Castellar de la Frontera convirtió su peña en una fortaleza de frontera
En Castellar Viejo, una villa creció alrededor de un castillo encaramado a una peña y acabó ocupando un lugar estratégico en la frontera granadina. ¿Qué ofrecía aquella altura para atraer a quienes dejaron allí herramientas, pinturas y murallas?
Vista aérea de Castellar Viejo, con el castillo y las casas del núcleo histórico asentados sobre la peña.
Castellar Viejo no nació en un terreno indiferente. La villa se asentó sobre una peña, una elevación que hizo de su posición una ventaja estratégica mucho antes de que sus murallas definieran el perfil del pueblo. La historia local puede seguirse desde las cuevas y los útiles prehistóricos hasta la fortaleza medieval y, siglos después, hasta el traslado de buena parte de sus habitantes a Castellar Nuevo. En cada etapa, el relieve estuvo presente, aunque no decidiera por sí solo el rumbo de la historia.
Castellar Viejo guarda huellas anteriores a sus murallas
La fortaleza no es el primer capítulo. En el entorno del pueblo viejo, la presencia humana se remonta al Paleolítico y al Neolítico, según los hallazgos de industria lítica —herramientas de piedra— y las pinturas rupestres documentadas en numerosas cuevas. Entre ellas figuran la Cueva de las Estrellas y las de los Maquis, la Abejera, el Arquillo y los Barrancones.
Las pinturas y las herramientas son señales distintas de una misma permanencia: hubo personas en este paisaje mucho antes de que existieran una villa amurallada o un reino de frontera. La información disponible no permite atribuirles una vida cotidiana concreta, pero sí constata una ocupación antigua y continuada en el entorno de Castellar Viejo.
La peña añade una clave geográfica. La documentación describe expresamente la posición del pueblo viejo sobre ese resalte como estratégica. Es razonable deducir que la altura ayudaba a dominar el emplazamiento; es esa relación entre relieve y posición, no una explicación imaginada de las pinturas, la que conecta el terreno con la historia humana.
El palacio integrado en el conjunto histórico de Castellar Viejo, cuya fortaleza reúne mampostería y arcos de ladrillo.
La frontera convirtió la altura en fortaleza
En la Edad Media, la peña dejó de ser solo el lugar donde se había asentado la villa: pasó a formar parte de un sistema defensivo. La historia local sitúa la fundación de la villa y la construcción de la ciudadela en el periodo de islamización de la península, iniciado en el 711. La fortificación primitiva que hoy se reconoce en el conjunto se fecha, de manera más concreta, en los siglos XIII y XIV y conserva rasgos propios del reino de Granada.
Castellar era un eslabón de una cadena de fortalezas nazaríes. Hacia el sur enlazaba con la torre de Palmones y la bahía de Algeciras; hacia el norte, con Jimena de la Frontera. La posición fronteriza no era un nombre pintoresco: el castillo formaba parte de una red defensiva y el lugar tuvo un papel importante durante las Guerras de Granada del siglo XV. La misma altura que había hecho estratégico el asentamiento prehistórico adquiría ahora un valor militar organizado.
Las piezas del castillo cuentan también una historia de cambios. En la etapa cristiana, entre los siglos XV y XVII, el recinto ya tenía muralla, torres y alcázar-palacio. Sus muros combinan mampostería —piedras colocadas con mortero, más o menos labradas— y ladrillo en los arcos. No se trata de una roca uniforme convertida en edificio, sino de una construcción hecha con materiales diversos y adaptada a la fortaleza.
En 1434, Juan de Saavedra, alcaide de Jimena, tomó el castillo para la corona de Castilla. Castellar fue conquistado de nuevo para el reino de Granada y volvió a caer en manos de Saavedra. Carlos I concedió en 1539 el título de condes de Castellar a sus descendientes. La secuencia de conquistas y señoríos muestra hasta qué punto la villa estaba ligada a una frontera disputada; la peña fijaba el emplazamiento, pero eran las decisiones políticas y militares las que cambiaban sus dueños.
