Calaf hizo de una colina una fortaleza, una villa y un campo de batalla
Un ataque al castillo de Calaf acabó entre fuego y provisiones destruidas; poco después, la villa quedó envuelta en una gran operación militar. La historia de aquella colina se entiende mejor al mirar el relieve que favoreció el emplazamiento y las rocas que forman el subsuelo local.
Vista panorámica de Calaf, con el núcleo urbano y el campanario de San Jaime entre los campos de la Alta Segarra.
En mayo de 1710, un destacamento borbónico atacó el castillo de Calaf. Tras tomar y destruir provisiones de los austracistas, la acción acabó en fuego. Un año y medio después, las tropas volverían a llenar la villa. ¿Por qué este lugar, en los llanos de Calaf, se convirtió una y otra vez en un punto de defensa y de paso? La respuesta empieza en una colina: el castillo dominaba desde allí la población, y el relieve dio a sus habitantes una posición que podían fortificar y proteger.
El castillo de Calaf miraba desde arriba
Antes de que existiera la villa tal como la reconoces hoy, la altura ya contaba. Entre 1010 y 1015, el conde Ramón Borrell y la condesa Ermesenda de Carcasona entregaron al obispo de Vic un territorio para poblar. Allí se mencionaban tres montes: Calaf, Calafell y Ferrera. El obispo encargó a Guillen fortificarlos y gobernarlos. No era una decisión aislada: la Alta Segarra ocupaba una zona de frontera cuya población y control habían cambiado durante generaciones.
La tradición histórica sitúa la conquista de la Alta Segarra por Wifredo el Velloso a finales del siglo IX, aunque ese paso de manos no se conoce con certeza. Más tarde, las incursiones de Almanzor y de su hijo Abd al-Malik, en 976, arrasaron tierras fronterizas y provocaron una gran despoblación. En ese escenario, fortificar un alto no era un gesto ornamental. Permitía vigilar el entorno y reunir la población en un lugar defendible.
La relación geológica que puede afirmarse con seguridad es, primero, una relación de relieve: el castillo estaba en una colina desde la que se dominaba la villa. Es probable que la larga evolución de las rocas de la región contribuyera a modelar los altos y los llanos, pero los datos disponibles no atribuyen esa colina a una formación concreta. La historia local, en cambio, deja claro qué hizo la gente con ella: la convirtió en una posición fortificada.
En 1093, la protección empezó a atraer vecinos
El castillo no se quedó solo. En 1093 surgió un núcleo de población a sus pies, protegido por una muralla de tapial, es decir, una pared construida con tierra compactada. La secuencia importa: primero el recinto fortificado en la altura; después, casas agrupadas cerca de su protección. La villa creció alrededor del castillo y aprovechó sus defensas. El relieve dejó de ser solo una ventaja para vigilar: organizó dónde vivir.
La muralla marcaba un borde, pero el intercambio tendía a desbordarlo. Fuera de sus límites debió celebrarse un mercado para conectar a los habitantes de la Alta Segarra con otras regiones. El primer testimonio citado del mercado es posterior: en 1226, Bernat d’en Blanc dejó escrito en su testamento que poseía casas en la villa y otras en el mercado de Calaf. El cerro había ayudado a reunir y proteger a la población; alrededor de ese núcleo, el comercio fue abriendo otra puerta al exterior.
De aquel recinto quedan referencias visibles en los portales de Xuriguera, del Hospital y de la calle de San Jaime, reconstruidos hacia 1584. Si recorres hoy el centro, esos nombres ayudan a imaginar una villa que se cerraba al caer la amenaza y se abría para vender, comprar y encontrarse. No es la roca por sí sola la que explica las murallas: es la combinación documentada de una colina dominante, una población en crecimiento y la necesidad de defensa.
Las rocas cuentan otra historia, más antigua
El subsuelo de Calaf añade una escala distinta al relato. La información geotécnica agrupa la mayor parte de los terrenos municipales bajo la categoría de areniscas, conglomerados y flysch (81.25 %); el resto corresponde a calizas, dolomías y mármoles (18.75 %). Son categorías generales para el municipio: no identifican la piedra exacta bajo el castillo ni la de cada edificio.
