Colunga conserva en sus cuevas las huellas de los cazadores paleolíticos
En las cuevas de Obaya, Taraxu y El Molino aparecieron restos de talla ligados a los primeros habitantes conocidos del concejo. ¿Qué ofrecía este relieve para que los cazadores lo habitaran mucho antes de la villa y del puerto de Lastres?
Paisaje rural de La Llera, en el concejo de Colunga, con las elevaciones del entorno al fondo.
En Colunga, la pista más antigua de presencia humana no aparece en una plaza ni junto al puerto: llega desde las cuevas. Cerca de Gobiendes, en Obaya, y también en Taraxu, en Nozaleda, y El Molino, en Libardón, se encontraron restos de talla que sitúan aquí a grupos de cazadores entre el Paleolítico Medio y el Superior, hace unos 40.000 años. La historia empieza con una huella pequeña: piedra trabajada en un paisaje de cavernas.
Obaya abre una puerta a la Colunga paleolítica
Las cuevas no son un decorado añadido a la historia. El registro local las vincula a la presencia de aquellos cazadores, y los restos de talla permiten reconocer una actividad humana concreta: trabajar la piedra. No hace falta imaginar una escena completa para advertir el alcance del hallazgo. En un territorio donde hoy se distinguen costa, lomas, ríos y montaña, esas piezas anuncian que la historia de Colunga comenzó mucho antes de que existiera una villa con ese nombre.
La referencia temporal —unos 40.000 años— pertenece a una escala que cuesta abarcar. Para orientarte, basta pensar que entre aquellos habitantes y la Colunga medieval se extiende un tramo inmenso de tiempo, sin que las fuentes aquí reunidas permitan dibujar cada etapa intermedia. Lo que sí queda en el relato es una secuencia firme: cavernas, restos de talla y ocupación humana durante el Paleolítico Medio y Superior.
¿Por qué buscar refugio en una cueva? La respuesta más prudente está en lo que el hallazgo sí permite sostener: las cavernas fueron lugares habitados. La geología ayuda a entender por qué existen esos espacios. En las formaciones carbonatadas, el agua puede disolver lentamente la roca y abrir grietas y cavidades, como una gota que insiste durante mucho tiempo en la misma línea. Esa explicación ofrece un marco plausible para el paisaje de cuevas; no identifica por sí sola la roca concreta de cada hallazgo.
El agua trabaja despacio en la roca de Colunga
El estudio geotécnico del concejo registra formaciones carbonatadas muy karstificadas en conjunto y otras zonas donde la karstificación es escasa o casi nula. Karstificación es el nombre del proceso por el que el agua transforma las rocas solubles, ensanchando fisuras y creando formas subterráneas. No ocurre de golpe: es una labor paciente, más parecida a abrir una red de pasos a fuerza de pequeñas filtraciones que a excavar una galería de una vez.
Ese contraste importa. Colunga no es un bloque uniforme: el propio registro distingue terrenos con comportamientos distintos. La presencia de cavidades y los indicios humanos de Obaya, Taraxu y El Molino encajan en una historia donde el relieve ofrece refugios y puntos de referencia. La conexión entre el proceso y cada cueva concreta debe plantearse como una interpretación geológica, no como una identificación demostrada para todos los yacimientos.
La clasificación local también incluye pizarras y esquistos, junto con fangos y turbas deltaicos. Son materiales distintos, y su presencia recuerda que el subsuelo no se reduce a las rocas carbonatadas relacionadas con el karst. Las pizarras y los esquistos son rocas transformadas por presión y calor; los fangos y las turbas deltaicos pertenecen a depósitos de ambientes de delta. Junto a la información sobre karst, dibujan un terreno diverso, no una única superficie repetida bajo todo el concejo.
Del Sueve a la meseta, un relieve de cambios bruscos
El paisaje actual ayuda a leer esa variedad sin convertirlo en un mapa de las cuevas. Al suroeste se levanta el espacio protegido del Sueve, con el Picu Pienzu a 1.159 metros; al norte se extiende una meseta situada entre los 100 y los 200 metros. Entre ambos perfiles, la escala cambia deprisa: de la altura de la montaña a una plataforma más baja, y de allí hacia el Cantábrico, límite septentrional del concejo.
