Sarreaus, la roca que aún recibe velas
Entre Perrelos y Cortegada, un penedo conserva una costumbre que se fue apagando sin desaparecer del todo. Su historia reúne un roquedal, una creencia sanadora y el paisaje diverso de Sarreaus.
El campo de fútbol de Lodoselo, con el caserío y las lomas del entorno de Sarreaus al fondo.
En el roquedal situado a medio camino entre Perrelos y Cortegada hay una piedra con dos nombres: Arangaño y Angaraño. No es solo un punto del paisaje. La tradición popular le atribuyó propiedades curativas, y todavía puede verse alguna vela sobre la roca. La piedra permanece en el lugar mientras cambia la manera de entender aquello que se le pedía.
El Penedo entre Perrelos y Cortegada
La creencia pertenece a la memoria de Sarreaus, no a una propiedad terapéutica descrita por la geología. Vía Lethes recoge la tradición de la roca sanadora y la sitúa en un roquedal entre las dos localidades. Ese marco sencillo importa: la historia no se desarrolla en un edificio construido para conservarla, sino junto a una piedra reconocible en el terreno, a la que el nombre popular convirtió en referencia.
La tradición tenía un conflicto silencioso con el paso del tiempo. Según el relato publicado sobre el Penedo, el avance de la medicina fue haciendo que la costumbre se esfumara. No desapareció por completo: las velas que aún se observan señalan que, aunque la práctica perdió fuerza, el lugar no quedó borrado de la memoria. La roca siguió allí; lo que cambió fue el alcance de la creencia que la rodeaba.
Ese contraste permite seguir la historia sin convertir la piedra en algo que las fuentes no describen. El sitio aparece como un roquedal y como soporte de una tradición. No se identifica una litología concreta para el Penedo, pero sí puede situarse dentro de un municipio cuyo sustrato, a escala general, comprende materiales muy distintos. Es una historia local donde la presencia física de la roca y la interpretación humana conviven, sin confundirse.
Un sustrato diverso bajo Sarreaus
El estudio geotécnico de Sarreaus registra varias clases de materiales en el municipio. La categoría más extendida en los datos aportados corresponde a arcillas y margas sobreconsolidadas, descritas como duras: 28,62 %. Pizarras y esquistos representan el 27,06 %, y areniscas, conglomerados y flysch, el 26,55 %. La relación muestra un territorio que no se resume en una sola clase de roca o sedimento.
La clasificación incluye también fangos y turbas deltaicos, con un 9,85 %, y arenas finas y limos, con un 3,70 %. Los nombres ya marcan diferencias: unas categorías agrupan materiales finos; otras, rocas como pizarras, esquistos, areniscas o conglomerados. El término «deltaicos» describe el tipo de ambiente asociado a esos fangos y turbas. En conjunto, el sustrato municipal ofrece una variedad de materiales, desde sedimentos finos hasta rocas, que da contexto al paisaje sin permitir asignar por sí sola una de esas categorías a cada piedra concreta.
El Penedo del Arangaño destaca en ese paisaje por su forma de presencia: un afloramiento rocoso con nombre propio, ligado a dos localidades y a una tradición. Los datos geotécnicos describen el municipio en conjunto; la memoria de la piedra, en cambio, fija un punto entre Perrelos y Cortegada. Son escalas distintas del mismo territorio: una ayuda a entender la variedad del sustrato y la otra explica por qué una roca determinada adquirió significado para quienes acudían a ella.
El Limia abre otro recorrido
El agua ofrece una segunda manera de orientarse por Sarreaus. El río Limia nace en el monte Talariño, dentro del municipio, y recorre 108 kilómetros. Su nacimiento enlaza el término local con un curso de agua que continúa mucho más allá de sus límites. Es un dato geográfico que cambia la escala de la mirada: el río empieza aquí, pero su recorrido no se agota en el lugar donde surge.
El río también figura en la memoria histórica como obstáculo para los romanos a la hora de cruzarlo. La referencia transmitida no detalla un episodio concreto ni una ruta, pero deja clara una dificultad práctica: el curso de agua interrumpía el paso. Así, el Limia aparece no solo como una línea del paisaje, sino como una condición con la que tuvieron que enfrentarse quienes intentaban atravesar la zona. En Sarreaus, agua y terreno forman parte del escenario de esa historia.
Santa María de Perrelos, una de las iglesias románicas del entorno de las localidades vinculadas al Penedo del Arangaño.
La laguna de Antela aporta otro hito para situar el recorrido. En su margen izquierdo se encuentra Santa María de Codosedo, una iglesia fechada entre 1180 y 1224. La proximidad de la laguna da una referencia concreta para ubicar el edificio y seguir cómo cambió su función con los siglos. El relato del paisaje se compone así de lugares reconocibles: el nacimiento del Limia, el entorno de Antela y las aldeas donde la piedra también se volvió arquitectura.
Codosedo y Perrelos: la piedra trabajada
Santa María de Codosedo nació como monasterio femenino de la Orden de Santiago. Tras la desaparición del monasterio en el siglo XIII, pasó a ser una iglesia dependiente. El cambio dejó atrás la función monástica original, pero no borró el edificio. De su iglesia de nave única y ábside semicircular se conserva solo una parte, mientras que las reformas posteriores incorporaron nuevos elementos.
En el siglo XVII se añadió una torre y en el XVIII, un ábside barroco. Dentro, la pila bautismal granítica se incorporó después de que el templo se convirtiera en parroquial; también quedan restos de una escalera de caracol que daba acceso a un coro monástico. Codosedo permite seguir una transformación humana documentada: de monasterio a iglesia dependiente y, después, a un edificio modificado por nuevas necesidades. La piedra construida conserva rastros de esas etapas sin ser una pieza intacta de un solo momento.
Perrelos y Cortegada prolongan ese recorrido medieval. Santa María de Perrelos está datada en la primera mitad del siglo XIII; San Juan de Cortegada se presenta como ejemplo de arquitectura románica rural gallega. Sus iglesias dan un contexto histórico a las dos localidades situadas junto al Penedo, aunque la historia de la roca y la de los templos sean distintas. En el municipio, la piedra puede ser un roquedal nombrado por la tradición o formar parte de edificios cuya función cambió con el tiempo.
El paisaje humano de Sarreaus no se reduce a esos templos. En Lodoselo, tres casas rehabilitadas como las Casas da Memoria funcionan como museos vivos dedicados a la vida de antes y a las labores tradicionales; Couso Galán, por su parte, es una aldea restaurada por un artista del mismo nombre. Son otros modos de conservar huellas locales. El Penedo del Arangaño no es un museo, pero su nombre y las velas visibles mantienen una memoria ligada directamente a un lugar del terreno.
La tradición sanadora perdió fuerza con el avance de la medicina, y ese es el desenlace documentado de su papel en Sarreaus. No se extinguió por completo: alguna vela todavía puede verse sobre la piedra. Al principio, el Penedo parecía simplemente un roquedal entre dos localidades; ahora también es la huella de una creencia que cambió sin desaparecer del todo. La roca sigue en su sitio, mientras la historia que la acompaña se ha vuelto más tenue.
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