Historia geológica Localidad Casas de Fernando Alonso

Casas de Fernando Alonso, entre heredades y caliza

En 1752, una aldea de jornaleros y labradores distribuía su trabajo entre cereales, viñas, olivos y ganado, todavía bajo la jurisdicción de San Clemente. Bajo ese paisaje de campos y heredades, el subsuelo carbonatado y el agua de curso irregular cuentan otra parte de la historia.

La entrada a Casas de Fernando Alonso abre el recorrido por una localidad cuya historia agrícola y administrativa se fue escribiendo entre heredades.

La entrada a Casas de Fernando Alonso abre el recorrido por una localidad cuya historia agrícola y administrativa se fue escribiendo entre heredades.

Foto: 19Tarrestnom65, CC BY-SA 4.0 — commons.wikimedia.org

El 26 de agosto de 1752, Bartolomé Montero, alcalde pedáneo de Casas de Hernando Alonso, respondió a las preguntas del Catastro del marqués de la Ensenada. La aldea pertenecía entonces a San Clemente y reunía unos 130 vecinos. La escena que dibujan las respuestas no es la de un lugar vacío esperando convertirse en pueblo: era una comunidad que trabajaba, criaba animales y organizaba sus labores en un territorio cuya jurisdicción y cuyas heredades tenían una historia propia.

De aquellos 130 vecinos, 80 eran jornaleros, 30 labradores y alrededor de ocho pastores. En los campos se cultivaban trigo, cebada, centeno y avena; también cebollas, olivas, viñas, guijas y azafrán. Se recolectaban bellotas y había ganado ovino, caprino, porcino y caballar, además de aves y 33 colmenas. Las cifras acercan una economía diversa, pero también dejan ver la escala de una aldea donde las faenas agrícolas convivían con oficios y pequeños recursos locales.

El campo se apoya en una geología más profunda

La encuesta menciona cultivos y animales; no describe las rocas que los acompañaban bajo tierra. Para ese otro plano, el estudio geotécnico ofrece una imagen municipal: clasifica el 88,94 % de los terrenos en la categoría de calizas, dolomías y mármoles, y el 3,78 % en la de yesos, anhidrita y sales. Son grupos distintos de materiales, y esas proporciones describen el término municipal, no identifican la piedra de cada edificio ni el suelo de cada parcela.

La presencia dominante de materiales carbonatados importa porque el agua puede actuar sobre ellos. Al circular por fracturas, puede disolver parte de la roca y ensanchar los huecos; a ese tipo de desarrollo subterráneo se le llama karst. El informe distingue zonas poco o casi nada karstificadas, con algún sistema aislado, y otras medianamente karstificadas, donde a veces aparecen sistemas importantes dispersos. También contempla áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. No describe una única condición uniforme: bajo el mismo término coexisten sectores con comportamientos distintos.

El agua ofrece otra escala para leer el subsuelo. En cinco sondeos, con profundidades de entre 250 y 378 metros, la profundidad media alcanzada fue de 287,2 metros. El agua se registró, en promedio, a 45,2 metros; las mediciones individuales oscilaron entre 42,05 y 48,1 metros. El estudio caracteriza las formaciones como generalmente extensas y de baja permeabilidad, aunque indica que en profundidad pueden albergar acuíferos de mayor permeabilidad y productividad. Son datos de sondeos, no una descripción de cómo se abastecían los vecinos del siglo XVIII.

En la superficie, en cambio, los cursos de agua de la zona suelen pasar secos y llevan agua tras episodios de lluvia o con el deshielo. Así conviven dos ritmos: cauces que responden a momentos húmedos y un subsuelo en el que el agua se detectó decenas de metros abajo. Esa diferencia ayuda a situar el trabajo agrícola en un paisaje de recursos y condiciones variables, sin convertir las mediciones modernas en una explicación automática de cada cosecha antigua.

Mientras la vida del campo seguía su calendario, la relación de la aldea con sus propiedades y con San Clemente también cambiaba. En 1586, un padrón registró a un vecino llamado Hernando Alonso en una calle de San Clemente; el relato histórico plantea que pudo ser el fundador de la antigua aldea. Décadas después, los documentos ya nombraban las Casas de Hernando Alonso y sus habitantes. La referencia no resuelve por sí sola el origen del asentamiento, pero muestra cómo el nombre aparece en los registros de aquella relación entre vecinos y territorio.

En 1613, el clérigo Cristóbal de Tébar y Orihuela donó bienes de una finca cercana llamada Alquería de las Cruces para fundar en San Clemente un colegio de la Compañía de Jesús. En 1620, otra donación incluyó tierras y casas junto a las Casas de Hernando Alonso. La presencia jesuita hizo que aquella alquería se conociera también como la de los Teatinos. Desde comienzos del siglo XVII, los vecinos cultivaban tierras vinculadas a esas heredades; la labor cotidiana y la titularidad de las parcelas se cruzaban, aunque no fueran la misma cosa.

