Montalbán, la villa sitiada junto al Martín
Sobre la margen izquierda del río Martín, el castillo dio nombre a Montalbán y presidió durante siglos su casco urbano. En 1839, un sitio carlista convirtió la fortaleza y la villa en ruinas; el relieve y las huellas del término ayudan a situar aquella historia.
Iglesia del Apóstol Santiago el Mayor
El Martín cruza el término de Montalbán de oeste a noreste, entre altiplanicies de la vertiente norte de la sierra de San Just. El pueblo se alza a 851 metros; dentro del municipio, la cota alcanza los 1.294 metros en la Muela de Montalbán y desciende hasta los 720 junto al río. En ese paisaje de alturas y valle se estableció una villa cuyo castillo, levantado sobre la margen izquierda, llegó a ser su referencia más reconocible.
La fortaleza no fue solo un edificio: el nombre de Montalbán procede de ella, y la historia de la localidad quedó ligada al castillo y a la encomienda de la Orden de Santiago. Pero las ruinas que hoy se asocian a aquel pasado tienen una explicación concreta. En 1839, durante la primera guerra carlista, los asaltos acabaron con la fortaleza y el monasterio. Para entender la magnitud del cambio conviene recorrer primero el terreno y las huellas humanas que permanecen en él.
El Martín atraviesa un relieve de contrastes
El río organiza el recorrido del agua por el término y recibe por la derecha las aguas del río de Palomar y por la izquierda las de la rambla del Infierno. La diferencia entre las cotas más altas y las más bajas dibuja un territorio de elevaciones y pasos hacia la ribera. El castillo se encontraba sobre la margen izquierda del Martín, en relación directa con el núcleo al que dio nombre; el dato sitúa la fortaleza en el paisaje, aunque no permite atribuir al río la causa de su emplazamiento.
Bajo ese paisaje, el estudio geotécnico municipal identifica varias familias de materiales. Entre las categorías cuantificadas, las calizas, dolomías y mármoles representan el 28,40 %; las areniscas, conglomerados y flysch, el 27,78 %; las pizarras y esquistos, el 20,30 %; y los yesos, anhidrita y sales, el 13,07 %. La lista muestra que el término no descansa sobre un único tipo de roca. Es una descripción a escala municipal, no una identificación de los materiales de cada edificio o cimiento.
En las formaciones carbonatadas —las que incluyen calizas y dolomías— el agua puede disolver lentamente la roca y ensanchar sus grietas. Ese proceso, llamado karstificación, puede formar cavidades y, en determinadas zonas, favorecer hundimientos. El estudio señala sectores medianamente karstificados, con karsts importantes dispersos, y áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. También registra áreas con movimientos de ladera y posibles desprendimientos: aquí el relieve no es un decorado inmóvil, sino un terreno con materiales y respuestas diferentes.
Estas dinámicas ayudan a comprender qué significa vivir en un término de altiplanicies y laderas: el agua se infiltra, la roca puede disolverse y la gravedad desplaza materiales en las zonas indicadas. Son procesos distintos de los asedios que transformaron la villa, pero forman parte de la historia física del lugar. El registro geotécnico también reconoce areniscas en el término; una de ellas, de color rojo, aparece de forma muy concreta en una huella arqueológica local.
Pozos Boyete conserva nueve figuras
En el yacimiento de Pozos Boyete, fechado en la Edad del Bronce, los grabados rupestres se encuentran sobre una losa de arenisca roja. Son nueve figuras esquemáticas realizadas mediante picado o repiqueteado: pequeñas marcas obtenidas golpeando la superficie. La roca no es aquí una categoría de una clasificación municipal, sino el soporte visible de una intervención humana antigua.
La losa no cuenta por sí sola el significado de las figuras, pero sí conserva un vínculo directo entre la gente y un material del término. Es una huella distinta de la que dejaron las fortificaciones siglos después: en Pozos Boyete, el contacto quedó inscrito en la superficie; en el casco urbano, la historia del castillo se desarrolló en torno a un edificio que terminó arrasado.
