Alcàntera de Xúquer, tierra bajo contrato
El llano de Alcàntera se abre entre el Júcar y el Sellent, pero la historia que transformó quién podía disponer de sus tierras tuvo un giro decisivo en 1609. Dos años después, una carta de población puso nuevas reglas por escrito.
Alcàntera de Xúquer vista desde Gavarda, con campos en primer plano y el perfil llano del término al fondo.
Alcàntera de Xúquer está en la margen derecha del Júcar y del Sellent, en un término municipal pequeño y prácticamente llano. Hoy la agricultura sigue siendo su actividad económica más importante. Esa continuidad es el telón de fondo de una historia de ruptura: durante siglos, la población musulmana permaneció en el lugar; después de su expulsión, la tierra pasó a organizarse bajo nuevas condiciones para quienes llegaban.
El llano entre el Júcar y el Sellent
La forma llana del término acompaña el relato, aunque no basta por sí sola para explicar cómo se formó cada parcela ni qué material sostiene una vivienda concreta. El estudio geotécnico distingue, a escala municipal, arenas finas y limos; yesos, anhidrita y sales; gravas y arenas compactas; y arcillas y margas sobreconsolidadas. También recoge masas de agua. No aparece una sola clase de terreno, sino varias familias de materiales reconocidas en el término.
Las palabras nombran diferencias importantes: arenas finas y limos no son lo mismo que gravas, y la clasificación separa asimismo materiales arcillosos y margosos de los yesos, la anhidrita y las sales. Es una descripción del subsuelo municipal, no una identificación automática de lo que hay bajo cada casa o campo. Al lado de los dos ríos y de un relieve descrito como llano, esa variedad ofrece el marco físico de una localidad donde la tierra cultivable ha sido, una y otra vez, una cuestión central.
Al-qántara, una comunidad que permanece
El nombre Alcántara procede del árabe al qántara, término que puede significar puente, acueducto o dique. La historia de la población también arranca en época islámica. Tras la conquista de Játiva, Jaime I probablemente incorporó Alcántara al recién creado Reino de Valencia en 1244. El cambio de poder no supuso entonces la desaparición de la comunidad musulmana: sus habitantes conservaron durante siglos su lengua, religión y costumbres.
La denominación cambió con las circunstancias. Se les llamó mudéjares y, después de la conversión forzosa al cristianismo de 1525, moriscos. Mientras tanto, el señorío pasó por distintas manos. En buena parte de los siglos XIV y XV Alcántara estuvo vinculada a diversos linajes; a finales del XV Joan Despuig la adquirió junto con Benegida y el Rafol. Más tarde pasó por manos de Alons Sanoguera y, a comienzos del siglo XVIII, por las de los Sorell, condes de Albalat. Los titulares cambiaban; la población morisca continuó en el lugar hasta el golpe que llegó en 1609.
1609 rompe una continuidad
La expulsión definitiva de los moriscos apartó de Alcántara a la comunidad que había mantenido su presencia desde época islámica. No fue solo un cambio de nombre o de autoridad: se deshizo la continuidad de una población asentada durante generaciones. En una localidad agrícola, la reorganización de las tierras y de quienes podían residir y aprovecharlas se convirtió en una tarea inmediata para el señorío.
En 1611, Cristóbal Despuig otorgó una carta de población a favor de nuevos vasallos. El documento regulaba cuánta tierra recibiría cada poblador y establecía que debían residir allí para adquirir la propiedad útil. También fijaba censos, tanto en dinero como en especie, sobre casi la totalidad de las cosechas. No era una descripción abstracta del paisaje: vinculaba la ocupación de la tierra, la residencia y la producción agrícola a obligaciones concretas. La carta incluía, además, la supervisión y el control de los cargos directivos locales.
Una casa de pueblo en Alcàntera, una vista actual del tejido urbano que acompaña la historia de sus habitantes.
La medida permite seguir el desenlace inmediato de la ruptura. Tras la expulsión, el señorío organizó una nueva población mediante reglas sobre tierra, permanencia y cosecha. El terreno no cambió de forma en ese documento; cambió el marco que determinaba quién podía establecerse y bajo qué condiciones podía obtener el aprovechamiento de la tierra. Así, la historia humana del llano quedó ligada a un reparto regulado y a una relación económica con las cosechas.
Materiales distintos bajo un término llano
La clasificación geotécnica añade una clave para mirar el escenario de esa historia sin confundirlo con una explicación que los datos no ofrecen. En el municipio aparecen arenas finas y limos, junto con gravas y arenas compactas; también se registran yesos, anhidrita y sales, además de arcillas y margas sobreconsolidadas. La presencia de masas de agua figura asimismo en la clasificación. Estos nombres muestran que el término comprende materiales distintos, aunque no permiten asignar uno de ellos a una parcela histórica concreta.
Esta diversidad importa porque la palabra «llano» describe la forma general del terreno, no una uniformidad bajo la superficie. El Júcar y el Sellent sitúan la localidad en un paisaje fluvial; los datos disponibles, sin embargo, no reconstruyen aquí cómo se depositó cada material ni atribuyen a los ríos la formación de cada suelo. La historia puede contarse con lo que sí queda claro: la población dependió de reglas que repartían tierra y cosechas, y las generaciones posteriores siguieron haciendo de la agricultura la actividad principal.
De la morera y el arroz al naranjo
La producción tampoco permaneció igual. Durante la segunda mitad del siglo XIX y, sobre todo, en el siglo XX, la morera y el arroz fueron cediendo paso al naranjo como cultivo predominante. También desaparecieron cultivos de cereal como el trigo y la cebada; otros, entre ellos la vid, los olivos, los algarrobos y los almendros, quedaron reducidos hasta casi desaparecer. Hoy se cultivan asimismo hortalizas y legumbres.
Ese relevo no necesita una causa geológica no documentada para tener importancia local. Muestra otra transformación, esta vez en el uso agrícola del territorio: después del reparto de tierras de comienzos del siglo XVII, los cultivos también cambiaron con los siglos. La agricultura mantiene su peso en la economía de Alcàntera, seguida de cerca por los servicios. En el paisaje llano que comparten el pueblo y sus campos, la actividad humana continúa vinculada al suelo, aunque ya no sea la misma combinación de cultivos.
La expulsión de 1609 quebró la continuidad de una comunidad; la carta de 1611 organizó el asentamiento de nuevos vasallos mediante obligaciones de residencia, tierra y cosecha. Mucho después, moreras y arroz dieron paso al predominio del naranjo. Entre el Júcar y el Sellent persiste el escenario: un llano de materiales diversos, trabajado por sucesivas generaciones y atravesado por cambios en quién lo habita y qué cultiva.
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