Castril, la peña que amparó una villa
La localidad se alza bajo una peña escarpada que sirvió de protección a un campamento romano y, siglos después, dominó una ciudad fortificada. En la roca, el agua y las huellas de las defensas se cruzan en una historia que aún se lee en el paisaje de Castril.
La Peña se alza junto al caserío de Castril. Su relieve forma el escenario reconocible de la historia de ocupación y fortificación del pueblo.
La Peña de Castril se levanta junto a las casas, al borde de la escarpada ladera donde se asienta la localidad. Vista desde el mirador de El Cantón, no es un simple telón de fondo: esa roca fue aprovechada como protección y el pueblo creció a su abrigo. A sus pies se cruzan dos historias. Una es la de las fuerzas que modelan un paisaje de relieves abruptos, corrientes de agua y cavidades; la otra, la de quienes eligieron este emplazamiento y lo defendieron. Las murallas y torres que todavía se conservan recuerdan el resultado de esa relación.
La Peña, refugio y fortaleza
Los romanos fueron los primeros en utilizar la famosa peña como protección para un campamento militar que después se convirtió en villa. La tradición también vincula el nombre de Castril con el término latino castrum, «campamento», aunque se presenta como una posible derivación. El detalle esencial está en el uso del lugar: la roca ofrecía una posición protegida para una comunidad que fue tomando forma a su alrededor. No hace falta imaginar una muralla romana que las fuentes no describen; basta seguir la continuidad del emplazamiento y la función defensiva que sí se atribuye a la peña.
La posición siguió siendo valiosa durante la dominación musulmana, cuando Castril se convirtió en ciudad fortificada y recibió el nombre de Hisn de Qastal: «castillo» de Qastal. El relieve y las defensas humanas quedaron así asociados en un mismo paisaje. De esa época permanecen restos de murallas y torres. La peña no es una fortaleza construida por manos humanas, pero fue parte del escenario que hizo reconocible y defendible la ciudad. En Castril, la historia urbana no se entiende separando el pueblo de la roca que lo domina.
El agua dentro de Hisn de Qastal
Un relato antiguo añade otra presencia al interior de la fortaleza. El geógrafo granadino Al-Zuhri describió un patio con «una gran piedra lisa de la que brotaba tal cantidad de agua que podría mover ocho piedras de molino». La imagen une roca y agua en el corazón de la ciudad: no solo importaba la posición elevada, sino también la presencia de agua que la descripción atribuye a aquel recinto. El texto no permite reconstruir con detalle el recorrido de esa agua, pero sí conserva una memoria sorprendente de su abundancia y de la importancia que se le concedía.
Fuera de las murallas, el paisaje de la Sierra de Castril prolonga esa historia del agua a otra escala. El río Castril atraviesa el término municipal y la sierra se caracteriza por sus numerosas corrientes, grutas y galerías. El relieve no es únicamente una forma inmóvil: agua superficial y cavidades forman parte de la geografía local. El río y las galerías muestran dos maneras distintas de encontrar agua en el paisaje, mientras que la peña recuerda cómo ese mismo relieve llegó a ofrecer abrigo a quienes vivían en Castril.
Qué materiales forman el término
La geología municipal aporta el sustrato de este recorrido, aunque no convierte cada lugar en una roca idéntica. En la clasificación geotécnica del término, las calizas, dolomías y mármoles constituyen la categoría mayoritaria: representan el 57,29 %. Se trata de materiales carbonatados, un nombre que agrupa rocas con una composición característica y que ayuda a entender por qué la karstificación figura entre los procesos identificados en la zona. La cifra describe el conjunto del municipio, no determina por sí sola la composición de la Peña de Castril.
