Montilla alzó su castillo en un territorio de antiguos mares y pobladores
En el cerro del alhorí, donde hoy se reconocen las ruinas del castillo, las excavaciones han encontrado señales de un poblado prerromano. ¿Qué tiene ese relieve que vuelve a aparecer en la historia de Montilla?
Vista de Montilla sobre el relieve de la Campiña Sur; el cerro del castillo forma parte del paisaje urbano que ha acompañado la historia de la localidad.
Montilla empieza a contar su historia en un cerro. Allí, en las laderas donde se asienta el alhorí, las excavaciones arqueológicas han constatado un antiguo poblado prerromano; dentro del recinto del castillo aparecieron también restos tartésicos e íberos. Mucho después, una fortaleza hizo de esa altura el centro de un señorío. En 1508, una orden real la demolió. El cerro permaneció.
¿Qué reunía a la gente en el cerro del alhorí?
La pregunta lleva más atrás que el castillo. En el término de Montilla se conocen restos de ocupación humana desde el Paleolítico Inferior: útiles sobre lasca y bifaces, piezas trabajadas por personas que vivieron mucho antes de que existiera la villa. No todos esos hallazgos proceden del cerro. Sí muestran que el territorio ya era recorrido y habitado en tiempos remotos.
La huella reaparece en otros momentos. El Epipaleolítico está representado en Fuente de Pez, donde se documentaron piezas microlíticas, pequeñas herramientas de piedra. También se han hallado restos neolíticos y, desde el Calcolítico, cerámicas, útiles de sílex y puntas de flecha. Son indicios distintos, separados por largas épocas, pero dibujan una continuidad de presencia humana en el entorno.
¿Por qué volver a ese alto? Los datos sitúan allí un poblado antiguo y, siglos después, el castillo; permiten inferir que el relieve ofrecía un emplazamiento atractivo para asentarse. La razón concreta de cada ocupación no está descrita. Lo que sí se ve es la persistencia del lugar: una elevación reconocible que atravesó cambios de población, de poder y de nombre.
La geología aporta una escala todavía más larga. El estudio geotécnico de Montilla clasifica el 52.77% de los terrenos dentro del grupo de calizas, dolomías y mármoles. En términos generales, las calizas y dolomías se forman en ambientes marinos poco profundos: fondos antiguos donde se acumularon materiales carbonatados, en un paisaje que podemos imaginar como una plataforma costera cálida. Ese dato describe el territorio municipal; no identifica por sí solo la roca exacta bajo el castillo.
El castillo aparece en los documentos, pero el asentamiento es anterior
La primera noticia escrita conocida de Montilla, fechada en 1333, menciona el castillo y el nombre del lugar. Pero la historia del cerro no comienza en el papel. Los restos anteriores encontrados en el recinto y en sus laderas hacen retroceder la ocupación conocida mucho antes de esa referencia. La fortaleza medieval se instaló en un escenario que ya había atraído a otras comunidades.
El propio origen del castillo parece remontarse a épocas anteriores a la Baja Edad Media, según los testimonios recogidos sobre la historia local. En 1333 ya figura en una noticia escrita; diez años después se menciona la población, que entonces aparece consolidada. Así, el cerro enlaza dos clases de huella: la arqueológica, que queda en los objetos y los restos, y la documental, que empieza a nombrar una comunidad y su fortaleza.
Montilla cambió de manos y de posición política. Tras su incorporación a la Corona castellano-leonesa, entre febrero de 1240 y marzo de 1241, comenzó el repoblamiento con familias procedentes de León. En 1257 dependía del señorío de Aguilar. En 1371, Enrique II la concedió a Lope Gutiérrez de Córdoba, con independencia jurisdiccional y título de villa; en 1375, Lope la entregó a Gonzalo Fernández de Córdoba.
El cambio fue más que un relevo de propietarios. Montilla pasó a ser sede y núcleo del señorío de Aguilar, y su territorio se fue configurando durante el siglo XV mediante disputas de límites con Cabra, La Rambla, Castro del Río, Montemayor y Espejo. La altura que había servido como lugar de asentamiento quedó en el centro de una historia de jurisdicciones, lindes y poder.
