La Malahá, el largo pulso de la sal
Mucho antes de que las salinas pasaran de unas manos a otras en 1489, La Malahá ya era conocida por la sal y las aguas termales. La historia de ese aprovechamiento se lee junto a otra huella local: un subsuelo clasificado por sus yesos, anhidrita y sales.
Monte Jadilla, con La Malahá al fondo: el relieve y el núcleo comparten el horizonte del municipio.
En La Malahá, la sal no aparece solo en el nombre. La localidad lleva el recuerdo de un recurso que fue explotado en época romana y que siguió siendo importante en los siglos posteriores. A su alrededor se encadenan otros rastros: un gran aljibe, unas termas, una necrópolis y una historia de aguas termales que mucho después alcanzaría su mayor auge. El hilo que los une no es una única obra ni una sola época, sino la relación prolongada entre el lugar y sus recursos.
La sal ya estaba en la historia romana
La historia local sitúa la explotación de las salinas en tiempos del Imperio romano. También cuenta que los griegos llamaron Malka a este lugar y que los romanos lo conocieron como Misarza. A estos últimos se les atribuye el establecimiento de un balneario. Son nombres y usos que sitúan a La Malahá en una historia antigua en la que la sal y las aguas termales ya tenían un papel reconocible.
De esa época permanecen un gran aljibe descrito como muy bien conservado, además de unas termas y una necrópolis. No son piezas intercambiables: el aljibe habla de almacenamiento de agua; las termas, de un uso balneario; la necrópolis, de presencia humana. Juntas dibujan una localidad habitada y vinculada a sus recursos, aunque cada resto conserve su propia historia. En los alrededores se han localizado también hallazgos prehistóricos, anteriores a ese capítulo romano.
Al-Malaha reúne alquerías y salinas
Siglos después, el nombre árabe al-Malaha —«las salinas»— dejó la sal escrita en el propio nombre del pueblo. La historia de la zona del Temple sitúa la llegada de pobladores árabes poco después de la entrada de los musulmanes en la península. El viejo nombre de Quemple se relaciona con los qaysíes, llegados con las tropas sirias del general Balch en el año 740. En la zona se formó un distrito dependiente de la provincia granadina de Ilbira, articulado en torno a una decena de alquerías; La Malahá fue una de las más señaladas.
La comunidad no se limitó a vivir junto a las salinas: la historia local le atribuye un sistema complejo de regadío y explotación de la sal. También registra producción de seda y una villa que llegó a superar los tres mil habitantes. Es un retrato de actividad diversa, no de un asentamiento dedicado a una sola tarea. La sal, el agua, la agricultura y la producción sedera forman parte del mismo paisaje humano. El terreno aparece aquí como espacio de aprovechamiento: la sal se extraía y el regadío organizaba otro uso del agua.
Yesos, anhidrita y sales bajo el municipio
El sustrato municipal aporta una pieza concreta a esa historia. El estudio geotécnico clasifica el 100,00 % de los suelos del término bajo la categoría «Yesos, Anhidrita y Sales». La clasificación describe el municipio, no identifica por separado el material de las termas, el aljibe o cada salina. Pero permite nombrar los materiales documentados bajo el paisaje local, en lugar de reducirlo a una vaga idea de «terreno salino».
El mismo estudio caracteriza estas formaciones, en general, como impermeables o de muy baja permeabilidad. Añade que pueden albergar acuíferos superficiales por alteración o fracturación, normalmente poco extensos y de baja productividad, aunque localmente importantes. Esa descripción ayuda a entender por qué el comportamiento del agua merece atención en una historia marcada por salinas y aguas termales; no determina por sí sola el origen ni la temperatura de un manantial concreto. El informe registra también movimientos actuales o potenciales, principalmente deslizamientos en formaciones blandas.
Una vista del paisaje de La Malahá acompaña el pasaje sobre los materiales y el comportamiento general del terreno municipal.
En 1489, las salinas cambian de manos
La continuidad del aprovechamiento salinero encontró un cambio político al final del periodo medieval. La Malahá desarrollaba actividades salineras, agrícolas y forestales hasta las agitaciones que precedieron a la toma de Granada. En 1489, después de que Muhammed XIII, conocido como El Zagal, depusiera las armas y rindiera Guadix y Almería, los Reyes Católicos le cedieron la explotación de las salinas. El episodio no describe el abandono del recurso: describe un cambio en quién recibía su explotación.
La población también atravesó una transformación. Durante años permaneció en la zona una considerable población musulmana y morisca; a raíz de las sublevaciones, esa población se vio mermada y fue sustituida por pobladores cristianos procedentes de otras regiones. El cambio no borró la geografía que hacía reconocibles las salinas, pero sí alteró la comunidad que vivía allí. Así, la historia del recurso no fue únicamente una secuencia de usos: también quedó atravesada por la disputa política y por el reemplazo de habitantes.
Las aguas termales prolongan el relato
La sal no agota la relación de La Malahá con el subsuelo. Sus aguas termales se han explotado desde muy antiguo, según la historia local, y alcanzaron su mayor auge en 1845. Esa fecha abre otro capítulo del aprovechamiento: el agua termal, vinculada desde la Antigüedad a la existencia de un balneario, volvió a ocupar un lugar destacado mucho después de la época romana. No hace falta confundir ambos momentos para ver la continuidad: el recurso permaneció en la historia del pueblo, mientras cambiaban las épocas y las formas de uso.
Hoy existe una piscina termal con aforo para doscientas cincuenta personas. La información local le atribuye cualidades terapéuticas para dolencias del sistema nervioso, de la piel y enfermedades como el reuma; esa es la manera en que se describen sus usos. El dato permite cerrar el recorrido sin presentar la piscina como una supervivencia intacta del balneario antiguo: entre ambos hay siglos y etapas distintas. Lo que sí continúa es el aprovechamiento de las aguas termales como parte reconocible de la localidad.
Las salinas pasaron por manos distintas; las comunidades cambiaron y las aguas termales ganaron protagonismo en otro tiempo. En La Malahá, el nombre al-Malaha conserva el recuerdo de la sal, mientras los yesos, la anhidrita y las sales siguen dando nombre al sustrato municipal. La historia no es la de un recurso inmóvil, sino la de un lugar que fue encontrando usos distintos en torno a sus aguas y sus materiales.
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