Galar vio a Salinas recibir un fuero entre calizas y sales
En 1138, un privilegio real cambió la condición de los habitantes de Salinas de Pamplona. ¿Qué puede aportar el terreno de Galar a la historia de aquella comunidad?
Camino de ascenso al Alto del Perdón, en el paisaje de la sierra situada al oeste del municipio de Galar.
En Salinas de Pamplona, el fuero concedido en 1138 convirtió a sus habitantes en francos. Al oeste se alza la sierra del Perdón; hacia el río Elorz, el terreno desciende hasta una de las cotas más bajas del municipio. ¿Qué puede explicar esta geología sobre la historia de la cendea y qué no? No el origen del privilegio, que fue una decisión política, pero sí el escenario físico donde se asentaron y convivieron sus pueblos.
Un valle con una ladera en el horizonte
Galar no es una llanura uniforme. En el término predominan los terrenos llanos, salpicados por pequeñas alturas, y el relieve se levanta hacia la sierra del Perdón, al suroeste. Las cotas van desde los 1034 metros de esa sierra hasta los 410 metros junto al Elorz. El río procede del valle de Elorz, sirve de límite con Cizur y continúa hacia Pamplona.
Ese cambio de altura es la primera escena geológica del relato: un espacio abierto, con una elevación reconocible al oeste y un curso de agua en la parte baja. No hay que imaginar una barrera montañosa que separase cada pueblo. La geografía de Galar se compone, más bien, de llanos y relieves modestos, unidos por caminos y por la proximidad a Pamplona. La capital municipal, Salinas, queda a siete kilómetros de la capital navarra.
La geología sugiere un territorio construido con materiales de historias distintas. La clasificación geotécnica disponible asigna el 52.03 % a calizas, dolomías y mármoles; otro 21.39 % corresponde al grupo de areniscas, conglomerados y flysch. No es una descripción de cada parcela ni de cada asentamiento: es una lectura general del terreno municipal. Aun así, permite reconocer un mosaico, no una única roca que explique por sí sola la vida de la cendea.
Las calizas y dolomías suelen originarse en fondos marinos cálidos y poco profundos; dicho de forma sencilla, son sedimentos que se acumularon en antiguos mares someros. Las areniscas conservan arenas compactadas, mientras que los conglomerados reúnen cantos rodados cementados, propios de corrientes más enérgicas. El flysch, por su parte, alterna capas de arena y arcilla. Son ambientes distintos, como una costa, un cauce y un fondo marino, pero el registro local no fija aquí una edad para cada material.
El nombre de Salinas apunta a una pista, no a una prueba
El lugar añade una palabra cargada de posibilidades: Salinas. En el registro geotécnico, los yesos, la anhidrita y las sales representan el 3.65 % de los materiales clasificados. Es un grupo que puede formarse cuando el agua de una laguna cerrada se evapora y deja atrás los minerales disueltos. La imagen ayuda a entender por qué las sales aparecen en el vocabulario de la geología local, pero no demuestra por sí misma el origen del nombre del pueblo.
¿Significa eso que las evaporitas explican las salinas medievales? No se puede afirmarlo con las evidencias disponibles. La coincidencia entre el topónimo Salinas y la presencia municipal de yesos, anhidrita y sales es sugestiva, pero no acredita que esas capas fueran explotadas ni que determinaran el asentamiento. Conviene conservar la pregunta como una pista, no convertirla en una certeza. El paisaje y el nombre se encuentran; la relación histórica directa no está documentada aquí.
La ficha también identifica zonas con hundimientos kársticos actuales o potenciales en terrenos yesíferos. El karst es el hundimiento o la disolución que puede producirse cuando el agua circula por rocas solubles: imagina una esponja mineral que se va vaciando por dentro, aunque el proceso real depende de las condiciones del terreno. Esta advertencia describe un posible comportamiento geológico, no un episodio histórico concreto de Salinas. Sí recuerda que las rocas no son solo el decorado de los pueblos: también condicionan cómo se interpreta y se ocupa el suelo.
Un fuero cambió la vida sin mover las montañas
En 1138, García Ramírez el Restaurador otorgó a los habitantes de Salinas el Fuero de Jaca, que los convirtió en francos. El documento introduce una transformación humana en un paisaje que, en la escala de una vida, parecía inmóvil. Cuatro años después, en 1145, Cordovilla pasó a ser señorío del monasterio de Leyre. La cendea no era una sola aldea: cada comunidad ocupaba su lugar en un territorio compartido, con derechos y vínculos propios.
