Villarrubia de Santiago, la altura del Castellar
A cinco kilómetros de Villarrubia, el Castellar levanta su macizo rocoso junto al Tajo. Allí, donde hubo un castillo medieval, la altura del terreno volvió a entrar en la historia siglos después.
Vista de Villarrubia de Santiago, con la población y la iglesia dominando el paisaje.
El Castellar no es solo un nombre que se aleja del pueblo por cinco kilómetros. Es un paraje junto al Tajo, en un macizo rocoso donde se sucedieron un castillo, una iglesia y la ermita que hoy se vincula a Nuestra Señora del Castellar. Cada etapa dejó un destino distinto para la misma altura. El relieve no cuenta por sí solo quién vivió allí ni cómo era el castillo, pero sí forma parte del escenario que explica por qué el lugar reapareció en una historia de defensa. Alrededor, la tierra y el agua también condicionaron la vida de los antiguos núcleos del término. Seguir el Castellar permite recorrer esas dos escalas: la de un promontorio asociado a una fortaleza y la de una comarca donde los materiales del subsuelo y la disponibilidad de agua no son uniformes.
El castillo de Tormón ocupa la altura
En el siglo XII existía el castillo del Tormón. Durante el reinado de Alfonso VII quedó abandonado y, en su lugar, se edificó una iglesia. La tradición popular sitúa en aquel paraje la aparición de la Virgen del Castellar. No es una historia de un edificio que permaneciera intacto a través de los siglos: el sitio cambió de uso, y la memoria del lugar fue pasando de la fortaleza al espacio religioso. La ermita que se describe actualmente en el Castellar data del siglo XIX, de modo que conviene distinguirla de aquella iglesia medieval mencionada en la historia del castillo.
El emplazamiento mantiene dos rasgos precisos en la descripción local: está a orillas del Tajo y en un macizo rocoso. La palabra «altura» adquiere allí un sentido práctico. En los comienzos del siglo XVIII, el lugar alto que había ocupado el castillo intervino de nuevo en el destino de Villarrubia. Ya no se trataba de sostener la fortaleza medieval, sino de la impresión que aquel punto podía causar a quienes se acercaban a la villa. La forma del terreno no sustituye a los hechos humanos, pero en este episodio aparece como una condición real del escenario.
Una altura que disuadió a las tropas
A principios del siglo XVIII, las tropas del Archiduque, unos 6.000 hombres al mando de Gallobay, pretendían tomar Villarrubia. La historia local cuenta que el lugar alto del antiguo castillo les hizo desistir: supusieron que estaba fortificado y no emprendieron el ataque. No se libró allí una batalla que cambiara de manos la villa. Lo decisivo fue la percepción de una defensa posible. La elevación, que había servido de emplazamiento a una fortaleza siglos antes, conservaba suficiente presencia para influir en una decisión militar, aun cuando el relato no afirme que el castillo siguiera en pie.
Los vecinos atribuyeron aquella retirada a la intercesión de la Virgen del Castellar. La tradición religiosa y el episodio militar quedaron así unidos a un mismo lugar, aunque expliquen la situación de maneras diferentes: una por la protección de la Virgen y otra por la cautela de las tropas ante un punto que creyeron fortificado. Después, la altura siguió formando parte de la vida local en torno a la ermita. En septiembre, las fiestas patronales honran a Nuestra Señora del Castellar; la celebración incluye el traslado de la imagen hacia la iglesia parroquial. El Castellar no recuperó su castillo, pero el paraje mantuvo un papel reconocible en la memoria y las celebraciones del pueblo.
La estación de Villarrubia de Santiago, una de las construcciones reconocibles del paisaje municipal.
Un término de rocas distintas
La altura rocosa del Castellar se encuentra dentro de un término municipal cuyo subsuelo no se describe como una sola clase de terreno. El estudio geotécnico clasifica materiales como areniscas, conglomerados y flysch, que representan el 31,61 % de sus categorías; calizas, dolomías y mármoles, el 29,05 %; y yesos, anhidrita y sales, el 17,67 %. También aparecen gravas y arenas compactas. Son familias de materiales diferentes, no una identificación de la roca concreta del castillo o de la ermita. En el paraje del Castellar, la descripción disponible confirma un macizo rocoso y la cercanía de minas de sulfato sódico, pero no asigna un tipo de roca específico a cada construcción.
