Benferri, la torre y la rambla
Benferri nació en una llanura donde la vida agrícola dependía del secano y de las avenidas de la rambla de Abanilla. La torre alrededor de la cual se levantaron las primeras casas permite seguir cómo un lugar de cultivo llegó a ser pueblo.
La plaza de la Constitución y la Casa Consistorial sitúan el centro urbano de Benferri.
En 1464, Juan Rocamora compró la heredad y la torre de Rocamora, el núcleo del señorío que después crecería alrededor de aquel punto. La historia de Benferri, sin embargo, no se entiende solo por quién poseía las tierras. También importa el paisaje llano, drenado por la rambla de Abanilla, y la manera en que sus habitantes aprovecharon un agua que llegaba con las avenidas. El suelo y el agua marcaban el escenario en el que se asentaron las casas y se trabajaron los campos.
La rambla de Abanilla y el suelo llano
La descripción geográfica sitúa Benferri en la huerta de Orihuela, sobre terreno llano drenado por la rambla de Abanilla. El estudio geotécnico caracteriza los suelos registrados como arenas finas y limos, que representan el 99,31 % de su clasificación. Son nombres para distinguir materiales según el tamaño de sus partículas. En la historia local, el dato acompaña a un paisaje agrícola abierto, pero no convierte esos suelos en una explicación automática de cada edificio o de cada parcela.
Lo que sí queda descrito con claridad es la relación entre la rambla y el cultivo. En 1828, las tierras se dedicaban generalmente a cultivos de secano, y solo se regaban con agua procedente de las avenidas de la rambla. El agua, por tanto, no aparece como un suministro constante: su llegada marcaba una oportunidad que la agricultura local aprovechaba. Esa diferencia entre el secano y el riego ocasional ayuda a entender por qué la llanura no era un espacio vacío, sino un territorio trabajado bajo condiciones concretas.
En la comarca, la expansión musulmana trajo sistemas de contención y aprovechamiento del agua, como norias, presas y acequias, y aumentó la superficie cultivada. Benferri era entonces poco más que una torre, rodeada por tierras donde se cultivaban viñas y olivares. La combinación de una población pequeña y campos productivos ofrece la primera imagen de la localidad: un asentamiento concentrado y una actividad agrícola extendida alrededor. Las acequias y demás obras explican el esfuerzo humano por organizar el agua; no borran la dependencia de las avenidas que todavía se registra siglos después.
La torre de Rocamora abre paso a las casas
Tras la conquista de la comarca de Orihuela en 1242, las tierras quedaron vinculadas a la familia Rocamora, que las recibió después de acompañar a Jaime I de Aragón en su campaña valenciana. En 1464, Juan Rocamora adquirió la heredad y la torre. La torre era una pieza central de aquella propiedad, pero aún no formaba un pueblo de calles y casas. El terreno cultivado y la construcción aislada pertenecían a escalas distintas: el campo podía producir, mientras que el asentamiento todavía estaba por levantar.
En 1494, el lugar seguía siendo, según la historia local, una torre. Don Jaime de Rocamora y después su hijo Jerónimo comenzaron a construir casas para que las habitaran colonos. El cambio fue gradual: en torno a una construcción existente aparecieron viviendas, y el lugar empezó a reunir población estable. No se trataba solo de añadir edificios. Las casas daban forma a una comunidad asentada en una tierra de secano, donde el trabajo agrícola y el uso limitado del agua formaban parte del mismo paisaje.
En 1619 se habían alcanzado las quince casas necesarias para obtener la jurisdicción alfonsina, con personalidad jurídica propia, aunque Benferri aún permanecía dentro del término de Orihuela. En 1622 se independizó de esa jurisdicción bajo el dominio de Jaime de Rocamora. Ese mismo año se construyó la iglesia parroquial de San Jerónimo, de estilo renacentista tardío. La fotografía de la iglesia muestra el edificio actual en el centro del pueblo; su construcción señala un paso concreto en la formación de la comunidad, no una prueba sobre el material geológico de sus muros.
La iglesia parroquial de San Jerónimo, construida en 1622, forma parte del núcleo que creció alrededor de la antigua torre.