El castillo de Castellar visto desde el exterior, elevado sobre el terreno que dio al emplazamiento su posición estratégica.
De Castellar Viejo a Castellar Nuevo, otra forma de habitar
Una fortaleza podía permanecer; la población, no necesariamente. En 1945 se creó la Empresa Corchera Almoraima, que se convirtió en motor de la economía local. A su alrededor se levantaron chabolas para los trabajadores. En 1962, los propietarios construyeron viviendas para los empleados, aunque la mayoría de las casas siguió siendo chabolas. La Almoraima llegó entonces a superar los 1.500 habitantes.
En esos mismos años comenzó otra transformación del territorio. Las obras del embalse de Guadarranque arrancaron en 1960. Más tarde, dentro del Plan de Desarrollo del Campo de Gibraltar, se expropiaron 700 hectáreas de La Almoraima para crear un pueblo de colonización a nueve kilómetros de Castellar Viejo. Las parcelas se entregaron a colonos que las solicitaran.
El nuevo asentamiento quedó terminado en 1971. La mayoría de los castellarenses se trasladó allí desde Castellar Viejo y desde La Almoraima, que distaba un kilómetro del núcleo antiguo. No fue el terreno el que dictó ese traslado: la documentación lo vincula al proyecto de colonización y a una nueva organización de la población y las tierras. Pero el resultado dejó una imagen excepcionalmente clara de dos maneras de ocupar el municipio: la villa histórica encaramada a la peña y el pueblo planificado en otro emplazamiento. Castellar cuenta hoy con esos dos núcleos y con La Almoraima.
Las rocas cuentan una historia más antigua que la frontera
El relieve visible es solo una parte del escenario. La síntesis geotécnica del término identifica como grupo predominante las areniscas, los conglomerados y el flysch, con un 51,30 %; las calizas, dolomías y mármoles representan un 23,96 %. Son materiales que remiten a ambientes distintos, aunque esos porcentajes describen el conjunto municipal y no asignan una roca concreta a la peña del castillo.
Las areniscas son arenas antiguas que quedaron compactadas: pueden proceder de playas, deltas o ríos de corriente tranquila. Los conglomerados, en cambio, reúnen cantos rodados cementados, como los que dejan corrientes fluviales más enérgicas. El flysch alterna capas de arena y arcilla, formadas al pie de una plataforma continental. Puedes imaginarlo como una sucesión de episodios: una capa arenosa, otra más fina y, con el tiempo, muchas más apiladas y endurecidas.
Las calizas y dolomías apuntan a otro paisaje antiguo: fondos de mar cálido y poco profundo, con condiciones comparables a las de una costa de aguas someras actual. El mármol es una roca transformada a partir de calizas o dolomías. Así, el territorio reúne señales de sedimentos fluviales y marinos, no una única escena geológica. Esa diversidad sitúa la peña en un paisaje construido por procesos muy anteriores a la ocupación humana, sin que el resumen municipal permita reconstruir la composición exacta del promontorio.
La historia humana, en cambio, deja huellas reconocibles en lugares concretos. Las cuevas, la industria lítica, las pinturas y la fortaleza documentan ocupación desde la prehistoria hasta la Edad Media; la geología explica el relieve destacado que hizo estratégica la posición del pueblo viejo. No hacen falta dinosaurios ni una escena inventada para que la escala del tiempo resulte imponente: basta comparar una peña que ya estaba allí antes de las primeras herramientas con las murallas que se levantaron muchos milenios después.
La peña no escribió las guerras ni decidió el traslado de la población, pero ofreció el emplazamiento que enlaza las primeras huellas humanas con la fortaleza fronteriza. Cuando mires Castellar Viejo, la altura y sus muros contarán juntos cómo un relieve pudo orientar, durante siglos, el lugar donde se asentaba la historia.
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