Huete, la fortaleza entre dos aguas
El cerro del Castillo se alza entre cursos de agua y guarda la huella de quienes buscaron allí refugio y dominio del territorio. En 1172, sus murallas resistieron un cerco de diez días, mientras la sed se convirtió en una dificultad decisiva.
El convento de Santo Domingo, en Huete. La ciudad histórica se extiende por las laderas del cerro del Castillo, donde se asentaron comunidades y se levantaron defensas.
En julio de 1172, un ejército almohade llegó hasta Huete y cercó el castillo levantado sobre el cerro. La ciudad ocupaba las laderas este y sur de ese alto, entre el río Cauda o Borbotón y el arroyo de las Canales, cerca de la confluencia con el río Mayor. El relieve ofrecía una posición destacada para defender y controlar el territorio, pero el asedio puso a prueba a quienes estaban dentro y a quienes acampaban fuera. La lucha no se decidió solo en los muros: el agua y el alimento también pesaban.
El cerro del Castillo reúne las primeras huellas
La historia de ese alto empezó mucho antes de las murallas medievales. Los indicios más antiguos de presencia humana en el territorio se sitúan en torno a hace 10.000 años. Después, durante el Paleolítico Medio, pequeños grupos se desplazaban por los valles del Mayor y del Borbotón. Allí encontraban caza, pesca y abrigo, además de sílex, una roca dura que podían tallar para fabricar herramientas. Los ríos eran corredores de recursos; el cerro, en cambio, acabaría ofreciendo otra ventaja: una posición desde la que observar y defender el entorno.
Hace unos 4.000 años, grupos de la Edad del Bronce establecieron en la cima del cerro del Castillo un asentamiento estable. La elección respondía a motivos defensivos y al control del territorio, y el lugar siguió ocupado durante la Primera Edad del Hierro. No era todavía la ciudad medieval, pero el mismo relieve ya estaba organizando la vida: el alto concentraba la ocupación, mientras los valles proporcionaban recursos y conectaban distintos puntos del paisaje. La fortaleza posterior heredaría esa geografía, no una historia comenzada de repente.
Álvar Fáñez y el yeso especular
En el siglo VI antes de nuestra era apareció otro centro de población en el cerro de Álvar Fáñez. Más tarde fue romanizado y quedó vinculado a la explotación minera del lapis specularis, es decir, yeso especular, del que hay minas en la zona. El dato introduce un protagonista distinto en la historia del terreno: un mineral que no solo formaba parte del subsuelo, sino que fue objeto de explotación. El territorio de Huete no era únicamente un lugar para asentarse; también contenía materiales que las comunidades podían extraer.
El sustrato municipal muestra una variedad que ayuda a comprender esa presencia mineral, aunque no permite asignar una roca concreta a cada cerro o edificio. La clasificación geotécnica recoge yesos, anhidrita y sales como grupo principal, además de masas de agua, calizas, dolomías, mármoles y gravas y arenas compactas. El yeso especular pertenece a ese conjunto de materiales yesíferos; la información disponible documenta su explotación en la zona, no la composición exacta de las murallas del Castillo. En los valles de ambos ríos también se registran restos de villas tardorromanas, cuyo eje económico principal era el cultivo de cereales.
En las formaciones carbonatadas del término se reconocen zonas con karstificación: el agua puede disolver lentamente ciertos materiales y abrir huecos, que en ocasiones se relacionan con hundimientos. También se señalan movimientos potenciales de ladera, como deslizamientos o desprendimientos. Son procesos y condiciones del territorio municipal, no una explicación demostrada del emplazamiento de la fortaleza. Un sondeo geotécnico de 200 metros registró agua a 16 metros de profundidad; esa medición puntual ofrece una referencia actual del subsuelo, distinta de los aljibes que siglos atrás almacenaban agua en el castillo.
Las murallas ciñen la ladera
Durante la época andalusí, Huete —conocida entonces como Wabda— ganó importancia. El cerro del Castillo y buena parte de su ladera meridional fueron fortificados con murallas. Así, la defensa no quedaba limitada a la cima: se extendía por una parte de la pendiente, integrando el relieve en el recinto protegido. En los siglos IX y X, Huete fue uno de los centros importantes de la zona para las tribus bereberes Hawwara y Madyuna, bajo el poder de los Banu Di-l-Nun. Más tarde, la familia estableció la taifa de Toledo.