Un documento de 1637 identifica a Lorenzo Andújar como morador de las Casas de Hernando Alonso. En 1679, la parroquia local se separó de la iglesia matriz de Santiago Apóstol de San Clemente. Entre esas fechas, las donaciones y la vida de los residentes sitúan a la comunidad en un paisaje que no era solo una extensión de campos: tenía casas, vínculos religiosos y una identidad local que iba adquiriendo instituciones propias.

Una calle del pueblo ofrece una vista actual del espacio habitado que los documentos antiguos nombran como las Casas de Hernando Alonso.

Una calle del pueblo ofrece una vista actual del espacio habitado que los documentos antiguos nombran como las Casas de Hernando Alonso.

Foto: 19Tarrestnom65, CC BY-SA 4.0 — commons.wikimedia.org

Las heredades cambian de manos y la aldea cambia de escala

La propiedad volvió a moverse en el siglo XVIII. En 1767, la expulsión de los jesuitas ordenada por la Corona fue seguida en San Clemente por la desamortización y venta de sus bienes. Para quienes cultivaban desde principios del siglo XVII las tierras de las Casas de Hernando Alonso, el cambio alteraba el marco de propiedad de esas heredades. Las fuentes no describen una disputa concreta entre arrendatarios y nuevos dueños; sí permiten seguir la sucesión: terrenos vinculados a una institución religiosa pasaron a ser vendidos.

En 1786, las alquerías de Los Teatinos y Las Cruces fueron compradas por Alonso Briz, oriundo de Almodóvar del Pinar, y pasaron después a su hijo Alfonso Briz. El monte carrascal que unía ambas alquerías empezó a llamarse Monte Briz; también recibió ese nombre el camino que las conectaba. La operación dejó una huella en el mapa cotidiano: dos heredades, un monte y una vía quedaron reunidos bajo una misma denominación. No fue la roca la que cambió de nombre, sino la forma humana de ordenar y reconocer aquel espacio.

La vida agrícola seguía ocupando el centro de la aldea. En 1752, además de los cultivos, se documenta una huerta arrendada por Tomás Melgarejo; Pedro Benito tenía un horno de cocer teja junto a Juan y Tomás de Iniesta, y otros vecinos ejercían oficios como la sastrería o la fabricación de vencejos. El horno muestra que en el pueblo también se producían materiales de construcción, aunque el documento no identifica de dónde procedían sus materias primas. La tierra era lugar de trabajo y de residencia, no un simple telón de fondo.

El cambio administrativo llegó en 1812, cuando la Constitución convirtió Casas de Fernando Alonso en Ayuntamiento Constitucional. La aldea que había aparecido en las respuestas de 1752 como parte de la jurisdicción de San Clemente se convirtió en municipio. Los censos registraron 513 habitantes y 129 hogares en 1842, y 550 habitantes y 145 hogares en 1857. Esas cifras no explican por sí mismas el crecimiento, pero muestran la escala alcanzada por la localidad después de su separación administrativa.

Hoy, el paisaje vitivinícola y las viñas siguen formando parte de la identidad que presenta el municipio. Las cosechas y los nombres de las heredades cuentan el trabajo de generaciones; las calizas, dolomías y otros materiales registrados por el estudio geotécnico recuerdan que bajo ese campo hay otro territorio, más profundo y de comportamiento desigual. La comunidad pasó de aldea dependiente a municipio, mientras el subsuelo siguió su propio ritmo: el de la roca, las fracturas y el agua que circula bajo la superficie. En Casas de Fernando Alonso, la historia de la tierra no reemplaza la de sus habitantes; le da espesor.

Tipos de terreno en Casas de Fernando Alonso

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Calizas, Dolomías y Mármoles
    Advertencia

    Calizas, Dolomías y Mármoles

    Rocas sedimentarias carbonatadas (y sus equivalentes metamórficos) de componente rígida. Típicas de los macizos montañosos de la Cordillera Cantábrica, Pirineos, Cordilleras Béticas y Baleares. Aunque

    Ver ficha
  • Yesos, Anhidrita y Sales
    Peligro

    Yesos, Anhidrita y Sales

    Rocas sedimentarias de origen químico formadas por la precipitación de minerales disueltos en cuencas cerradas. Predominan los yesos (sulfato cálcico) y en menor medida la anhidrita y las sales (halit

    Ver ficha

Perfil estratigráfico típico

Corte orientativo del subsuelo en Casas de Fernando Alonso

Yesos, Anhidrita y Sales 0–12 m
Calizas, Dolomías y Mármoles 12–32 m+

Perfil orientativo basado en tipos de suelo GEODE y espesores típicos CTE

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