Historia geológica Localidad Marchena

Marchena abrió sus barrios al camino de Morón entre dos colinas

En 1368, las tropas de Muhammad V saquearon Marchena y derribaron sus murallas. ¿Cómo encauzaron las colinas y la vaguada los caminos por los que la villa volvió a crecer?

La Puerta de Sevilla y la muralla de Marchena. Las puertas conectaban la villa con los caminos y orientaban el crecimiento de sus barrios.

La Puerta de Sevilla y la muralla de Marchena. Las puertas conectaban la villa con los caminos y orientaban el crecimiento de sus barrios.

Foto: CarlosVdeHabsburgo, CC BY-SA 4.0 — commons.wikimedia.org

En Marchena, la Puerta de Sevilla —el Arco de la Rosa— se abre junto a una plaza triangular y al camino que conduce hacia el barrio de San Miguel. No es una puerta aislada en un plano: forma parte de una ciudad que creció entre dos colinas de altura parecida, enlazadas por una vaguada por la que discurre el camino de Morón. ¿Qué relación hay entre esa forma del terreno y la historia de sus murallas y sus barrios?

La vaguada trazó una salida hacia Morón

La respuesta empieza mirando el relieve. Marchena se extiende por una campiña de suaves lomas, pero el núcleo urbano no ocupa una superficie uniforme: sus dos colinas se enlazan en una depresión alargada, y por ella pasa el camino de Morón. La topografía no dicta por sí sola dónde se levanta una ciudad; sí ofrece corredores y pendientes que las personas pueden aprovechar. En este caso, el trazado urbano y el camino comparten ese paso entre elevaciones.

Las puertas históricas enlazaban la villa con sus principales caminos de salida. La de Sevilla, al oeste, daba paso a una plaza triangular exterior y a las calles que acabarían formando San Miguel. En el ángulo sur, la Puerta de Morón quedó envuelta por las construcciones; junto a ella, el cruce conocido hoy como los Cuatro Cantillos reunió vías de ronda, el camino de Morón y la separación entre San Miguel y San Sebastián. La ciudad se orientaba hacia fuera a través de puntos concretos, no mediante una expansión sin dirección.

El municipio desciende desde el sureste, donde alcanza los 208 metros en el cerro del Mojón del Encendro, hasta los 80 metros al norte, junto al Corbonés. El pueblo se encuentra a unos 129 metros y el río, afluente del Guadalquivir, cruza el término de sur a norte. Son escalas distintas: la ciudad se organiza sobre sus colinas; el río recorre la campiña más amplia. Pero juntas ayudan a entender por qué los caminos y las salidas urbanas importaban tanto en un territorio de lomas suaves.

En 1368 cayeron los muros, no la ciudad

El golpe llegó después de una larga disputa política. Marchena había pasado a manos cristianas a mediados del siglo XIII y, en 1309, Fernando IV la concedió a Fernando Ponce de León. En 1367, Juan Ponce de León fue ejecutado en Sevilla. Un año después, Muhammad V de Granada, aliado de Pedro I de Castilla, saqueó y devastó Marchena y sus tierras, y derribó los muros de la villa.

Las murallas eran un límite construido en torno a una población que ya tenía una forma reconocible. En época musulmana, la alcazaba ocupaba el norte y el caserío se extendía hacia el sur por la colina. Las calles partían de las puertas, con quiebros y callejones; las manzanas eran irregulares y alternaban patios y plazas. No era un plano geométrico trazado sobre una mesa, sino una trama que se había adaptado al terreno y a sus accesos.

La destrucción de 1368 no borró esa lógica para siempre. Durante los siglos XIV y XV se reutilizó la ciudad anterior, se renovó el caserío intramuros y se reconstruyeron las murallas. La antigua alcazaba se transformó en castillo señorial y se hicieron obras en el Palacio Ducal. La reconstrucción no fue una vuelta exacta al pasado: sobre el núcleo heredado se recompusieron edificios y defensas, mientras los caminos siguieron conectando la población con el territorio.

También aquí importa separar lo que está documentado de lo que sugiere el paisaje. Está documentada la caída de los muros y su reconstrucción posterior; la relación entre esa secuencia y las colinas es una lectura del trazado, no una prueba de que el relieve decidiera por sí solo la estrategia. Lo que sí se ve es una ciudad que mantuvo su núcleo en la colina y volvió a organizarse desde sus puertas y calles.

La roca cuenta una historia más antigua que las puertas

Mucho antes de que hubiera murallas, este territorio tuvo otros pobladores. Cerca de la Marchena actual existió el asentamiento tartésico de Montemolín. También hay restos que atestiguan presencia romana en el área, aunque no prueban una estructura urbana compleja. El relato local no empieza, por tanto, con el recinto medieval: antes de las puertas y los barrios ya había ocupación humana en la campiña.