El castillo da nombre a la villa
Montalbán aparece en el Cantar de mio Cid por el dominio del Cid sobre la sierra de Segura y Montalbán a finales del siglo XI. La primera mención cristiana de la villa en la documentación citada es de 1158. Hacia 1160, Ramón Berenguer IV se apoderó de ella; en 1189 pertenecía a los dominios de Fernán Ruiz de Azagra, señor de Albarracín. Las fechas muestran cómo el lugar pasó a formar parte de sucesivos marcos de poder, mientras el castillo permanecía como su referencia urbana.
En 1208, Pedro II concedió a la villa fuero propio; Jaime I lo ratificó en 1225. La Orden de Santiago también tuvo un papel duradero: caballeros de Montalbán participaron en la conquista de Valencia y, desde 1241, el castillo contenía un convento jacobeo sometido al prior de Uclés. La fortaleza, por tanto, articulaba una historia de dominio y vida religiosa, no solo una silueta sobre el río.
En el siglo XIV, cuando comenzó la guerra entre Castilla y Aragón conocida como la Guerra de los Dos Pedros, se fortificó la villa. En ese mismo siglo se edificó la iglesia parroquial actual. El conjunto de fortificación y templo habla de una localidad que fue consolidando su importancia comarcal. La fotografía muestra la iglesia en el casco urbano de hoy: una presencia conservada en el paisaje muy distinta de la fortaleza y el monasterio, de los que solo quedaron cimientos.
Los molinos abren otro frente en 1690
La villa siguió creciendo alrededor de instituciones, edificios y recursos. En 1521, el concejo donó la ermita de Santa Lucía y sus alrededores para fundar un convento dominico. La fábrica del monasterio y de la iglesia concluyó en 1535; desde 1558 recibió el nombre de Monasterio de San Vicente Ferrer y Santa Lucía de Monteceli de la Observancia, en el emplazamiento del actual cementerio.
A comienzos del siglo XVII, Juan Bautista Labaña describió Montalbán como una villa amurallada perteneciente a la Orden de Santiago y mencionó su iglesia, un puente de piedra y el convento. También anotó que en Montalbán y Utrillas se extraía y trabajaba azabache, y destacó la fama de las bodegas. En 1690 surgió un conflicto entre vecinos y frailes por el uso de los molinos; el motín llegó a poner en peligro la vida de los religiosos. Los edificios religiosos y las instalaciones vinculadas al trabajo formaban parte de una villa activa, pero también de tensiones concretas por el uso de sus recursos.
El sitio de 1839 acaba con la fortaleza
La primera guerra carlista llevó la lucha hasta Montalbán. En 1836, después de ser rechazado en Alcorisa, el carlista Quílez intentó apoderarse de la villa sin conseguirlo, pero incendió parte de la población. Dos años más tarde, tras la victoria de Cabrera en Calanda y Alcorisa, los isabelinos se refugiaron en Montalbán. La localidad quedó atrapada en las operaciones militares y sus fortificaciones fueron reforzadas por el ejército constitucional, que estableció guarniciones especiales.
En mayo de 1839, Cabrera puso sitio a Montalbán. La villa no se rindió, pero el cerco continuó y hubo varios asaltos. Finalmente, los carlistas entraron: para entonces, la población había quedado reducida a escombros. La fortaleza y el monasterio fueron destruidos durante la contienda. El resultado fue doble: el sitio quebró buena parte del caserío y borró dos construcciones centrales en la historia local. El castillo que había dado nombre al pueblo dejó de dominar el casco urbano.
En 1845, Pascual Madoz describió la devastación: antes de la guerra civil, escribió, Montalbán había sido uno de los mejores pueblos del Bajo Aragón; después, había quedado muy reducido «tanto en edificios como en vecindario». Señaló que las casas apenas pasaban de 150 y que muchas estaban deterioradas; también describió destruido el convento. A mediados del siglo XIX mencionó en el término canteras de mármol y recursos como alumbre, vitriolo, azabache y carbón de piedra. De la fortaleza y el monasterio, según la historia local, solo pervivieron los cimientos.
El Martín sigue cruzando el término entre la Muela y las cotas bajas de la ribera. Pozos Boyete conserva sus figuras sobre arenisca roja; el casco urbano, en cambio, perdió en 1839 el castillo que lo nombraba y presidía. Donde hubo una fortaleza quedaron cimientos, y en torno a ellos continuó la historia de Montalbán.
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