Villar del Arzobispo ofreció a los arzobispos una residencia entre viñas y calizas
En 1381, el obispo de Valencia ordenó construir junto a la iglesia una residencia de verano en Villar de Benaduf, elegido por sus buenas condiciones climáticas. ¿Qué paisaje acompañó aquella elección y qué huellas humanas dejó en sus lomas?
Panorámica de Villar del Arzobispo, con la localidad y las lomas calizas que recortan el horizonte.
En Villar del Arzobispo, una decisión tomada en 1381 convirtió una ventaja del paisaje en una casa para el verano. El obispo de Valencia ordenó levantar junto a la iglesia una residencia para él y sus sucesores. Entre los territorios de la mitra valenciana, decía la razón de aquella elección, Villar de Benaduf reunía las mejores condiciones climáticas. El palacio no nació de una leyenda: nació de una preferencia concreta por este lugar.
La llanura que ganó el verano del arzobispo
La escena tiene un marco reconocible. El municipio se extiende por una planicie en la cuenca izquierda del Turia, entre viñedos y un relieve que asciende hacia las estribaciones de la sierra de Andilla. Al norte aparecen ramificaciones montañosas; sobre el piedemonte destacan varios cerros coronados por materiales calizos. No es una llanura aislada, sino una apertura rodeada por alturas y atravesada por ramblas.
La historia atribuye la elección del lugar al clima. La descripción geográfica, por su parte, deja ver el escenario: una localidad asentada en la transición entre la planicie cultivada y las lomas. Es razonable imaginar que ese conjunto daba carácter al entorno de la residencia, pero la causa documentada de la orden sigue siendo la ventaja climática que se le reconocía a Villar.
El palacio arzobispal, construido entre los siglos XIV y XVII, quedó junto a la iglesia y fue residencia veraniega de los arzobispos hasta la desamortización de Mendizábal. De la antigua presencia hoy se conserva la parte noble. Cerca, la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Paz guarda elementos de distintas etapas: su edificio data del siglo XVI y conserva piezas de arenisca, como la talla de la Virgen y las gárgolas de la torre.
Detalle exterior de la iglesia de Villar del Arzobispo, junto a la que se ordenó levantar la residencia arzobispal.
La arenisca de esas piezas conecta el patrimonio visible con uno de los grupos de materiales registrados en el término. Eso no demuestra de qué cantera salió cada bloque, pero sí permite mirar la iglesia con otra pregunta: ¿qué parte de la historia geológica se reconoce en la piedra trabajada por los habitantes?
Antes del palacio, las lomas ya tenían pobladores
Mucho antes de la residencia episcopal, el paisaje elevado ya formaba parte de la vida humana. Los restos más antiguos conocidos en el término corresponden a poblados de la Edad del Bronce. Entre los lugares señalados están el Puntal de Cambra, en las estribaciones del Cerro de las Cabras, el Singlo del Arco y el Castillarejo. Allí se han localizado materiales como sílex, molinos de mano y fragmentos de cerámica hecha a mano.
La relación entre esos asentamientos y la forma del terreno es visible, aunque no conviene inventar sus motivos: varios de los lugares citados ocupan cerros, lomas o estribaciones. Más tarde, desde el siglo IV antes de nuestra era, aparecen poblados ibéricos en el Castellar, la Loma Imperial, Montolivet, la Torre, el Castillarejo y el Alto de la Balsilla. La lista recorre el término como una cadena de puntos habitados sobre el relieve.
También se han encontrado restos romanos en el municipio, incluidos hallazgos en El Castillorojo, El Collado y la Hoya. Son señales de poblamiento antiguo, no una explicación completa de cómo vivió cada comunidad. Pero permiten seguir un hilo: antes de que el nombre del arzobispo quedara fijado en la localidad, el territorio ya había sido recorrido y ocupado durante siglos.
Calizas, ramblas y una tierra de varios orígenes
La geología municipal no se reduce a una sola roca. En la clasificación geotécnica, el grupo de calizas, dolomías y mármoles representa el 49.74%; areniscas, conglomerados y flysch suman el 27.43%. También constan yesos, anhidrita y sales (4.82%), y arcillas y margas endurecidas (4.16%). Son proporciones de una clasificación del terreno, no una secuencia de capas que pueda leerse como si todo el municipio estuviera ordenado igual.
Las calizas y las dolomías suelen formarse en fondos marinos poco profundos: se puede imaginar un mar cálido, con aguas claras y someras, parecido a una plataforma tropical actual. El dato local es la presencia destacada de esas rocas; el antiguo paisaje marino es la interpretación general de cómo se originan. Los mármoles, incluidos en el mismo grupo de la clasificación, no deben confundirse con caliza sin transformar: su nombre señala otra condición de la roca.
El resto de los materiales dibuja escenarios distintos. Las areniscas pueden conservar sedimentos de playas, deltas o ríos tranquilos; los conglomerados, cantos transportados por corrientes más enérgicas y cementados con el tiempo. El flysch alterna capas arenosas y arcillosas, como una sucesión de episodios de sedimentación al pie de una plataforma continental. Yesos y anhidrita, en cambio, remiten a aguas que se evaporan en lagunas cerradas. No hace falta convertir esa variedad en una única escena: el término reúne huellas de ambientes diferentes.
El relieve actual ayuda a situar esa diversidad. La rambla del Villar, también llamada de Higueruelas o de la Aceña, llega desde Andilla y se une a la rambla Castellana en el término de Casinos; más adelante, las aguas alcanzan el Turia. La rambla de las Misquitillas y los barrancos de los Arenales y de L’Antigón completan la red local. Cuando miras hacia los cerros calizos o sigues el curso de una rambla, ves formas distintas del mismo paisaje municipal, no una explicación automática de cada episodio humano.
El agua entra en la historia por una fuente
En Villar, el agua también se cuenta en forma de leyenda. La tradición de San Vicente dice que, al predicar allí, el santo atendió la petición de los habitantes para que hubiera agua. Preguntó si preferían un río o una fuente; eligieron una fuente y, según el relato, esta manó. Cerca se construyó una ermita en su honor entre los siglos XV y XVII.
La leyenda no sustituye a la geología, pero revela la importancia que la comunidad concedía al agua. El registro geotécnico incluye dos sondeos con datos de agua subterránea: en Hoya Urrea, el sondeo alcanzó 82 metros y el agua se anotó a 11.16 metros; en Villar 2, de 202 metros de profundidad, se registró a 61.95 metros. Son dos puntos concretos, con niveles distintos, dentro de un territorio atravesado también por ramblas. La cifra no convierte la fuente legendaria en un manantial identificado, pero acerca el relato a una realidad palpable: el agua forma parte del subsuelo y del paisaje que la rodea.
El suelo también sostuvo trabajos más recientes. La economía local se ha apoyado en viñedos, cereales y olivos, y en el término se explotan minas de caolín, creta y arcilla. Aquí la conexión es directa: esos materiales no son una decoración del paisaje, sino recursos extraídos y transformados. El relieve y las rocas preceden a la residencia de verano, a los asentamientos antiguos y a las actividades agrícolas y mineras; cada época encontró en el mismo término una forma distinta de habitarlo.
En 1381, los arzobispos eligieron Villar de Benaduf por su clima; alrededor de aquella residencia permanecían la llanura, las ramblas y las alturas calizas que siguen dando forma al municipio. Al pasar hoy junto a la iglesia, la historia no termina en sus muros: continúa en la piedra, en las lomas y en el agua bajo el paisaje.
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