Nívar, las tumbas que frenaron las máquinas
En las laderas del Castillejo, una excavadora removió la tierra y dejó al descubierto huesos y cerámicas. Lo que iba a ser el inicio de una urbanización abrió una ventana a la comunidad que vivió aquí entre los siglos VI y VII.
Vista de Nívar con la ladera serrana que enmarca el paisaje del municipio.
En Nívar, la historia apareció al mover el suelo. En 2008, mientras una promotora preparaba el terreno para construir viviendas unifamiliares, varios vecinos encontraron huesos y cerámicas entre la tierra removida. El lugar eran las laderas de la Peña Bartolo, también conocida como el Castillejo, donde se alzan los restos de un antiguo castillo medieval. La obra se detuvo. Bajo la superficie que iba a recibir nuevas casas había otra historia: tumbas excavadas en piedra, fragmentos de cerámica y materiales de construcción asociados a un yacimiento de los siglos VI y VII.
El Castillejo detiene la urbanización
La primera señal no fue una muralla ni una torre, sino un conjunto de objetos que las máquinas habían dejado a la vista. Los huesos y la cerámica alertaron a los vecinos; el interés histórico y cultural de los hallazgos obligó a parar los trabajos. En ese instante cambió el destino inmediato del terreno: de parcela preparada para una promoción residencial pasó a ser un enclave arqueológico que requería estudio.
La noticia publicada entonces describió dos yacimientos junto a la Peña Bartolo o Castillejo. La extensión estimada superaba los 50.000 metros cuadrados y comprendía terrenos de Nívar y, en menor medida, de Güevéjar; el perímetro total todavía estaba por determinar. No era, por tanto, una sola tumba aislada. Los descubrimientos señalaban un espacio amplio en torno a un cerro que ya llevaba consigo otra huella humana: la de la fortificación medieval.
Las excavaciones de la máquina habían alterado la superficie, pero también hicieron visible lo que esta ocultaba. En las laderas sur y este del centro aparecieron tumbas talladas en piedra, abundantes restos cerámicos y materiales de construcción. Entre los hallazgos había restos humanos, llamados en la noticia «el hombre de Nívar». La mezcla de sepulturas, objetos y materiales convertía el lugar en algo más que un punto señalado en el mapa: ofrecía indicios de una comunidad y de su relación con este paisaje.
Las laderas guardan una necrópolis
Una necrópolis es un espacio de enterramiento. Aquí sus tumbas no se limitaron a ocupar la ladera: fueron excavadas en la piedra, de modo que el propio sustrato formó parte de la huella funeraria. Las descripciones disponibles no identifican la roca concreta de cada sepultura. Sí muestran, en cambio, cómo el relieve organiza el hallazgo: los restos se distribuían por las laderas sur y este del centro, alrededor del Castillejo.
La cerámica y los materiales de construcción amplían la escena. Junto a los enterramientos hay fragmentos que hablan de actividades humanas en el entorno, aunque no permiten reconstruir por sí solos la forma exacta de cada edificio ni la vida cotidiana de sus habitantes. Leídos en conjunto, esos indicios colocan a Nívar en los siglos VI y VII, una etapa de la que el yacimiento aporta una referencia destacada para la provincia de Granada.
En las primeras noticias se calculaba que el área arqueológica podía abarcar más de 50.000 metros cuadrados, con la mayor parte en Nívar. Esa cifra ayuda a imaginar la escala del lugar, pero no convierte cada ladera en una sepultura ni cada hallazgo en parte de una misma construcción. Lo que se conoce es una concentración de restos alrededor del Castillejo, distribuida por el terreno y extendida entre dos términos municipales.
El subsuelo de Nívar forma un mosaico
El cerro también se entiende mejor al mirar el terreno de Nívar a escala municipal. El estudio geotécnico clasifica un 54,80 % de los materiales como pizarras y esquistos; un 27,33 % como calizas, dolomías y mármoles; y un 7,31 % como fangos y turbas deltaicos. No es una única roca bajo todo el pueblo, sino una combinación de rocas y sedimentos distintos. La descripción arqueológica habla de piedra tallada en las tumbas, sin asignarla a una de esas categorías.
Ese repertorio ayuda a poner en contexto la ladera sin confundir el conjunto del municipio con el cerro excavado. Las formaciones carbonatadas —como las calizas, dolomías y mármoles— aparecen asociadas en el estudio a zonas medianamente karstificadas, con posibles karsts importantes dispersos. El karst es un relieve que puede desarrollarse cuando el agua disuelve roca carbonatada y abre cavidades. El mismo documento señala también movimientos potenciales, principalmente deslizamientos, en formaciones blandas. Son características del territorio municipal; no describen por sí mismas la roca de cada tumba del Castillejo.
La forma del lugar aporta otra pieza: los restos arqueológicos ocupan laderas, no una superficie plana separada del relieve. Allí, una excavación destinada a preparar suelo para construir retiró la cobertura y puso en contacto la actividad actual con restos antiguos. No hace falta atribuir a la geología la causa de los enterramientos para ver el vínculo: la piedra fue trabajada para tallar tumbas, y la pendiente reúne los hallazgos en un paisaje concreto.
El caserío de Nívar y la ladera desde la avenida del Castillejo, en el paisaje donde se sitúa el yacimiento.
De los siglos VI y VII a la transición del VIII
Las fechas de los restos sitúan el yacimiento en los siglos VI y VII. Los investigadores destacaron su importancia para comprender el paso entre la sociedad visigoda y la islámica, asociado a la transición del siglo VIII. Las tumbas y los materiales no cuentan cada acontecimiento de ese cambio, pero sitúan a Nívar en un momento histórico en el que se transformaban las sociedades de la región.
También ofrecen una pista para ensanchar la mirada. Los investigadores relacionaron el Castillo de Nívar con una época en que comenzaba a organizarse la gestión de la Vega de Granada que reconocemos hoy: la introducción de sistemas de regadío y de cultivos como la granada y los cítricos. En su interpretación, esos cambios agrícolas contribuyeron a transformar la sociedad. Se trata de una lectura regional del periodo; el valor del yacimiento es que añade un lugar concreto a esa historia más amplia.
El nombre Castillejo enlaza esas huellas con otra época. En sus cercanías se encuentran los restos de un antiguo castillo medieval, y la localidad aparece en relatos históricos a partir de la Edad Media. El conjunto no debe confundirse con un único episodio ni con una secuencia completa de ocupación: lo que sí deja ver es que el cerro y sus alrededores guardan testimonios de distintos momentos, desde la necrópolis de los siglos VI y VII hasta la fortificación posterior.
Las máquinas se detienen, la historia permanece
El conflicto más inmediato tuvo un resultado claro: las obras preparatorias de la urbanización se pararon cuando quedaron expuestos los restos. El terreno que iba a cambiar para alojar viviendas pasó a ser objeto de interés arqueológico y cultural. La noticia de 2008 recogió ese freno como una medida necesaria para evitar que el patrimonio que podía quedar destruido siguiera bajo las máquinas.
Así, Nívar conserva en el Castillejo una historia que empieza mucho antes de la excavadora y que se hizo visible cuando el suelo iba a transformarse de nuevo. Las sepulturas talladas, la cerámica y los materiales de construcción sitúan a una comunidad en el paisaje de los siglos VI y VII; la interrupción de la obra dejó esos indicios en el centro de una pregunta histórica mayor, la transición hacia el mundo islámico. En la ladera, la máquina se detuvo. La piedra trabajada y los fragmentos que aparecieron bajo la tierra siguen contando por qué.
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