Catadau dejó una tumba colectiva en la Cueva de Avellaneda y una huella romana encima
En la Cueva de Avellaneda aparecieron restos humanos, útiles de piedra y cerámicas de distintas épocas. ¿Qué permite leer esa secuencia en una tierra donde las calizas forman cavidades?
Riego por goteo en una parcela de La Heretat, Catadau, partida agrícola vinculada también a la historia de Villa Cristina.
La Cueva de Avellaneda guarda una historia que empieza mucho antes de que Catadau tuviera ese nombre. Allí se hallaron, según las descripciones que han llegado hasta hoy, restos humanos, astas de ciervo, herramientas y cerámicas. La roca abrió un espacio; distintas comunidades lo ocuparon y dejaron señales de tiempos diferentes. ¿Cómo pudo una cavidad reunir una tumba colectiva y una huella romana?
Avellaneda, una cueva con más de una época
El inventario de hallazgos parece el equipaje de varios viajes reunido en un mismo lugar. Se mencionan varios cráneos humanos, vasos y fragmentos de cerámica tosca, conchas de moluscos marinos y caracolas terrestres, una posible punta de flecha, objetos de sílex y hachas de piedra pulida. También se registraron monedas romanas imperiales.
La lectura más prudente de ese conjunto distingue una cueva de enterramiento colectivo del Eneolítico —la etapa de los primeros metales— y un estrato superior de época romana. No es una única escena congelada en el tiempo: los objetos sugieren usos separados por generaciones y por cambios profundos en la vida de quienes habitaron el territorio.
Hay, sin embargo, una pérdida concreta en esta historia. Los restos de la cueva desaparecieron antes de que fueran objeto de un estudio científico. Por eso la atribución al Neolítico ha sido puesta en duda y la interpretación eneolítica se apoya en la descripción de los materiales conservados. La secuencia es sugerente, pero no permite reconstruir cada visita ni cada ceremonia.
El agua abre paso en la roca carbonatada
La cueva no es solo un escenario arqueológico. La caracterización geotécnica de Catadau señala que predominan los materiales carbonatados: la categoría de calizas, dolomías y mármoles representa el 66.03% de los materiales clasificados. En conjunto, las formaciones carbonatadas se describen como muy karstificadas; es decir, el agua puede abrir y agrandar fisuras en ellas, como una gotera que, con tiempo suficiente, ensancha una grieta.
Calizas y dolomías suelen originarse en fondos marinos poco profundos, donde se acumulan sedimentos y restos minerales, como en una extensa plataforma bajo un mar cálido. Mucho después, el agua que circula por las fracturas puede disolver parte de esa roca y conectar huecos. La geología local hace plausible ese proceso como explicación del paisaje de cavidades, aunque no demuestra por sí sola cómo se formó exactamente la Cueva de Avellaneda.
El mismo registro distingue arenas finas y limos, gravas y arenas compactas, además de yesos, anhidrita y sales. Estos últimos materiales se asocian a aguas que se evaporan en cuencas cerradas, como ocurre en lagunas salinas. No son todos la misma historia ni tienen por qué aflorar en el mismo punto. Pero juntos muestran que el subsuelo de Catadau reúne materiales de ambientes distintos, mientras que la presencia de formaciones carbonatadas karstificadas ofrece una pista concreta para entender las cavidades.
La investigación geotécnica reconoce también áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. No hace falta imaginar un derrumbe para comprender la transformación: el agua trabaja lentamente, siguiendo las debilidades de la roca. En Avellaneda, esa lenta arquitectura natural habría proporcionado un espacio al que las personas pudieron dar otro uso. La relación es una deducción geológica, no un dato directo sobre la conducta de quienes enterraron allí a sus muertos.
Afloramiento rocoso cerca del Alt de Quencall, en el entorno del encuentro de los términos de Catadau, Carlet y Tous.