Karstificación es el proceso por el que el agua va disolviendo y ensanchando pasos en rocas susceptibles, hasta formar conductos y cavidades. No sucede de una vez: el agua aprovecha las discontinuidades de la roca y las amplía gradualmente. En el término también se registran gravas y arenas compactas, yesos, anhidrita y sales, además de areniscas, conglomerados y flysch. Esa variedad recuerda que bajo el nombre de Castril no hay un único material. La categoría de rocas carbonatadas y la presencia de karst dan contexto geológico a la abundancia de grutas, sin identificar automáticamente la roca de cada cavidad o edificio.
En Sierra Seca se encuentran la cueva del Muerto, con estalactitas y estalagmitas, y la cueva de Don Fernando, descrita como la más profunda de la provincia de Granada. Esas formas y cavidades acercan al lector a la acción prolongada del agua bajo tierra. Una estalactita cuelga del techo de una cueva y una estalagmita crece desde el suelo; juntas hacen visible, en una escala humana, una transformación lenta. Las cuevas no son la Peña ni están en el mismo lugar, pero pertenecen al paisaje de la Sierra de Castril, donde relieve, roca y agua ofrecen un marco común.
Vista de Castril y de las laderas de la sierra. El pueblo se asienta junto a un relieve escarpado, en un término marcado por las corrientes de agua y las cavidades.
El pueblo cambia; la peña permanece
A finales del siglo XV, tras la Reconquista por los Reyes Católicos, Castril fue descrito como ejemplo de convivencia entre las culturas musulmana, cristiana y judía. Después de la expulsión de los moriscos, el municipio fue repoblado y cedido a Hernando de Zafra, que pasó a llamarse Señor de Castril. Cambiaron las autoridades y la población, pero no el emplazamiento que unía la villa con la peña. Esa permanencia da continuidad a una historia hecha de transformaciones humanas sobre un escenario físico reconocible.
También sobreviven otras huellas de distintas épocas. Castril conserva parte de un puente romano, construido hace unos dos mil años, además de las murallas y torres de la época árabe. No son piezas de un único episodio, sino rastros de usos sucesivos del territorio. La localidad fue escenario de enfrentamientos en el siglo XIX: las tropas francesas incendiaron el pueblo en 1810 y en 1838 se disputó en el término municipal la batalla del Llano de los Tubos, durante las Guerras Carlistas. La peña no evitó todos los conflictos; el incendio y la batalla muestran los límites de la protección que ofrece el relieve frente a las decisiones y los choques humanos.
Una sierra también trabajada
La historia del paisaje incluye asimismo la transformación de sus bosques. La riqueza forestal de Castril fue sometida a una política maderera que se extendió desde Felipe II hasta la primera mitad del siglo XX y acabó con gran parte de sus bosques. Es un cambio prolongado en la relación entre la población y la sierra, distinto de la construcción de las defensas, pero igualmente ligado al uso del territorio. Las fuentes no permiten atribuir a esa tala una consecuencia geológica concreta; lo que sí queda claro es la magnitud de la transformación forestal y el largo periodo en que se produjo.
Hoy, el término reúne el parque natural de la Sierra de Castril, el río y el embalse del Portillo, junto con el caserío encaramado bajo la Peña. La pasarela colgante permite recorrer el entorno del río; el mirador de El Cantón ofrece otra manera de ver la relación entre el pueblo y el relieve. No son escenarios desconectados: la montaña, las corrientes y las cavidades forman parte de un mismo paisaje, mientras los restos de murallas recuerdan cómo la gente convirtió una posición natural en un lugar habitado y fortificado.
La Peña sigue siendo la imagen que reúne esas etapas. Primero amparó un campamento romano; después, la ciudad de Hisn de Qastal se levantó fortificada bajo su presencia. El agua dejó relatos, corrientes y cavidades en la geografía del municipio, y los cambios políticos dejaron murallas, torres y un puente. La roca no detuvo los incendios ni las batallas, pero el emplazamiento sobrevivió a ellos. Al mirar Castril desde El Cantón, la peña deja de ser solo una silueta: vuelve a aparecer como el abrigo alrededor del cual la villa encontró su lugar.
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