Sandiás, la loma frente a Antela
En la gran llanura de la Lagoa de Antela, una elevación destacó lo bastante para alojar un poblado y, siglos después, una torre de vigilancia. Su historia enlaza el agua, los caminos romanos y una fortaleza que fue atacada, destruida y reconstruida.
La torre medieval y las casas de O Castro ocupan el alto que domina la llanura de Sandiás.
En el Castro, la Torre de Sandiás ocupa un alto que sobresale de la llanura de Antela. No es un relieve cualquiera en un paisaje que fue muy llano y estuvo cubierto por una extensa laguna: desde este punto se dominaba gran parte de la comarca. Antes de la torre medieval hubo allí un asentamiento castreño; más tarde, la altura volvió a tener un valor estratégico. La misma loma pasó de ser lugar habitado a convertirse en atalaya y fortaleza.
La torre se alzó entre los siglos XI y XII, cuando la Lagoa de Antela todavía formaba parte del paisaje. El conflicto que la rodeaba era territorial: la comarca de A Limia era objeto de disputas fronterizas y la fortificación formaba parte de un conjunto de construcciones militares asociado a la defensa frente a las aspiraciones de Afonso Henriques de Portugal. El emplazamiento aprovechaba una ventaja sencilla y decisiva: en una extensión con pocos promontorios, la altura permitía vigilar buena parte de la llanura.
El alto del Castro domina Antela
La diferencia entre el llano y la loma ayuda a entender por qué este lugar atrajo sucesivas ocupaciones. La fuente localiza el alto a 681 metros y lo sitúa 65 metros por encima de la altura de la Lagoa de Antela. En una comarca de relieve poco marcado, ese desnivel convertía el Castro en una referencia visible y útil. No hacía falta que toda la región fuese montañosa: bastaba con que hubiera pocos puntos elevados para que uno de ellos destacase.
La vieja laguna cubría una superficie extensa en una zona descrita como casi desprovista de promontorios. La Torre do Castro se asentó sobre un antiguo poblado y, desde su posición, podía divisarse gran parte de aquella llanura. Así se entiende la continuidad del lugar: primero un asentamiento en altura, luego una fortaleza medieval que aprovechó la misma condición del terreno. No conocemos aquí una explicación del origen geológico de la loma, pero sí su papel concreto en el paisaje y en la historia de Sandiás.
El subsuelo municipal, además, no aparece reducido a un único material. El estudio geotécnico clasifica el 41,41 % como arcillas y margas sobreconsolidadas, descritas como duras; el 31,30 % corresponde a areniscas, conglomerados y flysch. También registra fangos y turbas deltaicos (9,56 %), pizarras y esquistos (9,52 %) y arenas finas y limos (4,52 %). Son categorías referidas al término municipal, no una identificación de la roca bajo la torre. Sí muestran que la llanura de Sandiás reúne materiales distintos, entre ellos sedimentos finos y fangos, en el mismo territorio cuyo paisaje estuvo marcado por Antela.
Los canales romanos junto a la laguna
Mucho antes de la torre, la presencia de la laguna ya planteaba un desafío práctico. La información turística atribuye al Imperio romano un intento de desecarla mediante un emisario principal de 26 kilómetros de longitud y 17 metros de ancho, acompañado por una red de canales menores. Un emisario es un conducto que sirve para evacuar agua; en este caso, la escala de la obra da la medida del esfuerzo que suponía intervenir en una masa de agua tan extensa.
En Sandiás y en otros municipios de la comarca aún se pueden observar restos de esos canales. Su presencia deja una huella humana en el paisaje, pero no permite afirmar que la obra romana causara la desaparición posterior de la laguna. Lo que sí se documenta es que la Lagoa de Antela acabó desapareciendo y que, tras ella, quedó un amplio patrimonio arqueológico, histórico y paisajístico. Hoy hay charcas protegidas que vuelven a ofrecer hogar a numerosas aves acuáticas y a otros animales. El agua ya no ocupa la antigua extensión, pero sigue formando parte del paisaje local.
Ese cambio no borró todos los rastros de la época romana. La Vía Nova, o Vía XVIII del itinerario de Antonino, atravesaba Sandiás como parte de la ruta entre Braga y Astorga. La calzada cruzaba un territorio donde la laguna y los escasos altos condicionaban la lectura del paisaje: la torre llegaría después, pero el paso romano ya dejó señales reconocibles junto a la llanura.
Vilariño das Poldras conserva la ruta
La Vía Nova entra en el municipio por Vilariño das Poldras, bajo el pazo de O Penedo. En O Campo da Lama, el trazado se distingue sobre el terreno y se conserva un punto de reducción de milla. Cerca, un pequeño lomo en una finca llamó la atención por su relación con la vía. En 1995 aparecieron allí tres miliarios bien conservados: dos no llevan inscripción y uno se relaciona con los emperadores Maximiliano y Máximo. Marcaban la milla LXVII desde Braga.
Un miliario es una piedra colocada junto a una vía para señalar distancias. En este caso, la cifra y el punto de referencia sitúan el camino romano dentro de la comarca y hacen visible su conexión con Braga. La vía no fue solo una línea en un mapa: aquí se reconoce en el trazado, en el pequeño relieve de una finca y en las piedras halladas junto a él. El alto del Castro y el camino pertenecen a historias distintas, pero ambos muestran cómo una posición concreta en la llanura podía adquirir importancia para quienes atravesaban o vigilaban el territorio.
Una casa de O Castro conserva piedras asociadas a la torre medieval, cerca del lugar donde se alzó la fortaleza.
La Torre de Sandiás resiste los ataques
La fortaleza medieval no permaneció intacta. En 1386 fue asaltada por el duque de Lancaster. Después, durante las Revueltas Irmandiñas, las tropas populares la destruyeron; más tarde volvió a reconstruirse. La torre atravesó así una secuencia de ataques y reparaciones, mientras su emplazamiento seguía ofreciendo el mismo dominio visual sobre la comarca. El alto no evitó el conflicto, pero mantuvo su utilidad estratégica a lo largo de episodios distintos.
La Torre de Sandiás formaba parte de una cadena de construcciones militares repartidas por A Limia. La de A Pena da Portela, la de Porqueira y la de Celme completaban ese conjunto. En Sandiás, la altura de la loma era la pieza local de una defensa territorial más amplia. La fortaleza no debe confundirse con el antiguo asentamiento castreño que le dio el nombre de Torre do Castro: se sucedieron en el mismo alto, pero pertenecieron a épocas diferentes.
Cuatro metros de muro y una torre incompleta
El resultado de aquella historia de asaltos y reconstrucciones se ve hoy en una fortaleza que ya no conserva su forma completa. Permanece la torre del homenaje, también incompleta, mientras parte del lienzo —el tramo de muralla que cerraba el recinto— ha caído. La abertura deja a la vista uno de los rasgos más contundentes de la construcción: sus muros alcanzaban cuatro metros de grosor. La torre que vigilaba la llanura sobrevivió, pero no como una fortaleza intacta.
En el Castro coinciden ahora tres escalas de tiempo: el antiguo poblado, la fortificación medieval y los cambios de un paisaje cuya gran laguna desapareció y dejó canales, caminos y recuerdos. La loma sigue siendo la nota alta de una comarca llana; la torre, una presencia parcial que revela tanto las disputas que la golpearon como la posición que la hizo valiosa. Desde la altura que dominó Antela, lo que queda no es una muralla invulnerable, sino una torre que aún permite leer el lugar.
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