Almargen, el arroyo que deja atrás la sal
En Casa Blanca, el agua brota del suelo con una señal singular: es salina y rica en yodo. Su recorrido, desde el manantial hasta los ríos, acompaña una historia de caminos, asentamientos y cambios en el paisaje de Almargen.
Vista aérea de Almargen y de los campos que se extienden alrededor del núcleo, entre la llanura y los relieves del término.
En Casa Blanca, el agua del manantial no se queda quieta bajo el nombre del paraje. Allí nace el arroyo Salado, de caudal modesto, pero con una señal muy concreta: su agua contiene mucha sal y yodo. La tierra la hace brotar a borbotones y el curso empieza a cambiar antes de incorporarse a la red de ríos. Al llegar al río Almargen, la salinidad disminuye; más adelante, este río alimenta al de la Venta. Entre la fuente y esa confluencia se despliega una historia de agua, terreno y ocupación humana que enlaza la Antigüedad con la llanura agrícola actual.
Casa Blanca: el agua empieza su viaje
El manantial de Casa Blanca es el punto de partida más visible de ese recorrido. El arroyo Salado nace allí y no lleva un gran caudal, pero su composición lo distingue: la descripción local destaca su elevado nivel de yodo y su salinidad. No es una corriente que permanezca igual de principio a fin. Cuando alcanza el río Almargen, parte de esa señal salina se pierde; el río continúa después hacia el de la Venta. La transformación, pequeña a escala del mapa, permite seguir el agua desde un paraje concreto hasta una red fluvial mayor.
En el mismo enclave se conservan restos de antiguas termas romanas. La presencia de estas construcciones vincula a los habitantes de época romana con las aguas de Casa Blanca: el lugar no era solo un punto donde brotaba agua, sino un espacio aprovechado por las personas. La tradición turística ha presentado el manantial como medicinal, en relación con su composición; esa atribución forma parte de la historia local del paraje. Las ruinas de las termas, en cambio, son una huella material de su uso antiguo.
El viaje del agua plantea una pregunta sencilla: ¿qué permanece cuando un manantial singular se incorpora a un río? En Almargen, la respuesta documentada está en el propio curso. La salinidad disminuye al llegar al río Almargen, que a su vez alimenta al río de la Venta. No hace falta imaginar una gran corriente para seguir el cambio: basta con fijar la atención en los sucesivos tramos y en el contraste entre el nacimiento del arroyo y su integración en la cuenca.
Una llanura entre la sierra y las campiñas
Almargen ocupa una posición de transición. A un lado se alza el paisaje más abrupto hacia la Serranía de Ronda; alrededor del núcleo se extiende una llanura agrícola; más allá, el término enlaza con las campiñas de Sevilla y Cádiz y con la Málaga llana del norte. La carretera sube hacia Cañete la Real por el estrecho valle de la Cañada de la Saucedilla, mientras que junto al pueblo predominan los campos de olivos, cereal y girasol. No es un escenario uniforme: se alternan la llanura, las lomas redondeadas y los relieves que anuncian la sierra.
Las lomas más altas quedan algo más de un centenar de metros por encima del núcleo urbano, situado a 510 metros. En los bordes del municipio se levantan los cerros de Salguera, de 620 metros; Galán, de 612; y La Grana, de 649. Esos desniveles dibujan el marco físico de la localidad y ayudan a entender por qué el término reúne ambientes de llanura y de sierra. La agricultura se desarrolla sobre todo en las tierras más abiertas: el municipio registra 1.837 hectáreas cultivadas, con predominio de cultivos herbáceos y olivar.
También bajo ese paisaje hay una variedad de materiales. El estudio geotécnico caracteriza el 74,50 % del término como areniscas, conglomerados y flysch; el 12,75 % como calizas, dolomías y mármoles; el 5,91 % como arenas finas y limos, y el 3,42 % como gravas y arenas compactas. Una arenisca está formada por granos unidos; un conglomerado reúne fragmentos de mayor tamaño, y el flysch designa conjuntos de capas sedimentarias. Arenas, limos y gravas, en cambio, son sedimentos sueltos o compactados. Es una descripción municipal, no una identificación de la roca concreta bajo Casa Blanca.
