Benalúa de las Villas encontró en la loma del Cántaro un camino hacia las Juntas
En el Cerro del Cántaro, una muralla y cerámicas de la Edad del Bronce aparecen junto al cauce de las Juntas. La elevación y el río permiten seguir la relación entre el relieve de Benalúa y quienes recorrieron este territorio.
La Plaza de España de Benalúa de las Villas. El Cerro del Cántaro, donde se documentan restos de la Edad del Bronce, se encuentra al noreste del núcleo actual.
En el Cerro del Cántaro, al noreste de Benalúa de las Villas, una muralla y cerámicas de la Edad del Bronce señalan una ocupación antigua en una elevación próxima al río de las Juntas. La escena reúne dos elementos que aún ordenan el paisaje: una loma y un cauce. ¿Qué ofrecía esa posición a quienes levantaron allí sus construcciones? La evidencia sitúa el asentamiento en una elevación doble, en la ribera izquierda del río; la interpretación más prudente es que la altura y la cercanía al agua daban ventajas distintas, sin que podamos atribuir a la muralla una función concreta.
La loma estaba cerca del agua, pero no en el llano
El Cerro del Cántaro se alza al noreste de la población actual, al sur del río de las Juntas. No es el mismo lugar que el centro de Benalúa: entre ambos queda un paisaje de lomas y cauce. Esa distancia importa. La historia más antigua documentada no comienza en la plaza del pueblo, sino en una elevación que mira a una ruta natural de agua.
El sitio ocupa dos alturas, descritas en torno a los 931 y 922 metros. En ese terreno se han identificado la muralla y cerámica de la Edad del Bronce. Son restos diferentes, pero cuentan una misma historia mínima y concreta: hubo actividad humana en el cerro, y sus habitantes dejaron objetos y una construcción que sobrevivieron en el paisaje.
¿Por qué elegir una elevación junto a un río? La posición permite contemplar dos posibilidades complementarias: asentarse sobre terreno elevado y mantener cerca el cauce. Que ambas condiciones fueran decisivas es una deducción, no un hecho registrado para aquella comunidad. Pero la geografía ayuda a entender por qué el lugar no estaba aislado: el río ofrecía una referencia persistente en un territorio de sierras, valles y vegas.
El río no era solo agua: también abría una ruta
La corriente de las Juntas atraviesa el término desde Campotéjar hacia Colomera y acaba en el pequeño embalse de Colomera. En la escala cotidiana, quizá se vea como un curso que cruza el municipio. En la historia del Cerro, su importancia puede ser mayor: un estudio sobre el yacimiento plantea que los desplazamientos hacia el sur debieron seguir el cauce, conectado con los ríos Colomera y Cubillas, la Vega de Granada y el Genil.
La propuesta convierte el río en una vía de comunicación, no en una frontera. Desde el Genil, esa red articulaba relaciones entre el este y el oeste de la mitad meridional del territorio granadino y hacia la Baja Andalucía, según la interpretación recogida en el estudio del sitio. No significa que cada viajero siguiera exactamente ese recorrido; sí permite imaginar el corredor fluvial como una opción para enlazar el cerro con un espacio más amplio.
La ubicación del yacimiento cobra así otro sentido. La altura no lo separaba necesariamente del mundo: el cauce podía conectarlo. Para quien vive hoy en Benalúa, basta con mirar el mapa del término para reconocer cómo el río enlaza lugares que, vistos desde una loma, parecen formar parte de una misma ruta.
La roca que sostiene el paisaje tiene una historia más larga
Mucho antes de la muralla, el territorio adquirió la diversidad de rocas que registra hoy el estudio geotécnico municipal. La categoría más extendida en esa clasificación es la de calizas, dolomías y mármoles, con un 75,16 %. Esa cifra describe la distribución recogida por el estudio, no una medida del Cerro del Cántaro en particular.
