Los Arcos, entre el Odrón y El Castillo
El Odrón y el cerro de El Castillo enmarcan una historia de asentamientos que cambiaron de lugar y dejaron huellas bajo la villa actual. En Los Arcos, el paisaje llano y el subsuelo cuentan juntos cómo el territorio sostuvo caminos, cultivos y comunidades a lo largo de los siglos.
Una calle del casco de Los Arcos conduce hacia Santa María, entre la iglesia y las viviendas del núcleo histórico.
El Odrón pasa junto a Los Arcos; al otro lado del caserío, El Castillo levanta su cerro sobre la llanura. Entre el río y esa elevación se fue organizando un lugar de paso y de residencia. Hoy las calles mantienen una dirección reconocible, paralela al cauce, mientras los hallazgos arqueológicos recuerdan que la villa no apareció de una vez: antes hubo ocupaciones junto al cerro y una población romana bajo el núcleo actual. El hilo que une esas épocas no es una ciudad inmóvil, sino un emplazamiento que volvió a ser habitado y transformado.
El Castillo, antes de la villa
El término de Los Arcos se extiende por un relieve fundamentalmente llano, suavemente ondulado, al sur de las sierras de San Gregorio Ostiense y Codés. El núcleo se encuentra en la margen izquierda del Odrón, a unos 438 metros sobre el nivel del mar. El río drena el territorio y lleva sus aguas hacia el Linares, cerca de Lazagurría, antes de que este alcance el Ebro. Es un paisaje abierto, pero no uniforme: el cerro de El Castillo introduce una referencia elevada junto a la llanura donde creció la villa.
El sustrato también presenta variedad. Para el conjunto municipal, el estudio geotécnico clasifica un 42,77 % de calizas, dolomías y mármoles; un 33,23 % de areniscas, conglomerados y flysch; y un 21,45 % de gravas y arenas compactas. Son grupos de materiales distintos, desde rocas carbonatadas hasta depósitos de grano suelto o consolidado. La clasificación describe el término municipal, no asigna una roca concreta a cada calle o edificio. En la descripción local, la llanura se caracteriza además como margosa y regada por el río, condiciones consideradas favorables para la agricultura.
El cerro de El Castillo ya era un punto importante mucho antes de la villa medieval. El yacimiento situado al norte del núcleo actual se interpreta como una ciudad vascona ocupada desde finales de la Edad del Bronce hasta la Edad del Hierro. La identificación con Curnonium se apoya en estudios arqueológicos y en referencias antiguas, aunque la localización precisa de esa ciudad ha sido discutida. Así, el primer escenario de esta historia no es el caserío actual, sino una elevación cercana que concentró una ocupación antigua.
La ceniza y la ciudad romana
En el yacimiento de El Castillo hay un estrato de ceniza. La interpretación recogida relaciona esa capa con el final de la ciudad en el contexto de las guerras sertorianas, hacia el año 72 a. C., porque se parece a la observada en La Custodia, en Viana, y en otros yacimientos próximos. Es una explicación propuesta a partir de esa semejanza, no una escena escrita en la ceniza: la huella señala un episodio de destrucción posible y sitúa el cambio en un periodo concreto.
La historia del poblamiento no se detiene en la elevación. La interpretación arqueológica plantea que, después, surgió a sus pies una nueva ciudad romana que habría agrupado poblaciones afectadas por las campañas de Sertorio. Más tarde, los restos hallados en obras realizadas durante el último siglo bajo la población actual han indicado que allí existió una ocupación romana anterior a la villa que vemos hoy. El subsuelo, abierto por trabajos cotidianos, ha ido revelando esa continuidad de lugares habitados, aunque no convierte por sí solo cada resto en prueba de una misma ciudad sin interrupciones.
El contraste es visible en el mapa del asentamiento: primero, la altura de El Castillo; después, una población romana propuesta a sus pies; siglos más tarde, el crecimiento de la villa en el espacio tendido entre el río y el cerro. El relieve no explica por sí solo cada traslado, pero sí permite reconocer los distintos escenarios. La llanura ofrece el espacio amplio de la ocupación moderna; la elevación, en cambio, conserva el emplazamiento de la ciudad antigua identificado por la arqueología.
La Casa Consistorial de Los Arcos, en una plaza del casco urbano vinculada a la historia de la villa.
