Rionansa contiene un laberinto en la caliza
En El Soplao, la caliza se prolonga en una cueva de formas insólitas; en Chufín, otra cueva conserva señales de presencia humana paleolítica. ¿Qué hizo de Rionansa un territorio de cavidades y pliegues, y cómo lo habitaron sus primeros pobladores?
Vista aérea panorámica de Puentenansa y del relieve montañoso del valle de Rionansa.
En Rionansa, dos cuevas sostienen relatos distintos. En Chufín hay pruebas de presencia humana prehistórica; en El Soplao, una red subterránea atraviesa el macizo de La Florida y despliega formaciones excéntricas. ¿Cómo llegó este valle a guardar, en sus rocas, tanto un paisaje mineral como huellas de quienes lo recorrieron? La primera pista no está en una fecha, sino en la variedad de terrenos que se encuentran aquí.
El municipio ocupa el valle medio del Nansa. Al sur, la sierra de Peña Sagra eleva el relieve hasta El Cornón, en la divisoria con Cabezón de Liébana y Polaciones; hacia el norte, el terreno desciende. Entre esas cotas, el río Nansa y el Vendul enlazan un paisaje de montañas, laderas y poblaciones. No es un decorado uniforme: es el resultado de una larga historia de rocas distintas, plegadas y expuestas.
El valle no se construyó con una sola roca
La geología de Rionansa se parece menos a una pared de piedra que a un libro cuyas páginas fueron comprimidas y combadas. Buena parte del territorio forma parte de un sinclinorio, una estructura amplia de rocas plegadas en forma de cuenco. En ese conjunto aparecen areniscas del Triásico, calizas del Jurásico y areniscas y arcillas del Jurásico-Cretácico. Las capas registran materiales y edades diferentes; el relieve actual los reúne en un mismo valle.
También hay caliza carbonífera en el macizo de La Florida, la roca asociada a las formaciones de El Soplao. La caliza es una roca carbonatada; en términos generales, estas rocas se relacionan con antiguos ambientes marinos poco profundos. Las areniscas, en cambio, están hechas de granos de arena que quedaron unidos con el tiempo. Son pistas de ambientes sedimentarios distintos, no una explicación única para cada loma o cada cueva.
La clasificación geotécnica local refleja ese predominio de materiales: asigna un 50.51 a la categoría de calizas, dolomías y mármoles, y un 30.41 a areniscas, conglomerados y flysch. Son categorías del estudio, no una descripción de cada parcela. Pero ayudan a entender por qué la historia de Rionansa se cuenta con dos protagonistas que se alternan: rocas carbonatadas y rocas formadas por sedimentos.
En la escala del paisaje, esa diversidad acompaña un fuerte desnivel. La descripción municipal sitúa el territorio desde unos 200 metros sobre el nivel del mar en el norte hasta cerca de 2000 en el sur; la cima de El Cornón alcanza los 2046 metros. Al mirar hacia las laderas, recuerda que no estás contemplando una única superficie: estás viendo rocas de edades y comportamientos diferentes, reunidas por la estructura plegada del valle.
Vista panorámica del entorno de Barrio Cabrojo, con las laderas y parcelas que muestran el relieve de Rionansa.
La lluvia encontró una puerta en la caliza
En los terrenos calizos, el agua puede abrir caminos que no se ven desde la superficie. La disolución lenta de la roca carbonatada forma un paisaje kárstico: cavidades y conductos creados a medida que el agua aprovecha grietas y espacios entre la roca. Alrededor de Puentenansa se describen paisajes de este tipo. En el macizo de La Florida, ese proceso está asociado a El Soplao, una cueva que se extiende por casi catorce kilómetros bajo tierra y afecta a Rionansa, Herrerías y Valdáliga.