El mismo estudio registra formaciones yesíferas y carbonatadas con karstificación, es decir, materiales en los que la disolución puede abrir huecos y cavidades. Señala también zonas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. Esas características amplían la imagen del subsuelo de Almargen: además de lomas y tierras agrícolas, hay materiales capaces de cambiar por disolución. No permiten atribuir a una formación determinada el nacimiento del arroyo Salado, pero sí muestran que el término reúne sustratos distintos y procesos que pueden afectar a su relieve.
El núcleo de Almargen aparece entre campos y lomas redondeadas, en el paisaje de transición que enmarca el recorrido del arroyo Salado.
El camino abre una ventana al pasado
La llanura ofreció condiciones favorables para la agricultura y Almargen ocupó una posición de paso entre territorios. Los hallazgos arqueológicos vinculan estas tierras con poblaciones desde, al menos, la Edad del Cobre. Parte de los restos apareció durante la construcción de la carretera entre Almargen y Olvera: al abrirse el terreno para una obra moderna, salieron a la luz vestigios de ocupaciones mucho más antiguas. La Carta Arqueológica local reúne treinta yacimientos, una concentración de huellas que muestra que el poblamiento no se limitó a un único asentamiento.
En la zona de El Almirón se conocen antiguos almacenes de grano, y en el camino de Teba se documentó una pequeña casa romana. La historia del lugar se lee en espacios distintos: silos, construcciones y restos relacionados con las vías de comunicación. Durante la época fenicia, por estas tierras pasaba la vía que unía Tartessos con Mainake. Más tarde, una calzada romana enlazó con la Vía XI, que comunicaba Antikaria —Antequera— con Acinipo, en Ronda la Vieja. El paso por Almargen era parte de una red que conectaba lugares, personas y mercancías.
La romanización dejó huellas especialmente en las cuencas de los ríos Corbones y Almargen y en el norte del municipio. A esa geografía pertenecen tanto la pequeña casa romana del camino de Teba como la necrópolis de la sierra de Rebollo. Y en Casa Blanca, las antiguas termas suman otra pieza a la historia del agua. No todos esos restos cuentan la misma actividad, pero juntos permiten reconocer un territorio recorrido y ocupado, donde los ríos, la llanura y las vías formaban parte del paisaje cotidiano.
De las herramientas de piedra al ídolo de mármol
En el Centro de Interpretación Tartessos en Guadalteba, objetos procedentes de yacimientos de Almargen acercan esas épocas a una escala que cabe en la mano. Se exponen herramientas del Paleolítico Superior, como raederas, puntas levallois y raspadores. De etapas posteriores hay hachas pulimentadas, molinos de mano y sílex tallado. La piedra aparece aquí transformada por el trabajo humano: cortada, afilada o pulida para cumplir funciones distintas. La colección permite seguir cómo materiales naturales se convierten en herramientas y pasan a formar parte de la vida de las comunidades.
Entre las piezas más destacadas está el ídolo de la fertilidad, una escultura de mármol blanco fechada aproximadamente en 3000 a. C. Mide 48 centímetros y pesa unos 22 kilos; su forma reúne rasgos masculinos y femeninos, además de facciones en la parte superior. También se conserva una estela decorada tartésica, de los siglos IX y VIII antes de nuestra era, con la figura esquemática de un guerrero, un escudo de círculos concéntricos y una lanza. Una espada tartésica de bronce completa ese conjunto. Son objetos diferentes, pero todos muestran a las personas dando forma a materiales y dejando señales duraderas en el territorio.
El Almirón enlaza, además, tiempos distintos: sus silos conservaron restos con continuidad cronológica hasta bien entrado el siglo XVI. En la Cañada de los Bernabeles se reconocen restos de pequeñas construcciones y material cerámico. De los primeros pobladores a las comunidades romanas y a ocupaciones posteriores, el registro local no es una historia detenida en una sola época. Los objetos expuestos y los yacimientos repartidos por el término revelan una sucesión de usos, mientras el paisaje de la llanura sigue sosteniendo hoy una actividad agrícola importante.
Al final del recorrido, el arroyo Salado vuelve a ser una guía sencilla para leer Almargen. Nace en Casa Blanca con su agua salina y rica en yodo; al alcanzar el río Almargen, la salinidad disminuye, y el curso de ese río alimenta después al de la Venta. En el mismo paisaje, las termas romanas recuerdan que otras generaciones también se acercaron a esa agua, mientras las vías y los campos cuentan cómo se ocupó la llanura. La fuente sigue siendo el comienzo de una historia que no se queda en el manantial: continúa río abajo, donde su carácter singular se va diluyendo en la corriente común.
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