Tras pasar al reino de Castilla, Huete comenzó a repoblarse con gentes de la Meseta Norte durante el reinado de Alfonso VII. La frontera seguía siendo inestable. En 1108, la derrota castellana en la batalla de Uclés, muy cerca de Huete, mostró el peligro que acompañaba la ocupación de estas tierras. A lo largo del siglo XII, la ciudad fue ganando relieve frente al poder andalusí. En ese contexto, las murallas y el castillo no eran un telón de fondo: eran el espacio que había que conservar para sostener la plaza.
Diez días de cerco en Huete
En julio de 1172, el califa almohade Abu Yaqub Yusuf dirigió su ejército contra Huete. El cerco duró diez días. Los almohades instalaron sus reales en el cerro de las Tiendas, un nombre que quedó asociado a aquella campaña, y lanzaron numerosos asaltos. Llegaron a entrar en los arrabales, pero no lograron tomar el castillo. La geografía que antes había favorecido la defensa imponía ahora una prueba de resistencia: los defensores debían sostenerse en el recinto, y el ejército sitiador mantener a sus hombres en campaña.
La escasez apretó a ambos bandos de distinta manera. Los cristianos padecían falta de agua; los almohades, falta de forrajes para sus animales. Una tradición local cuenta que el 19 de julio cayó una gran tormenta y que el agua llenó los aljibes secos de la fortaleza. En ese relato, la lluvia cambia el equilibrio del cerco: las reservas permiten a los defensores aguantar mientras esperan la llegada de Alfonso VIII. La tradición vincula a este episodio el patronazgo de las santas Justa y Rufina. El agua, que en los valles formaba parte del paisaje cotidiano, aparece aquí como una reserva decisiva dentro de las murallas.
El 22 de julio, el ejército almohade levantó el campo y se dirigió hacia Cuenca. El castillo no fue tomado. La relación de los hechos atribuye la retirada al agotamiento de los dos contendientes: a los cristianos les faltaba agua y a los almohades, forraje. La tormenta forma parte de la tradición que explica cómo se superó el momento más apurado, mientras que la retirada y el fracaso del asalto fijan el resultado del episodio. La defensa resistió, pero la ciudad debía prepararse para que el cerco no la dejara indefensa ante un nuevo ataque.
La Puerta de Medina, en Huete, ofrece una imagen del recinto urbano fortificado. Tras el cerco de 1172 se acometió la reconstrucción de las murallas.
Después del asedio, las murallas se reconstruyen
Tras la retirada, y ante la posibilidad de nuevos ataques, se acometió la reconstrucción de las murallas. La obra respondía también a la necesidad de acoger mejor a los habitantes. Sin embargo, esos ataques que se temían ya no llegaron. Huete quedó como una villa de frontera, y en la segunda mitad del siglo XII su importancia llegó a rivalizar con la de Cuenca como centro rector de la zona oriental de la submeseta sur castellana. El desenlace no fue el abandono del cerro, sino la continuidad de una ciudad que reforzó su recinto y volvió a poblarlo.
La posición estratégica siguió atrayendo disputas. En 1164, la batalla de Huete enfrentó a los partidarios de las casas de Castro y de Lara; las tropas de Fernando Rodríguez de Castro derrotaron a las de Manrique Pérez de Lara, que murió en el combate. El episodio precedió al cerco almohade y muestra que el control de la plaza ya era objeto de rivalidad política. Después de 1172, la presión nobiliaria continuó: Laras y Castros intervinieron en la designación de quienes gobernaban la fortaleza. Las murallas defendían una ciudad, pero también un poder disputado.
El cerro del Castillo reunió, a lo largo de siglos, asentamientos, defensas y una ciudad que volvió a crecer tras el cerco. Bajo ese relieve, el término municipal contiene yesos y otros materiales, mientras los valles del Borbotón y del Mayor dejan ver otra dimensión de la historia: recursos y caminos de ocupación. En 1172, el castillo resistió; después, sus murallas fueron reconstruidas y Huete siguió habitada. El alto que dominaba el paisaje quedó ligado, para siempre, a una ciudad que no fue tomada.
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