En 1508 cayó la fortaleza, no el cerro
La ruptura llegó por decisión política. Fernando el Católico ordenó demoler el castillo en 1508 como castigo al titular de la Casa de Aguilar, entonces primer marqués de Priego, y como advertencia a la nobleza andaluza. La construcción desapareció casi por completo. La orden alcanzó la fortaleza, no borró las ocupaciones anteriores ni hizo desaparecer el alto que había sido su emplazamiento.
La paradoja es contundente: Montilla perdió el edificio que había dado una de sus primeras noticias documentadas, pero no dejó de crecer. Durante la segunda mitad del siglo XV había aumentado su población y, en 1530, alcanzaba los 1166 vecinos, lo que la convertía en una de las villas más pobladas del marquesado. El señorío tenía su centro allí incluso cuando el castillo ya había sido derribado.
En el siglo XVI, el crecimiento demográfico y el auge económico impulsaron la ampliación del perímetro urbano. La parroquia de Santiago fue remodelada y se fundaron conventos: franciscanos en 1512, agustinos en 1519, clarisas en 1525, jesuitas en 1558 y concepcionistas en 1594. El paisaje urbano empezó a expresarse en edificios y calles, mientras el cerro conservaba las marcas de una fortaleza perdida.
Exterior de una iglesia de Montilla, en el paisaje urbano que se amplió durante el crecimiento de la ciudad en el siglo XVI.
La relación entre roca y ciudad no consiste en que las calizas ordenaran la demolición o dictaran el crecimiento. Esa parte de la historia tiene nombres, decisiones y fechas. El vínculo geológico es más material: Montilla se desarrolló sobre un territorio de relieves y terrenos diversos, con una presencia destacada de rocas calizas, dolomías y mármoles. El cerro fue el escenario concreto donde la arqueología y la historia local registran sucesivas ocupaciones.
Las piedras llevan a un tiempo más antiguo que Roma
Las calizas y dolomías ofrecen una ventana a ambientes marinos poco profundos; las arenas finas y los limos, que el mismo estudio también distingue, hablan de materiales diferentes. No es una escena que pueda trasladarse sin matices a cada ladera de Montilla, pero sí un modo de leer la variedad geológica del municipio: un paisaje actual hecho de materiales formados en condiciones muy distintas de las que vemos hoy.
Después, la historia humana dejó otras señales. En Montilla se han encontrado una estatua de Diana cazadora y restos de vías romanas, indicios que hacen pensar en presencia hispanorromana y actividad agrícola. Sin embargo, esos hallazgos no bastan para afirmar que aquí hubiera una ciudad romana. Cerca, en los Llanos de Vanda, suele situarse Munda, escenario de la batalla del año 45 a. C. entre Julio César y los hijos de Pompeyo; la localización sigue siendo discutida.
Ese contraste importa. Un objeto, una vía o una tradición sobre un campo de batalla no equivalen a una ciudad demostrada. Para Montilla, la imagen más firme es la de un territorio ocupado y transitado, con evidencias de distintas épocas, no la de un único episodio romano que explique por sí solo el lugar. La geología queda como el fondo físico de esa continuidad: las rocas y los relieves preceden a los poblados, a la fortaleza y a las fronteras que cambiaron.
El castillo fue demolido, la villa creció y, con el tiempo, en 1630 recibió el título de ciudad. Las capas de la historia no se sustituyeron limpiamente: bajo el nombre medieval asoman hallazgos prehistóricos; junto a las ruinas de la fortaleza, el recuerdo de un señorío y de una ciudad en expansión. La geología municipal recuerda que ese paisaje tiene una historia más antigua que cualquiera de sus edificios.
Cuando vuelvas la vista al cerro del alhorí, puedes imaginar la secuencia sin convertirla en leyenda: pobladores antiguos, una fortaleza, su demolición y una ciudad que siguió creciendo alrededor de ese relieve. El castillo cayó por orden humana; el cerro continuó allí, enlazando la Montilla documentada con la que se asentó mucho antes.
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