El paisaje geológico amplía esa perspectiva. En la caracterización geotécnica disponible para Marchena, las calizas, dolomías y mármoles forman el grupo predominante, con un 50.40; las arenas finas y los limos representan un 42.28, y las areniscas, conglomerados y flysch un 4.74. Son categorías de materiales del término, no una descripción de cada cimiento de la ciudad.

Las calizas y dolomías se forman a partir de sedimentos carbonatados depositados en mares poco profundos, en un ambiente que puede compararse con una plataforma marina cálida y somera. Los mármoles son rocas carbonatadas transformadas por presión y calor. El conjunto apunta a una historia geológica muy anterior a Montemolín, aunque los datos disponibles aquí no precisan la edad de esas rocas ni permiten asignar cada material a un edificio concreto.

Las arenas y los limos describen otra clase de sedimento, pero la clasificación no basta para atribuirles un río antiguo, una edad o un episodio preciso en Marchena. Tampoco hace falta convertir cada tipo de roca en causa directa de una calle. La conexión más sólida con la historia urbana está en la forma del relieve que sí se documenta: dos colinas, una vaguada y un camino que cruza entre ellas. El registro geotécnico da profundidad temporal; el trazado urbano muestra cómo las personas ocuparon ese paisaje.

De las puertas medievales a los caminos nuevos

La expansión siguió abriéndose paso desde los accesos. Entre los siglos XVI y XVII, el crecimiento exterior partió de las puertas de Sevilla, Morón y Osuna y avanzó siguiendo los caminos hasta ocupar la colina al suroeste de la vieja ciudad amurallada. Junto a la desaparecida Puerta de Osuna persistió una plaza que dio origen al barrio de San Andrés. En el XVIII se llenaron áreas exteriores con palacios y casas; intramuros, la plaza de Arriba reunió el viejo ayuntamiento y el desaparecido palacio de los Duques de Arcos.

El centro de la vida urbana cambió después. En el siglo XIX, la plaza de Arriba perdió protagonismo y el foco cívico se desplazó hacia la Puerta de Morón. La ciudad intramuros, en el barrio de San Juan, decayó, mientras crecían San Miguel y San Sebastián. El movimiento entre las colinas no quedó congelado en la forma medieval: la población fue cambiando de centro y extendiéndose por nuevos bordes.

Con el ferrocarril, inaugurado en Marchena en 1868, y la mejora de las carreteras llegó una nueva etapa de crecimiento. En la década de 1960, el camino de la Estación, hacia el noroeste, ordenó nuevos asentamientos residenciales; también se construyeron las barriadas Juan XXIII y de la Paz. La geografía siguió siendo el escenario de una ciudad que encontraba nuevas salidas, aunque sus ejes ya no fueran solo las puertas de la muralla.

La historia más larga de Marchena se entiende así en dos escalas que se tocan sin confundirse: rocas formadas en antiguos ambientes marinos y una ciudad cuyos caminos se acomodaron a colinas y vaguadas. Las murallas cayeron en 1368 y volvieron a levantarse; los accesos y el relieve siguieron guiando la expansión. Cuando cruces el camino de Morón, verás también el paso que une dos colinas y enlaza, desde hace siglos, la forma del terreno con la forma de la villa.

Santa María de la Mota, cuya iglesia primitiva data de 1390, en el paisaje monumental de la Marchena medieval.

Santa María de la Mota, cuya iglesia primitiva data de 1390, en el paisaje monumental de la Marchena medieval.

Foto: José Luis Filpo Cabana, CC BY 3.0 — commons.wikimedia.org

Tipos de terreno en Marchena

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Calizas, Dolomías y Mármoles
    Advertencia

    Calizas, Dolomías y Mármoles

    Rocas sedimentarias carbonatadas (y sus equivalentes metamórficos) de componente rígida. Típicas de los macizos montañosos de la Cordillera Cantábrica, Pirineos, Cordilleras Béticas y Baleares. Aunque

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  • Arenas finas y limos
    Peligro

    Arenas finas y limos

    Suelos granulares finos a muy finos de compacidad media a floja. Típicos en llanuras de inundación y litorales. Aunque soportan viviendas ligeras, son suelos traicioneros ligados a procesos de agua: p

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  • Areniscas, Conglomerados y Flysch
    Advertencia

    Areniscas, Conglomerados y Flysch

    Rocas sedimentarias formadas por la cementación de fragmentos de otras rocas preexistentes. Incluyen areniscas (arena cementada), conglomerados (gravas cementadas) y la alternancia rítmica de arenisca

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