También los cursos de agua son cortos y poco caudalosos. El río Libardón es el principal; el Carrandi nace en el Sueve, y el concejo cuenta además con La Riega'l Frayón y La Riega los Llorales. No hace falta atribuir a estos ríos la formación de las cuevas para reconocer su papel en la lectura del territorio: sus cauces conectan sectores de un relieve donde montaña, meseta y costa conviven a poca distancia.
Si recorres hoy ese trayecto, puedes pasar de la línea litoral a las elevaciones del Sueve sin abandonar Colunga. La geología no deja en el dossier una explicación directa de cada decisión de los cazadores, pero sí aporta el escenario material de su presencia: un concejo con cavidades, desniveles y terrenos diferentes. Es razonable pensar que la disponibilidad de refugios naturales contribuyó a que algunas cuevas fueran ocupadas; los restos de talla son la evidencia local que mantiene esa posibilidad anclada a la historia.
La Riera y La Isla suman otras capas humanas
Mucho después de aquellos cazadores, las alturas de Colunga volvieron a servir de lugar de asentamiento. En La Riera, La Isla y Villeda se identifican montículos habitados por agrupaciones prerromanas. El Castiellu de La Riera destaca por sus terrazas escalonadas, comunicadas mediante rampas, y desde la cumbre se domina un amplio horizonte. La forma del terreno importa aquí de un modo visible: las terrazas aprovechan una elevación y organizan el acceso entre sus niveles.
Ese vínculo entre relieve y vida humana no autoriza a trasladar al pasado una explicación única. En La Riera, la evidencia habla de un sistema defensivo adaptado a una loma; en las cuevas, de indicios de ocupación paleolítica. Son historias distintas y separadas por un enorme intervalo, pero ambas muestran que el terreno no fue un fondo pasivo: ofreció emplazamientos que las comunidades aprovecharon de maneras diferentes.
En La Isla, la construcción de la iglesia actual y excavaciones posteriores sacaron a la luz vestigios de un enclave romano. La imagen de la iglesia puede parecer muy distante de las cavernas de Obaya. Sin embargo, ambas referencias pertenecen a una misma geografía colunguesa en la que, a lo largo del tiempo, los asentamientos dejaron señales diferentes: herramientas trabajadas, montículos ocupados y restos de un enclave romano.
Gobiendes, localidad cercana a las Cuevas de Obaya, uno de los lugares donde se han hallado indicios de presencia paleolítica.
Las huellas permanecen, aunque cambien los habitantes
La historia escrita de Colunga llega mucho más tarde. En 1115, representantes de un territorio denominado Colunga participaron en un concilio celebrado en Oviedo, aunque entonces el territorio estaba incluido en Caravia. En el siglo XIII, la puebla de Colunga se convirtió en nueva cabecera territorial. Y en el siglo XVI Lastres creció como puerto mercantil y pesquero, con actividades que incluían la captura de ballenas.
La costa también conoció una interrupción abrupta: un temporal destruyó las instalaciones portuarias de Lastres en el siglo XVI, y no se restauraron hasta finales del XIX. El dato pertenece a la historia del puerto, no a una explicación geológica documentada del temporal. Aun así, recuerda que la vida de Colunga se ha desarrollado entre dos fuerzas de distinta escala: los procesos lentos que construyen el relieve y los acontecimientos que transforman un lugar en una sola jornada.
Las cuevas paleolíticas, los asentamientos de La Riera y La Isla, la villa y Lastres no forman una línea continua de ocupación, sino una sucesión de huellas separadas por siglos y milenios. La geología proporciona el marco cambiante: rocas carbonatadas que pueden abrirse a la acción del agua, otros materiales y un relieve que va del Sueve a la costa. En esa variedad se entiende mejor por qué la historia humana de Colunga no comenzó en sus calles.
La pregunta inicial encuentra así una respuesta concreta, aunque prudente: las cuevas ofrecieron espacios que fueron habitados, y el relieve de Colunga conserva indicios de quienes llegaron primero. Cuando mires hacia Gobiendes o hacia las alturas de La Riera, no verás solo un paisaje; verás un territorio en el que la roca abrió cavidades y las personas dejaron, en piedra, sus primeras señales.
La Isla, donde excavaciones posteriores a la construcción de la iglesia actual descubrieron vestigios de un enclave romano.
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