¿Qué cambió con el fuero? Cambió la condición reconocida a los habitantes de Salinas; no la forma del valle ni la composición de las rocas. Esa diferencia importa. La geología ayuda a visualizar el espacio donde se organizó la comunidad, pero la fuente histórica atribuye el cambio a una concesión real. En el siglo XV, además, algunos documentos nombraban la cendea como «Esparza y sus lugares», y Esparza ejerció durante mucho tiempo la capitalidad. El nombre de Galar no fue siempre el único centro de gravedad.
En el libro de fuegos de 1427 aparecen Esparza, Arlegui, Subiza, Olaz, Cordobilla, Salinas, Esquíroz, Galar y Beriáin. Ese listado dibuja una red de lugares dentro de un mismo territorio; los nombres sobreviven hoy con cambios en su forma y organización. Galar reúne actualmente ocho concejos y el lugar habitado de Barbatáin, mientras que Beriáin se separó en 1992. La cendea cambió de límites y de administración, pero la combinación de llanos, pequeñas alturas y cursos de agua permaneció como su marco físico.
La peste dejó una aldea en suspenso
En 1348, la peste asoló la cendea. La historia local relaciona esa epidemia, con cautela, con el despoblamiento de Barbatáin hacia 1360. La secuencia tiene la fuerza de un golpe: una enfermedad alcanza a toda una comunidad y, poco después, una de sus aldeas queda despoblada. Pero el paisaje no ofrece una explicación geológica para la epidemia. Aquí la roca acompaña el escenario; no causa el abandono.
Barbatáin no desapareció para siempre. En 1537, testigos mencionaron el lugar como despoblado, y el Diccionario Geográfico-Histórico de 1802 ya lo incluía entre los lugares habitados de la cendea. En ese mismo retrato histórico, cada pueblo elegía sus regidores y nombraba diputados para los asuntos comunes. La organización se rehízo: no como una línea recta, sino como una sucesión de rupturas y retornos.
Ese vaivén ayuda a leer la escala humana junto a la geológica. Una epidemia podía vaciar un lugar en unos años; las rocas del término pertenecen a procesos muchísimo más lentos, aunque el dossier no permita fecharlos. El relieve, mientras tanto, seguía ofreciendo la misma alternancia general de llanura y pequeñas alturas. No es una prueba de que la topografía decidiera dónde se recuperó cada pueblo, sino una forma concreta de imaginar el espacio que las comunidades volvieron a habitar.
Las primeras huellas llegan desde Esparza y Subiza
Mucho antes de los fueros y de las listas medievales, aparecen indicios de presencia humana. En Esparza de Galar se han hallado restos de asentamiento de la Edad del Bronce; en Subiza, otros de la Edad del Hierro. Esos hallazgos hacen probable que la ocupación de la zona se remonte al menos a esas épocas. No señalan una fecha exacta para los primeros pobladores ni autorizan a reconstruir su vida cotidiana, pero ponen dos nombres actuales en una profundidad histórica mucho mayor que la de la cendea medieval.
El suelo que hoy se agrupa bajo categorías como caliza, flysch o evaporita no es una sola página. Son materiales asociados a ambientes geológicos diferentes, y la forma del municipio los presenta junto a llanos, alturas y el corredor del Elorz. Si miras hacia el Perdón o bajas hacia el río, ves las dos escalas a la vez: un relieve que ordena el paisaje y una historia humana que cambia de poblado, de nombre y de autoridad.
La geología aporta una respuesta concreta a la pregunta inicial: Galar fue un territorio de rocas variadas, llanuras y desniveles, con sales y yesos entre los materiales registrados; no demuestra que esos depósitos originaran el fuero ni el nombre de Salinas. En 1138, la transformación decisiva fue política. Al recorrer hoy la cendea, la montaña al oeste y el valle del Elorz recuerdan que aquel cambio humano ocurrió sobre un paisaje mucho más antiguo.
El aeropuerto de Pamplona-Noáin ocupa parte del término municipal de Galar y muestra un uso contemporáneo de sus terrenos llanos.
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