Almudévar, la Corona que cambió de centro
En Almudévar, una elevación ovalada reunió el castillo, la iglesia principal y la vida pública durante siglos. La historia de la Corona cuenta también cómo el pueblo volvió la mirada hacia abajo cuando aquel centro dejó de servirle.
Almudévar y la Corona dominan esta vista del municipio. La elevación sigue siendo la referencia visible del antiguo centro de la villa.
El casco de Almudévar se alza a 456 metros sobre el nivel del mar, en un término que desciende desde los 603 metros de Saso Plano, al norte, hasta los 390 al sur. En medio de los Llanos de la Violada, la Corona destaca como una forma ovalada asociada al castillo. Allí se concentraron durante siglos edificios y decisiones. No fue solo un alto visible: fue el lugar que la comunidad ocupó, defendió, reconstruyó y, con el tiempo, dejó de usar como centro cotidiano.
La relación entre el cerro y el pueblo tiene una historia más larga que sus edificios. El nombre Almudévar procede de la época de dominación musulmana, entre 714 y 1118, y significa «el redondo», probablemente por la forma ovalada del emplazamiento del castillo. La palabra conserva así una referencia al terreno dentro del nombre de la localidad. La Corona no cuenta por sí sola toda la historia geológica de Almudévar, pero sí ofrece un punto reconocible desde el que seguir la relación entre relieve y asentamiento.
La Corona y los llanos de Almudévar
El relieve municipal es predominantemente llano y ocupa parte de los Llanos de la Violada. Esa amplitud hace más perceptible la elevación del núcleo, aunque no permite atribuir a la forma del cerro una causa geológica concreta. La geografía local combina ese paisaje abierto con diferencias de altura: de Saso Plano, al norte, al sector meridional más bajo. El pueblo, situado entre ambos extremos, quedó asociado a un punto singular del terreno que acabaría dando nombre a su centro histórico.
El sustrato tampoco es una sola clase de material. El estudio geotécnico de Almudévar recoge, a escala municipal, arenas finas y limos, calizas, dolomías y mármoles, además de gravas y arenas compactas. También registra areniscas, conglomerados y flysch, así como yesos, anhidrita y sales. Son familias distintas: unas nombran sedimentos de grano fino o suelto; otras, rocas. La clasificación se refiere al término municipal y no identifica por sí sola el material de la Corona ni el de los edificios levantados sobre ella.
Entre esos materiales, las formaciones yesíferas tienen una particularidad importante. El informe las describe como medianamente karstificadas y señala que pueden presentar karsts importantes dispersos; también identifica áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. El karst se forma cuando el agua disuelve rocas solubles, como el yeso, y puede abrir huecos en el subsuelo. El mismo estudio reconoce arcillas expansivas en ciertas zonas, con peligrosidad que va de baja a moderada y localmente de moderada a alta. Son procesos y condiciones del municipio, no una explicación demostrada del relieve de la Corona.
La imagen del paisaje abierto ayuda a entender el contraste entre los llanos y el núcleo elevado, pero la historia del asentamiento se conoce sobre todo por sus rastros humanos. El actual núcleo urbano es heredero de la mansión romana de Bortina, situada en la Vía Lata, ruta que unía Zaragoza con Lérida y pasaba por Huesca. La vía dio importancia al lugar en distintas épocas. La tradición popular sitúa un asentamiento antiguo en el paraje llamado Almudévar o Viejo; esa tradición no cambia el papel que la Corona adquiriría en la historia medieval.
Desde el paisaje abierto se distingue el núcleo de Almudévar sobre la elevación. La vista acompaña el contraste entre la Corona y los llanos del término.
De Bortina a la villa de la Corona
Las huellas de quienes pasaron por la zona no se reducen a la vía. En Villanueva apareció una piedra arenisca circular, tallada en sus dos caras con bisel y relieve plano. Se piensa que pudo formar parte de una estela funeraria visigoda. La interpretación es prudente, pero la pieza deja un vínculo concreto entre un material local y la memoria de sus habitantes. En el siglo V, los visigodos se asentaron en la zona y la Vía Lata ganó todavía más importancia.
