Villacarriedo, montes entre bosque y prado
Las lomas de Villacarriedo alternan praderías, muros de piedra y manchas de roble y haya. Esa mezcla guarda la huella de un cambio impulsado por la madera y los pastos, sobre un terreno de materiales diversos que el Pisueña atraviesa de sur a norte.
Panorámica de Villacarriedo entre praderías y lomas verdes.
En Villacarriedo, el paisaje abre dos escenas a la vez: prados de siega salpicados de cabañas pasiegas y montañas alomadas donde todavía quedan bosques autóctonos. Entre ambos, los muros de piedra dibujan los límites de las praderías. No es una postal inmóvil: los montes sufrieron una gran deforestación, ligada al uso de sus bosques para fabricar cañones y barcos, y a los incendios destinados a abrir pastos. El resultado visible hoy reúne huellas de esa transformación y restos de bosque que no desaparecieron.
El Pisueña atraviesa las praderías
El río Pisueña recorre el municipio de sur a norte y es el principal afluente del Pas. A su paso, forma parte de un paisaje donde las praderas sostienen una abundante cabaña ganadera. Los prados de siega, las cabañas y los cierres de piedra hacen reconocible el territorio; el cauce, en cambio, lo cruza como una línea continua entre el sur y el norte.
El agua también aparece en una obra concreta: el molino harinero de Santibáñez, abastecido por el río Junquera. Es un molino de rodezno, con una rueda horizontal, y está considerado un bien inventariado. Pisueña y Junquera no cuentan la misma historia, pero ambos recuerdan que el agua forma parte de la vida local, tanto como elemento del paisaje como recurso aprovechado.
Los bosques alimentaron cañones y barcos
En las montañas alomadas, el bosque encontró una presión directa. La descripción del municipio relaciona la gran deforestación con el uso de la madera en la Real Fábrica de Cañones de La Cavada y en el Real Astillero de Guarnizo. No se trata de una causa geológica, sino de una transformación humana del paisaje: los árboles dejaron de estar únicamente en el monte y pasaron a sostener actividades productivas desarrolladas en otros lugares.
Hubo además otra demanda sobre esas laderas. Los incendios se emplearon para obtener pastos. Así, las necesidades de madera y de terreno para el pastoreo actuaron sobre los bosques de maneras distintas, pero con una consecuencia compartida: una pérdida importante de cubierta forestal. El relato disponible no fija una fecha única para ese cambio; describe una huella acumulada en las montañas y sus usos.
La pradería actual permite ver el otro lado de esa historia. Los prados de siega sirven de sustento a la cabaña ganadera, y los muros de piedra ordenan parcelas que forman parte del paisaje dominante. No hace falta atribuir a cada prado un origen concreto para reconocer la relación documentada entre bosque, incendios y pastos: el uso ganadero está presente en la vida local, mientras que las lomas conservan el recuerdo de una deforestación extensa.
Soñanes convirtió la piedra en arquitectura
En el núcleo de Villacarriedo, el Palacio de Soñanes ofrece otra huella del trabajo humano con materiales pétreos. Se construyó entre 1719 y 1724 por iniciativa de Juan Antonio Díaz de Arce y Pérez del Camino. Simón de Arce Muñoz dirigió la obra, en la que participaron canteros de la región, según la historia de su construcción.
La avenida de los Escolapios conduce hacia el Palacio de Soñanes, protagonista de un episodio destacado de la arquitectura local.
La tradición atribuyó el diseño al italiano Cossimo Fontanelli; la investigación actual tiende a atribuir las trazas a Francisco de la Riva Ladrón de Guevara, natural de Galizano y maestro mayor de la catedral de Oviedo. El edificio mezcla formas de distintos orígenes y órdenes clásicos, y se convirtió en una de las construcciones civiles más suntuosas de la arquitectura barroca cántabra. Desde 1981 tiene la categoría de monumento como Bien de Interés Cultural.
Junto al palacio, el Colegio de los Padres Escolapios añade otra pieza a la historia edificada del núcleo. Antonio Gutiérrez de la Huerta manifestó en su testamento de 1736 la intención de crear allí un colegio de Escuelas Pías. El edificio está construido en piedra de sillería, con amplios ventanales y reminiscencias clásicas. Palacio y colegio muestran cómo la piedra también tomó forma de arquitectura; el dato no identifica, por sí solo, de qué unidad geológica procede la piedra de cada edificio.
Un terreno de areniscas y rocas carbonatadas
La clasificación geotécnica del término municipal describe un sustrato variado. Agrupa un 53,20 % bajo la categoría «Areniscas, Conglomerados y Flysch», un 36,96 % como «Calizas, Dolomías y Mármoles» y un 2,46 % como «Arenas finas y limos». Son categorías a escala municipal: ayudan a entender que bajo el paisaje no hay un material único, pero no asignan automáticamente una roca concreta a cada muro, edificio o parcela.
Las formaciones carbonatadas —las que el estudio agrupa como calizas, dolomías y mármoles— aparecen descritas como medianamente karstificadas, con karsts importantes dispersos en ocasiones. Karstificación es el nombre de las formas que puede desarrollar este tipo de terreno; el estudio señala también áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. No sitúa esos procesos en un punto concreto del recorrido del Pisueña ni los vincula a una construcción determinada.
El mismo resumen geotécnico recoge áreas con movimientos actuales o potenciales del terreno, de tipo deslizamiento o desprendimiento. Son procesos distintos de la deforestación: una transformación corresponde a los usos humanos del monte; la otra, a la estabilidad del terreno. Puestas en la misma historia, estas referencias muestran por qué conviene mirar el paisaje en varias escalas, sin atribuir a una sola causa el aspecto de las lomas.
El hayal de Aloños y el bosque que permanece
La deforestación no borró todo el bosque. Villacarriedo conserva masas autóctonas de roble y haya, y el hayal de Aloños destaca entre ellas. Esa presencia cambia el desenlace de la historia: junto a praderas y muros, el bosque sigue siendo una parte real del paisaje, aunque las montañas hayan soportado una fuerte pérdida de arbolado.
Al volver a las lomas del comienzo, los prados ya no parecen una escena separada de los árboles. Cuentan el uso ganadero del territorio; las manchas de roble y haya, incluido el hayal de Aloños, muestran lo que permaneció. Entre ambos, Villacarriedo conserva un paisaje transformado por la madera y los pastos, atravesado por el Pisueña y asentado sobre un terreno geológico diverso.
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