Alborache, el río que movía los molinos
Desde el Charco Azul, una corriente pequeña se abre paso hasta el río Buñol. Durante generaciones, los vecinos aprovecharon ese movimiento para moler, fabricar y producir electricidad; hoy, azudes y canales aún dibujan su recorrido.
Alborache visto desde el Castillo de Turís, entre las lomas y el paisaje de la Hoya de Buñol.
En el Charco Azul, el agua brota en una poza y sale convertida en una corriente que cruza una chopera antes de alcanzar el río Buñol. Ese trayecto breve fue el comienzo de una larga cadena de usos. Desde el siglo XVIII hasta principios del XX, las construcciones levantadas junto al río y sus corrientes aprovecharon la fuerza del agua para distintas tareas. El paisaje de Alborache conserva todavía parte de aquella maquinaria: no solo edificios, sino también las obras que guiaban el caudal.
Del Charco Azul al río Buñol
La Ruta de los Molinos arranca en el manantial y acompaña el agua hacia el Buñol. En el camino, el cauce deja de ser únicamente un curso natural y aparece como un recurso organizado: azudes, canalizaciones y compuertas permitían conducir y regular el agua para hacer funcionar las instalaciones. Un azud es una pequeña presa construida en un cauce; al modificar el paso del agua, puede facilitar que parte de ella se dirija por una conducción. La corriente no hacía el trabajo por sí sola: había que encauzarla hasta donde podía ser útil.
Ese aprovechamiento tiene sentido en un término municipal atravesado por cursos de agua. El río Buñol fluye por el centro de Alborache y recibe barrancos; al sur discurre el río Magro. También hay manantiales y fuentes, entre ellos el de la Cueva de las Palomas y la fuente de San Jaime. En el paisaje local, las corrientes y los barrancos ponen en relación distintos puntos del relieve y ofrecen lugares donde captar agua. La historia de los molinos comienza precisamente en ese encuentro entre el cauce y las obras humanas.
Una loma entre barrancos
Alborache se extiende sobre una loma estrecha, con un relieve irregular y accidentado. Los barrancos de El Conde y de San Jaime delimitan esa franja, mientras el río Buñol atraviesa el término. No es necesario imaginar una única superficie uniforme bajo el pueblo: la descripción geotécnica municipal agrupa materiales distintos. En ella predominan las calizas, dolomías y mármoles; también registra yesos, anhidrita y sales, además de arenas finas y limos. Esa clasificación habla del término en conjunto, no identifica automáticamente la roca de cada molino ni la de cada tramo del río.
Los nombres apuntan a materiales con comportamientos diferentes. Calizas y dolomías son rocas carbonatadas; cuando el agua circula por sus fracturas puede disolver parte del material y ensanchar esos pasos, un proceso relacionado con el karst. El estudio geotécnico registra sectores carbonatados con grados distintos de karstificación: desde formaciones muy karstificadas en su conjunto hasta otras con escasa karstificación y sistemas aislados. Para el relato del río, lo importante es mantener juntas dos escalas: el sustrato diverso del municipio y el curso concreto que los habitantes acondicionaron para aprovechar su fuerza.
Azud de Zanones, en el río Buñol: una de las obras que hacen visible la relación entre el cauce y su aprovechamiento.
Azudes y canales convierten el cauce en trabajo
En el río Juanes, afluente del Buñol, dos azudes —el del Partidor y el de la Cueva de las Palomas— sirven para captar agua destinada al regadío. En el paisaje de la ruta aparecen otras infraestructuras asociadas al aprovechamiento de las corrientes: azudes, canalizaciones y compuertas. Son piezas que hacen visible una decisión práctica: conducir el agua allí donde podía mover una instalación. El visitante encuentra así algo más que edificios aislados. Las obras del cauce explican cómo se conectaban el río y los usos humanos.
La corriente, sin embargo, no es una fuente de energía abstracta. Depende de un lugar, de un cauce y de una conducción capaz de llevarla a su destino. La pequeña corriente del Charco Azul atraviesa la chopera y desemboca en el Buñol; desde allí, el recorrido de los molinos permite seguir la huella de las construcciones que buscaban aprovechar el agua. La geología municipal ayuda a entender que el suelo y el subsuelo no son homogéneos, mientras el relieve y los cursos de agua ofrecen el marco local de esta historia. No hace falta atribuir a una roca concreta el funcionamiento de cada edificio para reconocer la relación entre cauce e infraestructura.
Molinos de harina, papel y electricidad
Las instalaciones de la ruta cambiaron de oficio con el tiempo. Primero hubo molinos harineros; más adelante, fábricas de luz. Los molinos papeleros se alineaban tradicionalmente a lo largo del río Buñol, y entre los edificios destacados figura el Molino Galán, antiguo molino papelero. El agua servía así a actividades diferentes, pero la lógica del lugar permanecía: acercar una corriente a una instalación y construir las obras necesarias para utilizarla.
El Molino de la Luz muestra hasta dónde llegó esa transformación. Funcionó como molino eléctrico a mediados o finales del siglo XIX y abastecía a Alborache, Macastre y Yátova. El río, por tanto, no tuvo una sola función ni quedó ligado a una única etapa. A lo largo de los siglos, las construcciones adaptaron el aprovechamiento del agua a distintos usos, desde la molienda hasta la producción eléctrica. Las fuentes disponibles no detallan el mecanismo de cada molino, pero sí permiten seguir el cambio general: molinos harineros primero y fábricas de luz después.
Lo que el cauce conserva
El recorrido actual permite seguir esa transformación sin que todos los edificios hayan llegado intactos. Algunos molinos se han perdido; otros perviven transformados en residencias o casas rurales. En cambio, buena parte de las infraestructuras construidas para aprovechar el agua —azudes, canales y compuertas— continúa integrada en el paisaje fluvial. Esa diferencia es el desenlace visible de la historia: las instalaciones cambiaron o desaparecieron, pero sus obras junto al cauce dejaron una huella más persistente.
En 2010, el Ayuntamiento de Alborache y la Conselleria de Agricultura inauguraron la Ruta de los Molinos. El sendero recuperó el trayecto entre el Charco Azul y el río Buñol como recorrido interpretable, con paneles sobre antiguos molinos y construcciones vinculadas al aprovechamiento del agua. La corriente que antes se conducía hacia el trabajo vuelve ahora a guiar los pasos de quienes recorren el valle. En el Charco Azul sigue naciendo el hilo de agua; aguas abajo, los azudes y canales recuerdan cómo Alborache aprendió a darle oficio.
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