Villacastín aprovechó el valle del Piezga como escudo fronterizo
En el siglo XI, el valle del Piezga y la sierra ofrecieron a los caballeros cristianos una posición protegida desde la que salir hacia Mayrit. ¿Cómo pudo el relieve de Villacastín convertirse en una pieza de una frontera móvil?
Vista del casco de Villacastín desde una de sus vías de acceso, con la iglesia de San Sebastián al fondo.
En julio del año 939, el ejército omeya encabezado por el califa Abd al-Rahman III cruzó la frontera por Ballät Humayd, identificado con Balatome —hoy Tablada, en el puerto de Guadarrama—. El relato histórico sitúa a Villacastín en el recorrido arrasado por el ejército hasta Simancas. El episodio deja una pregunta concreta: ¿qué hacía de este lugar una pieza de frontera y no simplemente un punto en el camino?
Un valle podía ser refugio y salida
La respuesta está en la forma del territorio. La sierra ofrecía una defensa natural y el valle del Piezga protegía la ubicación de Villacastín. No era una muralla construida por manos humanas, sino un paisaje que podía servir de abrigo y facilitar los movimientos. En una frontera que cambiaba de manos y de dirección, esa combinación importaba.
La escala del relieve ayuda a entenderlo. El municipio desciende desde el sureste hacia la meseta segoviana; el término pasa de cotas próximas a los 1600 metros en su extremo sureste a unos 980 al norte. El núcleo se alza a 1096 metros. Entre sus elevaciones destacan el Alto de las Atalayas, en la sierra de Ojos Albos, y los altos de San Bernabé y los Cebollos. No hace falta imaginar una cordillera cerrada: aquí la defensa se apoyaba en una sucesión de alturas y valles dentro de un paisaje elevado y abierto.
En el siglo XI, cuando los cristianos ganaron la iniciativa, los caballeros se congregaban en Villacastín para atacar la zona de Mayrit, el territorio de Madrid actual. Los musulmanes habían organizado allí una red de atalayas y fortalezas para proteger Toledo. Desde Villacastín, la sierra y el Piezga formaban parte de una estrategia de incursión. El terreno no decidía quién vencería, pero sí ofrecía condiciones concretas para acercarse, protegerse y partir.
Mucho antes de ser frontera, fue lugar de encuentro
El pasado del Piezga no empieza con los ejércitos. En Villacastín se ha localizado un yacimiento del Pleistoceno Medio con restos de mamíferos y señales de presencia humana. Entre los hallazgos se cita el primer ejemplar de turón encontrado en la península, junto con lascas y huesos pulidos. Las lascas son fragmentos producidos al trabajar piedra; aquí, junto con los demás restos, son evidencias de que homínidos estuvieron en este territorio.
La escala regional completa la escena sin confundirla con el yacimiento. La divulgación geológica de Segovia describe paisajes cuaternarios de gran riqueza faunística e incluye las cuestas próximas al río Piezga entre los lugares donde convivieron animales y antepasados humanos. Es una imagen distinta de la frontera medieval: no la de una posición militar, sino la de un territorio habitado por fauna y visitado por grupos humanos mucho antes de que existieran las villas que conocemos.
¿Qué relación tiene ese pasado con el paisaje actual? El río y sus cuestas son referencias locales que permiten situar esa historia en un lugar concreto, no en una prehistoria abstracta. El registro de Villacastín enlaza restos animales con herramientas y señales humanas; el paisaje del Piezga, por su parte, forma parte del contexto cuaternario regional. Juntos devuelven profundidad temporal a un valle que después sería recordado por su valor estratégico.
Hay otro capítulo en el que una obra moderna abrió una ventana al pasado. En 2001, durante las obras de la AP-51, apareció otro yacimiento, datado en la Edad de Piedra y ocupado hasta la época visigoda. La carretera que hoy atraviesa el término puso al descubierto una secuencia de ocupación que duró mucho más que cualquier frontera política. No se trata del mismo hallazgo que el del Pleistoceno Medio: son dos yacimientos distintos, dos momentos de una larga presencia humana.
Cuando los ríos entraron en la economía
Siglos después, el agua de los ríos del entorno dejó de aparecer solo como referencia del paisaje. Desde mediados del siglo XVI, Villacastín se convirtió en un gran almacén de lana durante los meses de junio y julio. La lana fina alimentaba la actividad textil segoviana, y los ríos Cardeña o Rioviejas, Piezga, Santa Cecilia y Tijeras vieron instalarse molinos y tintes en sus riberas.
La conexión es material, pero conviene contarla sin exagerarla: las fuentes locales documentan tanto la importancia de la lana como la presencia de esas instalaciones junto a los ríos. El agua formaba parte del escenario de trabajo, mientras Villacastín reunía lana destinada a una economía que hizo célebres los paños de Segovia. En ese paisaje, los cursos de agua no son un decorado añadido a la historia: aparecen en el mismo relato que el comercio y la producción.
La prosperidad se expresó también en la vida de la villa. En 1450, Navalpino se fusionó con Villacastín después de que sus vecinos se trasladaran progresivamente hacia el núcleo principal. En 1497, los ituereños decidieron romper su vecindad con el concejo y se fijaron mojones para separar los términos. Uno de ellos debía llevar un hierro con la figura del castillo, emblema de Villacastín que todavía se recuerda en la casa consistorial.
La fachada de la casa consistorial, vinculada al recuerdo del castillo como emblema del concejo villacastinense.
Las rocas no cuentan una sola historia
El terreno actual reúne materiales distintos. En la clasificación del estudio geotécnico local, el grupo de granito, gneis y otras rocas ígneas representa el 39.40%; el de gravas y arenas compactas, el 29.76%. También aparecen calizas, dolomías y mármoles (5.03%), areniscas, conglomerados y flysch (3.52%), y pizarras y esquistos (2.61%). Son familias de materiales presentes en el término, no una explicación automática de cada acontecimiento histórico.
Las gravas y arenas compactas permiten imaginar un terreno hecho de fragmentos minerales de distintos tamaños, mientras que los nombres de las rocas ígneas, metamórficas y carbonatadas describen conjuntos materiales diferentes. La información disponible no convierte esas categorías en una cronología completa de su formación, pero sí muestra que el subsuelo de Villacastín no es uniforme. La historia local, por tanto, se apoya en un relieve de valle y sierra y en un mosaico geológico, no en una única roca que lo explique todo.
Hay, además, una consecuencia presente en las rocas carbonatadas. El estudio identifica áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales: el karst es un paisaje que puede formarse cuando el agua disuelve lentamente calizas y abre huecos, capaces de favorecer hundimientos. También describe formaciones generalmente impermeables o de muy baja permeabilidad; aun así, la alteración o las fisuras pueden albergar acuíferos superficiales, por lo común poco extensos y de baja productividad. Así, el agua que figura en la memoria de molinos y tintes también participa, a otra escala y durante mucho más tiempo, en la transformación del terreno.
El valle del Piezga pudo ser escudo y corredor porque el relieve ofrecía protección y una posición útil para las incursiones; esa relación está documentada en la historia de Villacastín. Cuando vuelvas a mirar sus alturas y sus riberas, verás algo más que el paso entre pueblos: un paisaje que sostuvo movimientos humanos muy distintos, desde los homínidos del Pleistoceno hasta los caballeros de la frontera.
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