La presencia de yesos importa porque el estudio identifica en el término zonas yesíferas medianamente karstificadas, con sistemas importantes dispersos, y otras muy karstificadas en conjunto. La karstificación es la formación de huecos y conductos cuando el agua disuelve materiales solubles; si esos huecos crecen, el terreno puede hundirse. La documentación geotécnica señala hundimientos kársticos yesíferos actuales o potenciales, no un hundimiento ocurrido en el Castellar. También recoge formaciones carbonatadas poco o casi nada karstificadas, con sistemas aislados, y zonas donde predominan arcillas expansivas con peligrosidad moderada a alta o alta a muy alta. El retrato geológico es, por tanto, variado: en el municipio hay materiales con comportamientos distintos y procesos que deben entenderse sin atribuirlos automáticamente a un punto concreto.
El agua y el traslado de los antiguos núcleos
El castillo no fue el único lugar que cambió de función o perdió población. En 1204, un documento registra la fundación de Villarrubia por Hernán González de Marañón, maestre de Santiago, con el fuero de Ocaña. La nueva villa reunió núcleos que existían alrededor de la encomienda de Biezma. También había una encomienda de Villoria, vinculada a varios asentamientos y territorios. Biezma y Villarrubia aparecen primero unidas; en el siglo XV se incorporó también Villoria. Poco después de la fundación, Biezma y Villoria se despoblaron a favor de Villarrubia, aunque sus territorios se incorporaron más tarde, posiblemente en el siglo XVI. La población se concentró en la villa que crecía, mientras los asentamientos anteriores fueron perdiendo habitantes.
En Biezma solo quedó la ermita en el lugar del castillo del Tormón. Para Villoria, la explicación transmitida es distinta: se cree que se despobló por falta de agua dulce. En el siglo XVI aún tenía algunas casas y su iglesia, señal de que el abandono no fue instantáneo. El dato habla de una necesidad concreta, pero no identifica la causa geológica de la escasez ni permite trasladarla a todo el municipio. Un sondeo del estudio geotécnico en Los Llanos 4 alcanzó 155 metros y registró agua a 38,5 metros. Es un dato de un único pozo, no una medida general de todos los acuíferos ni de la disponibilidad de agua en Villoria. La diferencia entre ambos relatos queda en pie: para Villoria se conserva una explicación basada en la falta de agua dulce; para el sondeo, una observación puntual del subsuelo.
La tierra que sostuvo la villa
La descripción de 1645 presenta Villarrubia como un lugar de tierra fértil, con abundancia de ganados, fruta y caza, y relaciona esas condiciones con el crecimiento progresivo de la población. Ese retrato permite entender por qué el núcleo que recibió habitantes de Biezma y Villoria llegó a desarrollarse, sin convertir la fertilidad en una propiedad uniforme de cada suelo. El terreno del término contiene categorías distintas y la historia ofrece una descripción general de sus recursos; juntas aportan contexto, pero no demuestran que un material geológico concreto causara el traslado de los asentamientos.
El paisaje conserva también huellas de otros habitantes. En el Hoyo de la Serna, un yacimiento se sitúa en la línea de una antigua ruta jalonada por asentamientos del Hierro II. En junio de 1994 se descubrió allí una necrópolis carpetana, con tumbas y objetos como vasijas, tinajas y platos, que evidencian prácticas funerarias complejas. La noticia amplió lo que se conocía del lugar: antes no se apreciaba la presencia romana, pero el hallazgo identificado fue carpetano. No hace falta confundir épocas para percibir la continuidad del territorio como espacio de asentamiento y tránsito; cada evidencia pertenece a su propio momento.
El castillo del Tormón quedó atrás, la población de Biezma se redujo a la ermita y Villarrubia reunió a los habitantes de los núcleos vecinos. En el siglo XVIII, la altura del Castellar volvió a pesar, esta vez porque unas tropas la creyeron defendida y desistieron de tomar la villa. La ermita decimonónica y la celebración de la Virgen conservaron el vínculo con aquel paraje, mientras el escudo municipal, aprobado en 1983, recordó el castillo y la Orden de Santiago. Junto al Tajo, el Castellar sigue siendo una altura de roca; su historia, en cambio, se transformó de fortaleza en memoria compartida.
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