó un recogimiento de ermitaños; después, el lugar ganó edificios y fieles.
La expresión villares de piedra de edificios viejos permite imaginar un paraje marcado por construcciones anteriores, pero no identifica quién las hizo ni a qué época pertenecían. Lo importante para la historia de Chircales es que esa piedra ya formaba parte del paisaje que encontró la fundación. El lugar no comenzó con la iglesia: la devoción se instaló en un entorno que conservaba huellas materiales de un pasado más antiguo.
¿Qué ofrecía un rincón apartado a quienes buscaban una vida de retiro? La historia documentada responde con hechos modestos y concretos: tierras donadas, un recogimiento y, con el tiempo, una comunidad religiosa. En el entorno de la iglesia se cuentan hasta doce ermitas rupestres, de tamaños distintos. Esas estancias ligan la vida espiritual al terreno de forma directa: no solo se edificó junto a la piedra, también se habilitaron espacios en ella.
La geología ayuda a leer ese vínculo, aunque conviene distinguir el paraje del conjunto del municipio. El inventario geotécnico de Valdepeñas de Jaén sitúa entre sus materiales principales las calizas, dolomías y mármoles, y también las areniscas, conglomerados y flysch. Ese panorama describe el término municipal; no asigna por sí solo una roca concreta a cada ermita. Sí permite entender que la historia de Chircales se desarrolla en un territorio de rocas diversas, no en un decorado uniforme.
Las calizas y dolomías se forman a partir de sedimentos acumulados en mares cálidos y poco profundos, semejantes a una plataforma marina somera. Las areniscas pueden conservar depósitos de antiguas playas, deltas o ríos tranquilos; los conglomerados, en cambio, reúnen cantos transportados por corrientes más enérgicas. El flysch combina capas de arena y arcilla depositadas al pie de una plataforma continental. Son paisajes desaparecidos, convertidos con el tiempo en roca.
El conjunto carbonatado —calizas, dolomías y mármoles— representa el 46,37 % de las categorías del estudio, mientras que areniscas, conglomerados y flysch suman el 31,30 %. No son porcentajes de las paredes de Chircales, sino una forma de describir los materiales del municipio. En un territorio donde las rocas cambian, cada ladera guarda una historia distinta; el santuario se entiende mejor como parte de ese relieve amplio que como una excepción aislada.
Chircales pasó de retiro a lugar de encuentro
La devoción fue tomando forma de piedra y calendario. Entre 1590 y 1609 se construyó la iglesia del santuario. La pintura anónima del Cristo de Chircales se encontraba allí, al menos, desde 1606. El recogimiento inicial ya no era solo un refugio de ermitaños: se había convertido en un centro religioso reconocible, capaz de atraer a quienes vivían en Valdepeñas y en otros lugares de la comarca.
La fundación quedó vinculada a la espiritualidad difundida por Juan de Ávila y sus discípulos, formados en la Universidad de Baeza. En el eremitorio vivían seglares y religiosos, bajo la guía de un sacerdote que actuaba como capellán y patrono. No hace falta imaginar una comunidad numerosa para ver el cambio: un paraje de retiro se organizó como una institución, con vida compartida, culto y una iglesia que daba forma visible a la devoción.
Después llegaron nuevas generaciones de fieles. Tras las desamortizaciones del siglo XIX surgieron diversas cofradías; hoy perviven las de Jaén y Valdepeñas de Jaén. La historia del santuario no quedó detenida en sus muros. Cada vínculo nuevo amplió el radio de Chircales y convirtió la memoria de los ermitaños en una tradición compartida por pueblos y familias.
Desde 1940, el primer domingo de mayo se celebra una romería en el paraje. La fiesta desplaza por un día el centro de gravedad de la localidad: la gente se reúne en Chircales, donde la piedra, las ermitas y la iglesia no son una colección de elementos separados, sino el escenario concreto de una costumbre que sigue convocando. La romería ha sido declarada Patrimonio Inmaterial de Andalucía por su importancia local y comarcal y por sus valores religiosos y festivos.
La roca explica una parte de esa permanencia, no toda. Las ermitas rupestres recuerdan que el terreno pudo alojar espacios de retiro; la historia documenta, además, donaciones, construcción, culto y organización comunitaria. La relación es tangible en las estancias excavadas y en la continuidad del lugar, pero no hace falta atribuir a una forma geológica específica la elección de Chircales para reconocer que la piedra participó en la vida cotidiana del santuario.
El agua también encontró su camino entre las sierras
Chircales pertenece a un municipio serrano, situado en el ámbito de las sierras Subbéticas. Al norte se alza la sierra de la Pandera y al sur, la de Alta Coloma; la Morenilla se encuentra al sur de la localidad. El relieve ayuda a entender por qué el agua aparece una y otra vez en la historia local: la descripción del municipio señala abundancia de fuentes y arroyos, además de parajes de montaña y una importante masa forestal.
Pero agua abundante no significa que toda ella se filtre con facilidad. El estudio geotécnico clasifica las formaciones del municipio, en general, como impermeables o de muy baja permeabilidad. A la vez, explica que la alteración y las fisuras pueden albergar acuíferos superficiales, normalmente poco extensos y de baja productividad. Dicho sin tecnicismos: una roca puede frenar el paso del agua por su interior y, aun así, dejar que esta circule por grietas o se acumule en zonas concretas.
En las calizas, el agua puede disolver lentamente la roca y abrir huecos: ese proceso se llama karstificación. El estudio señala formaciones carbonatadas medianamente karstificadas, con posibles karsts importantes dispersos, y recoge la posibilidad de hundimientos kársticos actuales o potenciales. No es un relato de un suceso concreto en Chircales, sino una clave para comprender el relieve municipal: el agua no solo baja por los arroyos, también puede modificar la roca a escala lenta y subterránea.
La historia del Molino Museo Alto de Santa Ana muestra otra forma en que el agua entró en la vida de Valdepeñas. El molino hidráulico comenzó a funcionar como tal en 1540, aunque tenía origen medieval. Desde 1566 quedó vinculado al Mayorazgo de los Arceo-Gamboa, que poseía el privilegio de aprovechamiento del agua para los molinos a cambio de una renta anual de setenta fanegas de trigo al concejo. La corriente se convirtió así en energía y también en un recurso sujeto a derechos.
El santuario y el molino cuentan historias distintas, pero comparten un municipio donde la piedra y el agua han condicionado las posibilidades del paisaje. En el molino, el agua movía el trabajo; en Chircales, la roca ofrecía el soporte de ermitas y edificios religiosos. No es necesario suponer que una misma corriente enlazaba ambos lugares: basta con observar cómo, en Valdepeñas, los recursos del terreno aparecen una y otra vez en las decisiones humanas.
Al volver a Chircales, la frase de la donación de 1566 adquiere un relieve nuevo. Los edificios viejos y las ermitas rupestres no son solo una estampa antigua: forman parte de una historia en la que el paisaje serrano acompañó la construcción de un lugar de retiro y, después, de encuentro. Cuando la romería vuelve a reunir allí a la gente, la piedra sigue siendo el suelo concreto de una tradición que nació entre sus huellas.
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