De los cerros del Bronce a las cerámicas de Granotar
La Cueva de Avellaneda no fue la única señal de presencia humana antigua en el término. El relato arqueológico de Catadau sitúa un poblamiento intenso durante la Edad del Bronce y menciona restos de poblados en varios cerros y puntales. La elevación ofrecía una posición distinta de la cavidad: desde la oscuridad protegida de una cueva, el paisaje se abre a lomas y alturas.
No se puede convertir esa diferencia en una explicación completa de por qué se eligió cada lugar. Sí permite ver que la ocupación no se limitó a un solo refugio ni a un único momento. Los cerros conservaron restos de asentamientos del Bronce Valenciano, mientras la cueva reunió materiales interpretados como propios de un enterramiento colectivo. Son huellas diversas, ligadas a formas distintas de habitar y usar el territorio.
En la partida del Granotar apareció cerámica pintada de época ibérica, incluido un fragmento con parte de la figura de un caballo. Más tarde hubo allí un asentamiento romano, identificado por cerámica sigillata y restos de ánforas. La secuencia local no obliga a imaginar una continuidad directa entre todos esos grupos; muestra, en cambio, que el entorno fue ocupado y reutilizado en épocas distintas.
El Magro y la alquería que se convirtió en Catadau
El río Magro marca el borde oriental del término durante un tramo, y varios barrancos drenan el territorio. El Riu Sec nace dentro del municipio y sale hacia Carlet y Benimodo. Son referencias que ayudan a leer un paisaje de cauces, lomas y tierras cultivadas, aunque las fuentes no atribuyen a un río concreto la elección de la cueva ni de los antiguos asentamientos.
Mucho después de las primeras huellas arqueológicas, Catadau fue una alquería musulmana. En 1238 Jaime I la donó a Guillem Aulàbia. La palabra alquería recuerda un núcleo rural, una forma de vivir ligada al campo; desde entonces, el nombre del lugar aparece en una historia política que pasó por distintas manos y jurisdicciones. En 1530, el territorio del marquesado de Llombay comprendía Catadau, Llombay y Alfarp.
El cambio más brusco llegó en 1609. Según el censo de Caracena, Catadau tenía entonces 130 casas de moriscos; su expulsión causó la despoblación del municipio. El primero de mayo de 1611 se concedió carta puebla para repoblarlo. La tierra permanecía, pero la comunidad que la trabajaba había sido arrancada y debía rehacerse.
La tierra trabajada vuelve a llenarse de casas
La reconstrucción dejó una medida concreta de ese regreso. En 1649 se construyó la iglesia, todavía dependiente de la parroquia de Llombay, y sus obras se ampliaron en 1750. Para 1756, Catadau contaba con 184 casas habitadas: en poco más de un siglo, el número de viviendas y habitantes se había triplicado, según la historia local recogida en el dossier.
También se conserva una imagen precisa de la economía agraria. A mediados del siglo XVIII el municipio tenía 5538 hanegadas de secano y 1719 de regadío. La hoja de morera, alimento del gusano de seda, era el cultivo principal; el olivo, destinado al aceite, ocupaba el segundo lugar. La plaza del Cuc mantiene en su nombre el recuerdo de aquella actividad. En la caracterización del subsuelo aparecen tanto materiales finos como gravas y arenas compactas: un marco geológico variado bajo un paisaje que la población organizó con cultivos y riego, no una explicación única de cada decisión agrícola.
En el siglo XIX, las grandes propiedades y masías continuaron formando parte del paisaje. Villa Cristina, también llamada Casa Izquierdo, se levantó en 1883 en la partida de la Heretat. Durante su etapa de mayor esplendor, la propiedad reunió casi 3000 hanegadas, dedicadas sobre todo a la vid y los algarrobos. En el siglo siguiente, el Centro Católico Social añadió otra presencia urbana: sus muros de piedra fueron descritos como un símbolo del pueblo.
La respuesta a la pregunta de Avellaneda está en la unión de dos historias, no en una sola: una roca carbonatada que el agua puede abrir y unas comunidades que dieron uso a la cavidad en momentos distintos. Cuando mires las lomas, los cauces y los campos de Catadau, verás también el largo trabajo de la piedra y las huellas humanas que lograron permanecer en ella.
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