Xerta, la diagonal que abrió acequias
A tres kilómetros de Xerta, un azud cruza en diagonal el Ebro y levanta parte de sus aguas hacia dos canales. Su historia es la de un proyecto que tardó siglos en completarse y cambió la relación del pueblo con el río.
Xerta se extiende junto al Ebro, en un meandro que enmarca la relación de la villa con el río.
A unos tres kilómetros río arriba de Xerta, el Ebro encuentra una barrera que no lo cierra: un azud de unos 375 metros tendido de orilla a orilla en diagonal. El agua sigue su camino, pero una parte se eleva lo suficiente para entrar en canales de riego. En esa maniobra, sencilla de describir y difícil de llevar a término, se cruzan la corriente, la forma del valle y siglos de trabajo humano. El río no es aquí un telón de fondo. Es la fuerza que se intenta conducir, y también la que obliga a modificar una y otra vez la obra.
El meandro de Xerta y el paso del Ebro
La villa se asienta en un pronunciado meandro, en la margen derecha del Ebro y 12 kilómetros río arriba de Tortosa. Hacia el oeste, el término se hace accidentado y alcanza los últimos contrafuertes orientales del sistema Ibérico. El río y las elevaciones forman un escenario de contrastes: el cauce recorre la parte oriental del municipio; los barrancos y las lomas quiebran el terreno hacia el interior. Es dentro de ese paisaje, y no en un cauce abstracto, donde el azud cobra sentido: necesita interceptar el río para levantar el agua y llevarla hacia las acequias.
La presa se dispone oblicua al flujo. Su función principal no es almacenar el Ebro, sino elevar parte del agua para desviarla a los canales que nacen en sus extremos: uno en la margen derecha y otro en la izquierda. Así, la corriente ofrece una resistencia constante a la obra, mientras el diseño aprovecha el nivel alcanzado para repartir agua fuera del cauce. La longitud —unos 375 metros— permite imaginar la escala del cruce. Desde la villa, el azud está separado por varios kilómetros, pero forma parte de una historia local en la que el río podía ser vía de navegación, fuente de energía y agua para el riego.
Un proyecto que esperó varios siglos
Las noticias más ciertas sobre el azud se remontan a 1440. Desde el comienzo se pensó en desviar agua del Ebro hacia dos canales, aunque la idea no se hizo realidad de inmediato. Entre el proyecto y la apertura efectiva de ambos transcurrieron siglos. La distancia entre intención y resultado cuenta algo esencial de la obra: no bastaba con levantar una barrera en la corriente; había que hacer posible que el agua tomara caminos distintos y mantener esas conducciones en funcionamiento.
El canal de la derecha se inauguró en 1857. El de la izquierda llegó más tarde, en 1912. El intervalo entre ambos convierte el azud en una obra por etapas, no en un gesto único. A mediados del siglo XIX, cuando se construyó el canal derecho, Jules Carvallo intervino en el azud por encargo de la Real Compañía de Canalización y Riegos del Ebro. Esa actuación le dio la imagen que conserva actualmente. El río seguía imponiendo su paso, pero la obra adquiría una forma capaz de cumplir la función que llevaba siglos esperándose.
La navegación también formó parte de ese intento de ordenar el agua. Entre 1855 y 1857 se construyó una esclusa al comienzo del canal derecho para facilitar el tránsito por el río, principalmente el de mercancías. En el mismo conjunto se buscaba, por tanto, encauzar agua hacia los regadíos y facilitar el paso de embarcaciones. No eran usos idénticos, pero compartían el mismo escenario: un río que debía seguir fluyendo y una infraestructura que trataba de hacerlo útil de varias maneras.
El antiguo molino harinero se alza sobre el azud, donde el Ebro se eleva para alimentar los canales.
El molino sobre el azud
En la margen derecha, sobre la presa, se levanta el antiguo molino harinero construido por la ciudad de Tortosa en 1575. La posición lo unía directamente al agua: el molino utilizaba el sistema de regolfo, que aprovechaba su fuerza para mover la maquinaria. El edificio renacentista es una de las escasas construcciones industriales de ese estilo conservadas en Cataluña. No es solo una presencia junto al azud; muestra cómo la corriente se convirtió también en energía para una actividad productiva.