Una cueva no es solo un hueco oscuro. El agua que circula por ella puede dejar depósitos minerales y construir formas, gota a gota. En El Soplao destacan las helicitas excéntricas, formaciones que crecen con recorridos irregulares, además de estalactitas, estalagmitas y coladas. Las estalactitas cuelgan del techo; las estalagmitas crecen desde el suelo; las coladas recubren superficies. El nombre de “excéntricas” señala precisamente que esas formas no siguen el dibujo sencillo que uno esperaría de una gota que cae recta.
¿Qué significa que la caliza esté muy karstificada? Que el agua ha tenido capacidad de disolverla y generar formas subterráneas. El estudio geotécnico identifica formaciones carbonatadas muy karstificadas en su conjunto y señala áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. No es una predicción de que vaya a abrirse un agujero en un lugar concreto; sí es una manera de describir un terreno donde el agua ha modelado, y puede seguir modelando, el subsuelo.
El Soplao permite imaginar esa historia sin confundirla con una galería excavada por personas: la cavidad y sus decoraciones pertenecen al trabajo del agua y la roca. El territorio subterráneo, además, rebasa los límites municipales, igual que el paisaje del valle no se detiene en una línea administrativa. La caliza conecta Rionansa con los municipios vecinos bajo una frontera que solo existe en los mapas.
Antes de los nombres, las cuevas ya tenían visitantes
Mucho antes de que el valle se llamara Rionansa, sus cuevas fueron utilizadas por personas. Los primeros vestigios de presencia humana en el municipio se remontan al Paleolítico y se documentan en Chufín, Micolón y Porquerizo. En Chufín se han hallado evidencias de ocupación durante el Solutrense, entre 20.500 y 16.500 años antes de la actualidad; también hay evidencias de ocupación de ese periodo en Porquerizo.
La cueva de Micolón aporta otro matiz: la fuente histórica recoge signos de uso como santuario. En las tres cuevas se han encontrado pinturas rupestres. Son lugares distintos de El Soplao, y no hay que fundirlos en una sola historia. Lo que los vincula es un paisaje municipal en el que las cavidades forman parte de la relación entre las personas y el territorio.
¿Qué encontraron aquellos habitantes al entrar en una cueva? La evidencia permite afirmar que hubo ocupación en Chufín y Porquerizo, y un uso de carácter ritual en Micolón; las pinturas hacen visible, además, una presencia humana que dejó marcas duraderas. No hace falta inventar una escena para medir el contraste: fuera, el valle cambia de altura y de roca; dentro, algunas paredes conservaron señales de quienes estuvieron allí.
Estas cavidades fueron descubiertas en la década de 1970, según la historia local recogida en las fuentes. Desde entonces, el registro arqueológico ha permitido situar parte de la presencia humana en una época concreta y reconocer que las cuevas no eran simples accidentes del relieve. Eran lugares que las personas utilizaron, aunque cada cueva conserve evidencias distintas y no todas cuenten el mismo episodio.
El paisaje sigue trabajando despacio
La historia de Rionansa no termina en las cuevas visitables. El río Nansa y su afluente el Vendul recorren el valle; la sierra de Peña Sagra marca su borde montañoso, y los plegamientos ponen en contacto rocas de diferentes edades. En las zonas calizas, el agua continúa siendo una fuerza de transformación lenta. En otros sectores, areniscas y arcillas forman parte de una trama geológica distinta, también presente en la historia del municipio.
Por eso el subsuelo no es una simple base inmóvil para los pueblos. En Rionansa, una misma mirada puede abarcar un valle fluvial, montañas y un mundo excavado en la roca. La geología explica cómo se formó el escenario; las cuevas arqueológicas muestran que las personas lo habitaron y dejaron allí sus señales. El agua abrió rutas invisibles en la caliza, y quienes llegaron después encontraron un paisaje capaz de guardar tanto sus huellas como sus silencios.
La pregunta inicial tiene una respuesta concreta: la diversidad de rocas y la acción del agua dieron forma a cavidades que, en distintos lugares y épocas, fueron parte de la vida humana en Rionansa. Cuando vuelvas a mirar el valle, quizá veas sus montañas como algo más que un horizonte: son la superficie visible de una historia que continúa bajo tierra.
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