Villarta de San Juan, los ojos del Cigüela
El Puente Viejo conserva los ojos de una ruta romana en la llanura del Cigüela. Bajo sus arcos, la historia de Villarta se cruza con un río que ensanchó las vegas y que, cuando llegan lluvias intensas, puede desbordarse sobre el terreno llano.
Villarta de San Juan vista desde el Puente Romano, con la iglesia de San Juan Bautista en el centro.
El Puente Viejo de Villarta de San Juan sigue tendido sobre el corredor del Cigüela, aunque la antigua carretera N‑IV lo cortó por ambos extremos. Sus ojos de piedra pertenecen a una ruta mucho más antigua que el asfalto: el puente tiene origen romano y fue consolidado y reforzado en época medieval. En esta llanura de escasa pendiente, mantener abierto el paso significaba también convivir con un río capaz de extenderse por las vegas.
Los ojos del Puente Viejo
El monumento mide aproximadamente 500 metros y conserva 46 ojos visibles. Un ojo es el vano que deja cada arco: una sucesión de huecos que permite reconocer la escala de la obra y la longitud del paso. No es un puente pequeño encajado entre orillas abruptas; forma parte de un corredor de comunicación en el paisaje abierto de Villarta. Su origen romano y su consolidación medieval muestran que aquella ruta se mantuvo importante a través de épocas distintas.
En 1782, las Relaciones del cardenal Lorenzana describían «un Puente y su calzada todo de piedra con cincuenta y cuatro ojos dicho puente y mil ochocientas varas de largo». El recuento de entonces y los 46 ojos hoy visibles corresponden a testimonios diferentes. La carretera N‑IV cortó el puente en sus dos extremos; antes de esa intervención se sabe que existieron o se veían más ojos. Al este se distingue además otro puente, en ruinas o de construcción inacabada, cuya historia apenas se conoce.
De Consaburum al portazgo de Villaharta
El puente romano formaba parte de la calzada que enlazaba Consaburum con Laminio. La ubicación de Villarta coincide también con la de Murum, ciudad romana que algunos historiadores sitúan aquí o en las inmediaciones. El paso no era, por tanto, una obra aislada: ayudaba a prolongar un itinerario por el territorio. Su consolidación medieval mantuvo esa función en una zona donde circular y cobrar por circular eran asuntos importantes.
En 1173, entre los derechos de la Orden de San Juan figuraba el portazgo de las recuas que, anunciadas por pregonero, pasaban por Consuegra rumbo a las tierras de Segura. Más tarde, un privilegio de Alfonso XI, fechado el 9 de abril de 1343, especificó que el cobro debía hacerse en el portazgo de Villaharta. La Carta de Población de Villaharta llegó en 1236, y el Puerto de Villaharta, junto con su anejo de la Perdiguera, fue uno de los puntos clave de la Mesta en el reino de Castilla. El puente y el portazgo pertenecían a una misma geografía de pasos y caminos.
La llanura bajo la calzada
Villarta está a 626 metros sobre el nivel del mar, en la llanura manchega. El Cigüela atraviesa el término de este a oeste, y su valle no queda encerrado entre pendientes pronunciadas: las vegas se ensanchan alrededor del cauce. Esa forma del terreno importa cuando el agua aumenta. Con poca inclinación, el río puede extenderse y quedarse estancado en zonas bajas, en vez de avanzar rápidamente por un valle estrecho.
La clasificación geotécnica municipal reúne materiales distintos. Su categoría dominante, con un 87,70 %, es la de calizas, dolomías y mármoles; también registra gravas y arenas compactas, fangos y turbas deltaicos, y yesos, anhidrita y sales. Para las formaciones describe, en general, una permeabilidad baja, aunque señala que a mayor profundidad pueden albergar acuíferos más permeables y productivos. El estudio caracteriza el conjunto municipal, mientras que la historia del puente queda ligada a una llanura fluvial y a una calzada que las fuentes describen como de piedra.
La vida del río ayuda a entender cómo se manifiesta ese paisaje. En épocas de escasas lluvias, el Cigüela recibía aportes del acuífero 23. La combinación de su régimen hídrico, las aguas subterráneas y la escasa pendiente ensanchaba las vegas y formaba humedales, cuyo paisaje se comparaba con el de las Tablas de Daimiel. La llanura ofrecía así una cara distinta según las condiciones del agua: cauce y vegas, o extensiones anegadas.
El Cigüela a su paso por Villarta, con el agua extendida tras las lluvias. La imagen muestra cómo el río ocupa la llanura de la vega.
El Cigüela cambia de rostro
Esos humedales han desaparecido. El descenso del agua subterránea, la regulación del río aguas arriba, las escasas lluvias y las roturaciones contribuyeron a su desaparición. El cambio no borró la capacidad de la llanura para retener agua: cuando llegan lluvias abundantes, la poca pendiente y la impermeabilidad del terreno hacen que el Cigüela se estanque en grandes tablas y provoque inundaciones. El mismo paisaje que sostuvo vegas húmedas puede volver a quedar cubierto de agua, aunque ya no conserve aquellos humedales.
La imagen del río en Villarta no es, por tanto, la de un cauce con una sola condición permanente. Hubo aportes subterráneos incluso durante periodos de pocas lluvias; más tarde, la disminución de esos aportes y otras transformaciones del río y del territorio alteraron las vegas. Y cuando las precipitaciones son intensas, el agua vuelve a desbordar el cauce. La forma llana del terreno sigue condicionando el resultado: el Cigüela puede ensancharse y detenerse allí donde la pendiente no le da una salida rápida.
La guerra y la carretera dejan su marca
El puente también quedó en medio de un conflicto humano. Durante la Guerra de la Independencia, una importante escaramuza con los franceses en el puente causó más de 200 bajas francesas. El pueblo quedó prácticamente destruido; entre las construcciones más consistentes que se mantuvieron estaban la torre del Reloj, la iglesia parroquial y el propio Puente Viejo. La obra que servía al tránsito sobrevivió a la destrucción de la villa, junto a otros edificios resistentes.
Mucho después, la construcción de la N‑IV cortó los dos extremos del puente y modificó la continuidad visible de aquel largo paso. La intervención dejó una huella clara en la estructura: de los ojos que se conservan, hoy se ven 46, mientras que el documento de 1782 hablaba de 54. El 30 de noviembre de 1983, el puente fue declarado monumento artístico de carácter nacional. El camino dejó de conservar intacto su trazado, pero la obra quedó reconocida como parte esencial de la historia de Villarta.
El Puente Romano de Villarta sobre el Cigüela, una estructura que sigue marcando el corredor histórico de paso.
El Puente Viejo ya no cuenta por sí solo toda la ruta que atravesaba la llanura. Cuenta, en cambio, cuánto tiempo fue necesario mantenerla abierta y cómo cambió el paisaje que la rodeaba. Sus ojos siguen siendo la medida visible de esa historia: piedra sobre el corredor del Cigüela, en una tierra donde el agua todavía puede extenderse más allá del cauce.
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