Más tarde, la población islámica de Almudévar fue mayoritariamente muladí —descendiente de hispanorromanos— y mozárabe. La localidad aparece mencionada por primera vez el 28 de abril de 1083, cuando Sancho Ramírez entregó al monasterio de San Juan de la Peña las parias de Almudévar. Tras la conquista de Huesca, Pedro I persiguió hasta allí a los musulmanes, según la Crónica de San Juan de la Peña. La Corona era ya un lugar defendido: Jerónimo Zurita describió la fortaleza del asentamiento al relatar la conquista.
La toma definitiva llegó en 1118. La crónica de Zurita cuenta que Alfonso I y sus tropas combatieron el lugar y lo tomaron por la fuerza. Las matanzas de ese año dejaron Almudévar casi despoblado, según la historia local, y la repoblación pasó a ser una tarea urgente. El episodio cambió quién controlaba la Corona, pero no borró la utilidad de su posición. La antigua vía seguía siendo importante y la nueva villa debía recuperar población y organizar su territorio.
En mayo de 1170, Alfonso II concedió una carta puebla. Los vecinos recibieron el castillo y el cerro para construir allí la iglesia, la abadía y sus casas, además de fijarse los términos de la villa. El reparto de tierras llegó en 1184: fueron asignadas a los primeros trescientos pobladores, llegados en su mayoría de la Jacetania y el Somontano. Un documento de ese año calcula que aquellos 300 pobladores equivalían a unos 1.200 o 1.500 habitantes. La repoblación devolvió actividad al cerro y convirtió la Corona en algo más que un bastión.
El castillo siguió siendo escenario de decisiones. En 1364 se reunieron allí Pedro IV de Aragón, Carlos II de Navarra y Enrique de Trastámara para apoyarlo en su disputa con Pedro el Cruel por el trono de Castilla. El objetivo se alcanzó en 1369, tras el episodio de Montiel que llevó a los Trastámara al trono castellano. En el siglo XV, la Corona y el castillo eran el centro de la vida social; allí estaban la iglesia principal y el gobierno municipal. La elevación concentraba ahora funciones religiosas y políticas, además de conservar su antigua condición de lugar fortificado.
La ermita de la Virgen de la Corona recuerda la presencia de edificios religiosos en la elevación que fue centro de la villa.
La iglesia baja de la Corona
El cambio decisivo llegó con la iglesia. La colegiata de Santa María, situada en el castillo, tenía una nave, un ábside poligonal y bóvedas de crucería. En el siglo XVI, Pedro Irazábal añadió una bóveda estrellada, tres capillas laterales y la sacristía. Pero en 1557 la bóveda se derrumbó. La parroquia se trasladó entonces al pie de la Corona, al templo románico de San Miguel, que pronto tomó la advocación de Santa María de la Asunción. El derrumbe no acabó con la vida religiosa de Almudévar: la desplazó hacia un lugar más céntrico.
El traslado tuvo una consecuencia duradera. En el siglo XVII comenzó a construirse el ayuntamiento y, desde entonces, el castillo perdió sus funciones políticas y administrativas. La Corona dejó de reunir, como antes, el gobierno y la vida social. El centro del pueblo descendió; la colina quedó ligada a la historia de la villa y a sus construcciones religiosas, mientras nuevas instituciones ocupaban otros espacios. En 1757 se amplió la iglesia parroquial bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción, consolidando el cambio iniciado tras el derrumbe.
Mucho después, el paisaje municipal volvió a transformarse mediante obras de agua. El Canal de riegos de los Monegros quedó concluido en 1929 y el acueducto a Tardienta se inauguró en 1941. A mediados del siglo XX se construyeron en el término tres pueblos de nueva planta: Artasona del Llano, San Jorge y Valsalada. El Instituto Nacional de Colonización impulsó esas poblaciones y el arquitecto zaragozano José Borobio Ojeda diseñó su trazado. La historia de Almudévar ya no se concentraba en una sola elevación: el municipio sumaba nuevos núcleos y nuevas obras en sus llanos.
La Corona, sin embargo, sigue siendo la referencia que enlaza esos cambios. Primero fue el emplazamiento defendido; después, el lugar elegido para levantar la iglesia, las casas y el gobierno. Cuando la bóveda cayó, la comunidad trasladó su parroquia al pie del cerro y, más tarde, el ayuntamiento asumió funciones que el castillo había perdido. Hoy, al mirar desde el llano hacia la elevación ovalada, se reconoce el resultado de esa historia: el pueblo se extendió y cambió de centro, pero la Corona conservó el nombre y la huella de su antiguo papel.
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