La Balsa de Benferri y el agua que llegaba
En aquellos años, el consejo ordenó limpiar la Balsa de Benferri, descrita como un embalse de origen árabe. La balsa ya no conserva restos, pero su limpieza deja constancia de una infraestructura local dedicada al agua. Junto a las casas, la iglesia y los campos, ese trabajo recuerda que el asentamiento necesitaba ocuparse también de almacenar o gestionar el recurso. La rambla y la balsa no eran lo mismo: una llevaba agua durante sus avenidas; la otra era una obra humana que formaba parte del sistema local.
La diferencia entre el agua que llega y el agua que se puede conservar vuelve a aparecer en el registro de los cultivos. En la descripción de 1828, el riego dependía únicamente de las avenidas de la rambla. La llanura estaba drenada por ese cauce, y las cosechas combinaban trigo, cebada, aceite, higos, sosa y barrilla. El paisaje productivo no era una huerta regada de manera uniforme: convivían el secano y el aprovechamiento de agua cuando la rambla la aportaba.
La comunidad tuvo que afrontar además una ruptura demográfica. La peste que asoló la región en 1648 frenó el crecimiento de la población y redujo el área cultivada. Las roturaciones en Benferri y en el campo de la Matanza, sin embargo, no se paralizaron. La tierra siguió siendo trabajada mientras el número de habitantes descendía. En 1712, la población registrada era de 22 habitantes: una cifra que muestra hasta qué punto la continuidad de los cultivos no equivalía a una recuperación de la vida del pueblo.
Después llegó una repoblación. En 1769 se registraban 544 vecinos, un dato que marca el cambio respecto a los 22 habitantes de 1712. La recuperación no borró las dificultades anteriores, pero devolvió población a un asentamiento cuya vida dependía de las fincas y del campo circundante. El crecimiento de Benferri puede leerse así en dos ritmos: el de las casas que se fueron agregando desde la torre y el de una comunidad que atravesó una fuerte caída antes de volver a aumentar.
Las fincas de Benferri, entre herencias y rentas
A finales del siglo XVII, algunas tierras pasaron a manos de los jesuitas por herencia de María Valenzuela, marquesa de Rafal. Recibieron una heredad de huertas y dos fincas en el campo de Salinas, con la condición de abrir una casa-colegio en Orihuela. Aceptaron la herencia y tomaron posesión el 21 de mayo de 1695. Las fincas muestran que el paisaje agrícola se organizaba también mediante la propiedad y las rentas: trabajar la tierra y controlar sus ingresos eran asuntos relacionados, pero no siempre compartidos por las mismas personas.
En 1735, el padrón señalaba que ninguno de los vecinos de Benferri era propietario, pues las haciendas pertenecían a Francisco Rocamora. Durante el siglo XVIII, los jesuitas mantuvieron un contencioso con la familia Rocamora por las rentas de sus fincas. El conflicto no cambió la forma de la rambla ni la naturaleza del suelo, pero sí afectó a quién reclamaba los beneficios del territorio cultivado. La tierra siguió siendo el soporte de la economía local mientras las disputas por su propiedad y sus ingresos se prolongaban.
De las 98 casas al pueblo que permanece
En 1828, Benferri contaba con unas 98 casas, por lo general de una sola planta. Tres o cuatro formaban tres calles empedradas junto a una plaza espaciosa. La imagen es ya distinta de la torre rodeada por campos: hay un núcleo urbano reconocible, con calles y plaza, pero el campo mantiene su peso. Los cultivos de secano, las avenidas de la rambla y las cosechas enumeradas en la descripción de la época conectan la vida del pueblo con la llanura que lo rodea.
La relación entre tierra y poder también cambió. La Constitución de 1812 abolió los señoríos y las tierras pasaron a los descendientes de antiguos colonos; desde 1920, Benferri volvió a manos de la nobleza, esta vez como baronía. Ninguno de esos cambios hizo desaparecer el paisaje agrícola descrito antes: los regímenes de propiedad se sucedieron sobre el mismo territorio llano y drenado por la rambla. El pueblo creció, atravesó la peste y la repoblación, y sus campos siguieron dependiendo del secano y del agua de avenida.
La historia empezó con una torre y no terminó con ella. A su alrededor se levantaron casas, una iglesia, calles y una plaza; la población cayó y volvió a crecer. La torre recuerda el primer núcleo, mientras la rambla de Abanilla mantiene en el relato su papel de cauce que aportaba agua a los campos. Entre ambos se reconoce Benferri: un pueblo construido en una llanura de cultivo, donde la vida humana aprendió a convivir con un recurso que llegaba por avenidas.
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