El Odrón y la llanura cultivable
El terreno llano y margoso junto al Odrón da a la historia una dimensión cotidiana. La descripción geográfica vincula esas condiciones y el riego del río con la aptitud agrícola del entorno. No hace falta atribuir al cauce una obra humana concreta para entender su papel: es el curso que drena la cuenca local y acompaña el espacio donde se asentó la población. El río y el relieve aparecen así como rasgos persistentes del escenario, mientras los lugares de residencia y los caminos cambian alrededor de ellos.
La distribución geológica del municipio añade perspectiva a esa llanura. Junto a las calizas, dolomías y mármoles hay areniscas, conglomerados y flysch, además de gravas y arenas compactas. No forman una única superficie de aspecto idéntico, ni el reparto municipal permite deducir qué material hay bajo un punto concreto del casco urbano. Sí muestra que el paisaje de Los Arcos se asienta sobre un mosaico de materiales. En la historia local, la referencia inmediata sigue siendo la combinación descrita entre una llanura margosa, el curso del Odrón y el cerro vecino.
También por aquí discurrió una vía de comunicación entre Pamplona y Logroño. El trazado se ha relacionado, en líneas generales, con la antigua calzada entre Pompelo y Vareia y fue aprovechado después por el Camino de Santiago. Para quien recorría la comarca, Los Arcos no era solo una llanura habitada: ocupaba un corredor que conectaba poblaciones. Río, cerro y ruta daban al lugar referencias diferentes, unas propias del relieve y otra construida por el tránsito humano.
Santa Olalla, el castillo y una nueva villa
La villa medieval surgió a partir de un pequeño barrio, Santa Olalla, y del castillo. En el siglo XI tomó forma el núcleo que reconocemos como Los Arcos. Tras la batalla de Valdegón, en 1067, Sancho Garcés IV de Navarra repobló la localidad. La tradición histórica vincula también a ese rey la concesión de las armas de la villa: un arco tenso, motivo que dio nombre a Los Arcos. El episodio marcó una nueva etapa de poblamiento junto al cerro y al río, en un territorio que ya había conocido asentamientos anteriores.
Los documentos medievales dejan ver que el espacio cercano no era solo un telón de fondo. En 1120, Mendavia y Villa Mezquina —un lugar hoy despoblado— mantuvieron un conflicto de límites. La descripción de la frontera menciona una piedra hitera, es decir, una piedra colocada para señalar hasta dónde llegaba cada término. En medio de un paisaje abierto, esa marca fijaba una división concreta entre comunidades. La piedra no es aquí una roca elegida por su composición: es un elemento material que convirtió un límite en una referencia visible.
En 1176, Sancho VI otorgó el Fuero de Los Arcos. Entre sus disposiciones figuraba el derecho a disfrutar de aguas, leñas y hierbas, junto a privilegios jurisdiccionales y otras concesiones. Esos derechos muestran qué recursos del entorno tenían importancia para la vida local: el agua del territorio, la vegetación y los espacios de aprovechamiento. El fuero no demuestra que el sustrato determinara las decisiones de la villa, pero sí sitúa a sus habitantes en relación con los recursos del paisaje que ocupaban.
Las calles conservan la dirección del lugar
La villa actual todavía permite leer esa relación espacial. El caserío se extiende longitudinalmente entre el río Odrón y el cerro de El Castillo, y conserva en lo esencial el trazado medieval. La calle Mayor, junto con Las Cuestas, El Medio y la Calle Bajera, sigue una dirección paralela al curso del río; otras calles, más cortas, las atraviesan. Dos espacios abiertos —la plaza de Santa María-Plaza La Fruta y la plaza del Coso— ayudan a reconocer la forma del núcleo.
El emplazamiento también sigue ligado a los caminos. La antigua carretera entre Pamplona y Logroño fue sustituida como vía rápida por la autovía A-12, mientras el trazado de la carretera anterior, hoy NA-1110, pasa cerca del centro y lo circunvala en un tramo. La NA-129 atraviesa la localidad de norte a sur y se une a esa ruta junto a Santa María. Cambian las vías y cambian las poblaciones que las recorren; el río, la llanura y el cerro permanecen como referencias para entender dónde se asentó Los Arcos.
El desenlace no es el abandono definitivo de un lugar, sino una villa que se forma sobre un territorio usado en distintas épocas. El Castillo guarda la huella del asentamiento antiguo; las obras en el subsuelo han sacado a la luz restos romanos; Santa Olalla y el castillo dieron paso al núcleo medieval, cuyas calles aún siguen el curso del Odrón. Al mirar la calle Mayor, el río deja de ser un borde del paisaje: aparece como una de las líneas que ayudan a explicar la forma de Los Arcos.
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