La función del lugar siguió cambiando. A comienzos del siglo XX se instaló una central eléctrica en el molino y en 1918 fue modernizada. La electricidad que producía abastecía al propio municipio. El mismo conjunto que había trabajado como molino harinero pasó a servir para generar energía eléctrica: una nueva tarea se sumó a la conducción de agua y a la navegación. El azud y el edificio no cuentan una sola historia de aprovechamiento, sino varias, encadenadas alrededor de la corriente.
Hoy hay una nueva central hidroeléctrica instalada en el azud. La intervención ha tenido un impacto visual importante en el conjunto, y han surgido movimientos populares para salvaguardar el monumento histórico. La tensión ya no consiste únicamente en conducir el agua o aprovechar su fuerza: también está en juego cómo conservar una obra cuyo aspecto reúne distintas épocas de transformación. El viejo molino, la presa y las instalaciones actuales conviven en un paisaje construido por usos sucesivos.
La huella de la riada de 1787
El Ebro no se recuerda solo por el agua conducida hacia canales y máquinas. En la fachada de la iglesia de la Asunción y San Martín, un limnígrafo de azulejos señala las avenidas más importantes que ha sufrido la población. La mayor de las registradas superó los diez metros y ocurrió en 1787. Esa marca introduce otra medida del río: no la de un flujo aprovechado de manera cotidiana, sino la de una crecida capaz de dejar una huella duradera en la memoria local.
La riada también quedó representada mucho después. En 1981, Pere Falco pintó al fresco, en la capilla de San Martín, una escena de aquella avenida. La tradición recogida en la historia de la iglesia vincula el episodio con la proclamación de san Martín como patrón de la villa. La pintura no cambia el curso del Ebro, pero conserva el recuerdo de un acontecimiento que hizo visible la fuerza de sus crecidas. Junto a la marca de azulejos, enlaza la medida y la memoria: una señala hasta dónde llegó el agua; la otra cuenta qué lugar ocupó el episodio en la historia de Xerta.
Gravas, arenas y rocas bajo el término
El paisaje de Xerta no se reduce al cauce. En la clasificación geotécnica del término aparecen gravas y arenas compactas, arenas finas y limos, además de calizas, dolomías y mármoles. Son materiales distintos: las gravas y arenas son sedimentos de partículas, mientras que calizas, dolomías y mármoles pertenecen a las formaciones carbonatadas. El estudio sitúa en la categoría de gravas y arenas compactas el 56,25 %; en las rocas carbonatadas, el 31,25 %; y en arenas finas y limos, el 12,50 %.
Las formaciones carbonatadas tienen una característica especialmente relevante: el estudio las describe como medianamente karstificadas, con posibles karsts importantes dispersos, y señala áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. El karst se forma cuando el agua disuelve lentamente la roca carbonatada; ese proceso puede abrir huecos y, si el terreno pierde apoyo, favorecer hundimientos. La información describe el término municipal, no identifica por sí sola el material del azud ni el subsuelo inmediato de cada edificio. Sí añade una pieza al paisaje: junto al río y sus sedimentos hay también rocas que el agua puede transformar de otra manera, desde dentro.
Un cauce repartido, una obra que permanece
El desenlace del largo proyecto se lee en las fechas de los canales: el de la derecha abrió en 1857 y el de la izquierda en 1912. La idea registrada desde el siglo XV acabó convertida en dos conducciones efectivas, mientras el azud adquiría su forma actual y su entorno sumaba esclusa, molino y central eléctrica. Cada etapa añadió un uso, pero ninguna borró la presencia del río que hacía posible la obra y marcaba sus límites.
Ahora el azud sigue elevando parte del Ebro hacia las acequias, y el conjunto arrastra una nueva discusión sobre cómo protegerlo frente a las transformaciones recientes. La diagonal de piedra y agua ya no se entiende solo como una presa: es también el rastro visible de siglos de intentos por compartir el cauce entre riego, navegación y energía. En Xerta, el río no fue apartado. Aprendieron a abrirle caminos laterales, sin dejar de vivir bajo la memoria de sus crecidas.
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