¿Qué paisajes sugieren esos nombres? En términos generales, las areniscas son arenas que quedaron cementadas, y pueden corresponder a antiguos ambientes de playa, delta o río tranquilo. Los conglomerados, formados por cantos unidos, remiten a corrientes más enérgicas, capaces de arrastrar piedras. El flysch es una alternancia de capas arenosas y arcillosas, como una sucesión de sedimentos depositados en el entorno de una plataforma continental. Calizas y dolomías, por su parte, se asocian a antiguos mares poco profundos. Así, el terreno de Calaf reúne huellas de ambientes sedimentarios diversos; no una única escena geológica.
Ese contraste entre materiales y paisajes no permite fechar por sí solo la colina ni reconstruir cada episodio de su formación. Sí ofrece un marco concreto para mirar el territorio: un municipio donde predominan rocas sedimentarias y donde el relieve ha tenido una consecuencia humana bien registrada. La fortaleza aprovechó la altura; la villa creció junto a ella. No hace falta atribuir al subsuelo una intención para advertir que la superficie inclinó la balanza a favor de ese emplazamiento.
Calaf salió de las murallas y entró en los caminos
A finales del siglo XI y comienzos del XII, la actividad del mercado llevó a la aparición de una moneda propia de Calaf, que llegó a circular hasta Manresa. Su historia terminó en un conflicto: los beneficios de las monedas acuñadas en Calaf favorecían a los vizcondes de Cardona, mientras que los de Manresa beneficiaban al obispo de Vic; finalmente se impuso la moneda de Vic. La posición de la villa ya no servía solo para vigilar. También la conectaba con una red de intercambio que tenía intereses y disputas.
En 1361 y 1411 están documentadas en Calaf varias personas dedicadas al préstamo de dinero, identificadas como judías. Y en 1465 la localidad volvió a quedar en medio de una guerra: el 28 de febrero se libró allí una batalla de la guerra civil catalana, que terminó con victoria real. La colina y la villa no eran decorado. Eran un lugar habitado, con actividad económica y defensas, situado en un territorio que ejércitos rivales necesitaban controlar.
En el siglo XVII Calaf ganó importancia como centro comercial y de mercado, favorecido por privilegios de los condes de Cardona. El espacio de la antigua villa también cambió: los restos de los portales actuales corresponden a una reconstrucción de hacia 1584, y el centro se articuló en torno a la iglesia de San Jaime.
El campanario de San Jaime destaca sobre los tejados de Calaf, en el centro urbano que creció junto al antiguo recinto fortificado.
El campanario de San Jaime todavía distingue el perfil urbano de Calaf; alrededor, el caserío ocupa el terreno que la historia medieval había reunido al pie de la fortificación.
En 1711, la colina ya no bastaba para apartar la guerra
El ataque de 1710 al castillo fue un aviso. En 1711, durante los enfrentamientos de Prats del Rey, Calaf acogió el cuartel general borbónico del duque de Vendôme. Más de 30 000 soldados ocuparon la villa y se desplegaron también por Sant Martí Sesgueioles, hasta que abandonaron la zona en diciembre. La escala había cambiado: la posición que siglos antes protegía un núcleo compacto servía ahora de base en una contienda que desbordaba sus murallas.
El relieve explicaba una parte de su importancia, no toda. La historia documentada habla de fortificaciones, de una villa que se desarrolló alrededor del castillo y de su uso como cuartel general. No permite afirmar que una roca específica decidiera el resultado de las campañas. Pero sí deja ver cómo el emplazamiento —una altura desde la que se dominaba la población— podía convertirse, según la época, en defensa, centro de vida o pieza militar.
En 1837, durante la primera guerra carlista, la carga de la caballería de Serrano alcanzó también Calaf, después de que las tropas de Benet Tristany pusieran cerco a la población. Otra vez la localidad apareció en una historia de pasos y posiciones. La colina que había reunido la fortaleza y las primeras casas seguía formando parte del escenario, aunque el municipio y sus conflictos ya eran otros.
¿Qué convirtió a Calaf en un punto disputado? La respuesta está en el encuentro entre una colina dominante, una villa que creció bajo su protección y una red de mercados y caminos que atrajo intereses mayores. Hoy, al levantar la vista hacia San Jaime y mirar más allá del caserío, puedes reconocer el mismo relieve que ayudó a situar el castillo: no como explicación de cada batalla, sino como el escenario duradero de la historia de Calaf.
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