Calizas y dolomías suelen formarse cuando materiales carbonatados se acumulan en ambientes marinos someros y, con el tiempo, quedan convertidos en roca. El mármol es una roca carbonatada transformada por presión y calor. Son procesos de escala inmensa: no dejaron una escena que una persona pudiera observar, sino materiales que el agua y el relieve han ido exponiendo y modificando. El dossier no proporciona una edad concreta para estas rocas, así que no es posible situar ese capítulo en un periodo determinado.
En las rocas carbonatadas, el agua puede disolver lentamente parte del material y abrir conductos o cavidades: eso es la karstificación. El estudio describe áreas medianamente karstificadas y señala que pueden aparecer formas importantes dispersas, además de hundimientos kársticos actuales o potenciales. No es un relato de un hundimiento sucedido en Benalúa; es una característica del terreno que ayuda a comprender que la roca no es un soporte inmóvil.
También se registran otras categorías de materiales, entre ellas arenas y limos, fangos y turbas, areniscas, conglomerados y flysch, además de rocas ígneas y agua. El widget al final permite consultar esa distribución. Para la historia del cerro, sin embargo, el dato decisivo es más sencillo: el relieve municipal combina terrenos distintos, mientras el yacimiento se asentó en una elevación junto al corredor fluvial.
Los campos removieron la tierra y sacaron a la luz otros tiempos
La historia del Cerro del Cántaro no agota la del término. Las labores agrícolas han permitido reconocer indicios de una villa romana altoimperial y de una necrópolis visigoda. Los hallazgos no deben confundirse con la muralla prehistórica: pertenecen a episodios diferentes y aparecieron en el paisaje que los trabajos del campo fueron abriendo a la observación.
¿Qué cambió entre una ocupación y otra? Cambiaron las épocas y las formas de vida; el terreno siguió siendo el escenario material sobre el que se trabajaba y se dejaban huellas. La información disponible no permite trazar una continuidad directa entre la comunidad de la Edad del Bronce, la villa romana y la necrópolis. Sí permite reconocer una sucesión de presencias humanas en el municipio, visible gracias a restos encontrados en distintos contextos.
La agricultura, además, enlaza esa arqueología con la vida más reciente. En los siglos posteriores se documentan labradores que explotaban sus tierras, junto a braceros, dentro de un orden señorial. La tierra no aparece aquí como un telón de fondo: fue el espacio de trabajo y, al mismo tiempo, el lugar donde podían permanecer ocultas evidencias de épocas anteriores.
La historia cambió de manos; los caminos siguieron cruzando el término
En 1486 Benalúa fue conquistada durante la Guerra de Granada. Después se constituyó el señorío: en 1614 Cristóbal Cañaveral de Córdoba, tercer señor de Benalúa, compró la localidad, y en 1781 el título pasó a ser el Condado de Benalúa y de las Villas. La superficie municipal actual corresponde a la del antiguo señorío.
Los caminos ayudan a poner esa historia en movimiento. En 1847 Pascual Madoz registró dos rutas de herradura que atravesaban el término: una entre Jaén y Granada, otra entre Córdoba y Guadix. No hay que suponer que fueran los mismos pasos propuestos para la Edad del Bronce. Pero, en ambos relatos, el territorio de Benalúa aparece como un espacio de circulación, no solo como un lugar de residencia.
La geología no decide por sí sola dónde se fundan los pueblos ni explica cada cambio de poder. Sí ofrece el relieve sobre el que se organizan las posibilidades: una elevación junto al cauce, lomas y valles, y caminos que conectan el término con otros lugares. En el Cerro del Cántaro, la relación entre altura y río es visible; en la historia posterior, las rutas reaparecen como parte de la vida local.
La respuesta a la pregunta del principio está en esa combinación, no en una causa única: el cerro ofrecía una posición elevada y el río, un corredor posible. Cuando pases junto a las Juntas, puedes imaginar el paisaje como algo más que el marco de Benalúa: es el mismo relieve que sostuvo una muralla, recibió el trabajo de los campos y mantuvo abiertos caminos entre pueblos.
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