Sanchonuño, entre huellas y lagunas
En el Pago de las Cotarras aparecieron herramientas de la Edad del Bronce; hoy, dos lagunas naturales sirven para criar tencas. Entre esos rastros, Sanchonuño reúne una larga historia de ocupación y de usos del territorio.
La iglesia parroquial de Santo Tomás Apóstol, vista desde la plaza. Su fábrica de mampostería y ladrillo fue reformada en el siglo XVIII y restaurada en el siglo XX.
La historia de Sanchonuño no empieza con el primer documento que nombra el pueblo. Mucho antes, en el Pago de las Cotarras, quedaron fragmentos de cerámica, puntas de flecha y otras herramientas. En otro extremo de la memoria local están las dos lagunas naturales donde hoy se crían tencas. Entre unas huellas antiguas y una actividad presente, el terreno ofrece un escenario común, aunque no permita convertir épocas distintas en una sola historia continua.
Cotarras guarda las primeras huellas
Los restos más antiguos localizados en la zona se atribuyen a la Edad del Bronce. No son una escena completa de la vida de quienes dejaron allí sus objetos: son fragmentos, puntas y herramientas, indicios concretos de presencia humana. El Pago de las Cotarras da así una referencia local anterior a la documentación escrita del municipio. La arqueología no permite afirmar, a partir de esos hallazgos por sí solos, cuánto tiempo permanecieron allí sus autores ni cómo se relacionaron con las comunidades posteriores.
Cerca del mismo pago se han encontrado también restos de un asentamiento visigodo. La proximidad de los hallazgos invita a mirar el entorno como un lugar con huellas de épocas diferentes, pero no demuestra que existiera continuidad entre quienes habitaron allí. Esa distinción importa: la historia local aparece en señales separadas, cada una con su propio alcance. Cotarras conserva el rastro de ocupaciones antiguas; el pueblo documentado siglos después añade otra escala, ya reconocible por un nombre y una organización territorial.
Un nombre entra en los documentos
El municipio actual aparece documentado por primera vez en 1247. El nombre, según la historia local, procede de Sancho Nuño, repoblador del lugar. Para entonces, la localidad formaba parte de la Comunidad de Villa y Tierra de Cuéllar, dentro del sexmo de Navalmanzano. La tierra ya no se cuenta solo mediante objetos arqueológicos: también aparece como territorio compartido, sujeto a vínculos y obligaciones con la villa y con instituciones eclesiásticas.
En 1425 surge un conflicto concreto. El arcediano de Cuéllar, Gómez González, destinó los diezmos de Sanchonuño y de otros municipios a una de sus fundaciones, el Estudio de Gramática. El municipio pleiteó contra esa medida. El episodio muestra que la comunidad defendía intereses ligados a lo que producía y entregaba; no hace falta atribuirle palabras o motivos personales para reconocer la disputa. Lo que queda documentado es la decisión de llevar la oposición a pleito, no el resultado final del proceso.
Gravas, arenas y agua bajo el término
La historia humana transcurre sobre un sustrato que el estudio geotécnico describe, a escala municipal, principalmente como gravas y arenas compactas: representan el 86,23 % de las categorías registradas. Una proporción menor, el 13,63 %, figura como masa de agua. Gravas y arenas son materiales formados por fragmentos y granos de distinto tamaño; que se describan como compactos indica que están apretados, no que conozcamos por ese dato cuándo se depositaron o de dónde proceden.
El mismo estudio clasifica la permeabilidad en una categoría generalmente de baja permeabilidad, aunque señala que estas formaciones pueden albergar en profundidad acuíferos de mayor permeabilidad y productividad. También recoge arcillas expansivas subordinadas o situadas en zonas climáticas sin déficit anual de humedad, con peligrosidad baja a moderada. Son datos útiles para entender el comportamiento general del terreno, no una descripción de cada parcela. Tampoco identifican el agua de las lagunas ni demuestran que una capa concreta explique el regadío actual.
Ese cuidado con la escala ayuda a leer el paisaje sin forzar una explicación. Sanchonuño se encuentra en la Meseta Norte, en la cuenca del Duero, a una altura media de 805 metros sobre el nivel del mar. La clasificación geotécnica aporta una imagen del subsuelo municipal; las huellas de Cotarras y los usos actuales aportan otras, arqueológica y económica. Juntas permiten entender que el pueblo habita un territorio material, pero no autorizan a inventar una secuencia geológica local que los datos no describen.
El templo cambia y conserva sus señales
La iglesia parroquial de Santo Tomás Apóstol ofrece una historia visible de transformación. Se construyó a principios del siglo XVI, con traza renacentista, mampostería y ladrillo. La mampostería es una forma de levantar muros con piezas de piedra; el ladrillo añade otro material y otra técnica. La información disponible identifica esos componentes del edificio, pero no indica que procedan de un punto concreto del término. La iglesia enlaza así la historia del asentamiento con una obra arquitectónica, sin convertir automáticamente el subsuelo municipal en la cantera de sus muros.
En el siglo XVIII, una reforma importante dio al templo un estilo barroco. Destaca su espadaña de dos cuerpos, sobre el arco toral en la cabecera, y fue restaurada en el siglo XX. El edificio, por tanto, no quedó congelado en su forma inicial: recibió cambios y una intervención posterior que dejó en pie una imagen compuesta por varias etapas. Conserva además una pila bautismal románica, otro objeto que lleva una historia distinta dentro del mismo espacio. El resultado es un templo cuya presencia actual reúne construcción, reforma y restauración.
De las huellas antiguas a los usos de hoy
La relación de Sanchonuño con el territorio sigue expresándose en actividades cotidianas. La economía local se basa en la agricultura, especialmente en cultivos de regadío, y destaca la producción de hortalizas. Entre los cultivos mencionados están la endivia, el maíz, la remolacha, la zanahoria, el guisante y la patata. Algunas empresas del municipio transforman alimentos y preparan productos para su comercialización; Huercasa y Precocinados El Campo procesan endivias, remolacha y maíz y tienen allí su sede principal.
El agua aparece también en una actividad de escala distinta: las dos lagunas naturales se destinan a la cría y comercialización de tenca de agua dulce. Sanchonuño mantiene, además, industria maderera vinculada a la Tierra de Pinares. Estos usos describen una economía actual diversa, pero no establecen por sí solos el origen geológico de las lagunas ni la procedencia del agua empleada en los cultivos. La conexión segura es más sencilla y local: el municipio aprovecha agricultura, agua y madera como recursos presentes en su vida económica.
A mediados del siglo XIX se contabilizaban 363 habitantes; en 2025, la población era de 1.053. Son dos cifras de épocas distintas que muestran el tamaño de la localidad en esos momentos, no una explicación de cómo cambió. Desde las herramientas halladas en Cotarras hasta las lagunas de tencas, el recorrido deja un resultado claro: Sanchonuño sigue siendo un lugar habitado y trabajado, con huellas arqueológicas, un templo transformado y actividades ligadas al territorio. Las lagunas ya no son solo parte del paisaje: también forman parte de una economía que continúa.
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