Vilafranca vio al agua abrir Les Coves del Forcall
El puente sobre el Riu de les Truites y las formas de Les Coves del Forcall cuentan dos historias distintas del agua en Vilafranca. ¿Qué las enlaza con la vida de este altiplano?
Una calle del núcleo urbano de Vilafranca, asentado en el altiplano que enmarca la historia del municipio.
El puente gótico-romano sobre el Riu de les Truites guarda una escena de paso: la tradición histórica de Vilafranca sitúa allí el cruce de Jaime I, que pisó por primera vez tierras castellonenses. A pocos kilómetros de tiempo geológico —aunque no de distancia— la caliza de Les Coves del Forcall muestra otro tipo de huella: formas modeladas por la disolución de la roca. En Vilafranca, el agua fue camino para las personas y escultora paciente del paisaje.
La pregunta es cómo caben ambas historias en el mismo lugar. No hace falta atribuir al relieve una decisión concreta de los fundadores para reconocer el escenario que ofrecía: un altiplano elevado, un término municipal accidentado, un río y rocas carbonatadas que el agua puede disolver. La conexión entre ese terreno y cada episodio humano es, en parte, una lectura del paisaje; los hechos de la historia local, en cambio, dejan fechas y nombres.
El puente convierte el río en una frontera de paso
Vilafranca se asienta a 1125 metros sobre el nivel del mar, en un altiplano. El término no es uniforme: se eleva hasta cumbres como el Tossal dels Montllats y desciende hasta el río Monleón, a 710 metros. Esa diferencia de alturas dibuja un territorio de mesetas, lomas y valles. Si recorres sus caminos, la distancia no se mide solo en kilómetros: también cuenta el desnivel.
El Riu de les Truites aparece en la historia de la localidad desde su propio nombre. Blasco de Alagón fundó la población el 7 de febrero de 1239 y la llamó Rivus Truitarum, o Riu de les Truites. El puente que cruza el río conserva la memoria de una ruta antigua. La geología no permite afirmar que determinara la fundación, pero sí sitúa el relato en un paisaje donde cruzar un cauce tenía un significado concreto.
El relieve también ayuda a comprender, como deducción, por qué la geografía importaba en la vida cotidiana: un altiplano alto y un término quebrado condicionan los desplazamientos y los vínculos entre asentamientos. El puente no es una prueba de que la caliza lo construyera todo; es una huella humana situada en un paisaje que el agua sigue transformando.
Paisaje abierto del término de Vilafranca, en el entorno de un relieve elevado y accidentado.
Mucho antes de la villa, ya había señales humanas
La historia local no comienza en 1239. En la Ereta del Castellar hubo un poblado de la Edad del Bronce; el término conserva también numerosos yacimientos ibéricos, alguna pintura rupestre y restos romanos, entre ellos calzadas secundarias y monedas imperiales. Son rastros de ocupaciones distintas, tendidos sobre un mismo territorio de montañas, altiplano y cursos de agua.
¿Qué parte de esa continuidad se debe a la geología? No hay que convertir una coincidencia en una causa demostrada. La lectura más prudente es que las comunidades vivieron y se desplazaron en un relieve concreto, con altos y bajos, roca y agua. La presencia de asentamientos de épocas diferentes muestra que este espacio fue habitado mucho antes de que la villa recibiera su nombre medieval.
Las rocas del municipio ofrecen una escala aún más antigua. La caracterización local asigna 90.18 % a calizas, dolomías y mármoles, frente a 4.09 % para areniscas, conglomerados y flysch. Las calizas y dolomías se forman en antiguos fondos marinos tropicales poco profundos: una imagen comparable, sin trasladar el lugar ni la época, a una plataforma de aguas cálidas como las de las Bahamas actuales. El relieve que hoy parece terrestre empezó, en parte, bajo el mar.
La caliza deja que el agua cambie la escena
La piedra caliza no es un bloque inmóvil. El agua la disuelve lentamente y puede tallar formas irregulares; en Vilafranca, ese trabajo se reconoce en Les Coves del Forcall. La cueva y sus moldes no son un decorado añadido a la historia: son una expresión visible de cómo responde la roca dominante del municipio al paso del agua.
La explicación se vuelve más intuitiva si imaginas una gota que insiste, no un golpe que rompe. Al circular por la roca carbonatada, el agua va ampliando sus vías y ahuecando la caliza; el proceso puede abrir cavidades y producir formas caprichosas. El dossier describe además formaciones carbonatadas con karstificación y acuíferos muy permeables. En lenguaje llano, parte del agua puede atravesar el terreno y circular por él, en vez de quedarse toda en la superficie.
¿Significa eso que cada cueva o cada cauce explica por sí solo una decisión histórica? No. Lo que sí permite afirmar el paisaje es más concreto: aquí el agua ha dejado señales en la roca y también ha trazado cauces que las personas debían cruzar.
Portada principal de la iglesia parroquial de Santa Magdalena, construida entre 1567 y 1572.
La autonomía se ganó en un territorio disputado
En el siglo XIII comenzó otra clase de recorrido: el de Vilafranca hacia su independencia. Tras pasar por las casas de Alagón y Anglesola, el 14 de mayo de 1303 la población quedó incorporada a los Términos Generales del Castillo de Morella. El 27 de diciembre de 1333, sus habitantes se rebelaron contra decisiones de los jurados morellanos. La lucha por la autonomía, a la que se sumaron otras aldeas, duraría casi cuatro siglos.
El conflicto no fue una línea recta. Entre 1335 y 1340, una serie de pleitos con Mosqueruela acabó con la pérdida del castillo del Mallo y el caserío de la Estrella. En 1358, Pedro IV autorizó construir murallas y concedió la independencia de Morella; once años después anuló el privilegio. Las fechas cuentan una disputa política y jurídica. El altiplano y el relieve accidentado forman el marco físico de esa historia, pero no hay que atribuir a la roca el origen de cada decisión.
La solución llegó el 8 de febrero de 1691, cuando Carlos II concedió la independencia a las aldeas y las elevó a villas reales. En una comarca de trayectos marcados por desniveles y pasos, esa victoria tuvo una dimensión local muy concreta: dejar de depender de Morella. La geografía permite imaginar las dificultades de moverse por el término; la cronología documenta quién tomó las decisiones y cuándo.
La iglesia lleva otra escala de tiempo
En el centro de Vilafranca, la iglesia parroquial de Santa Magdalena ofrece una referencia posterior. Se construyó entre 1567 y 1572, bajo la dirección de Raimón de Pertusa y Pere Maseres, y se considera uno de los mejores monumentos del siglo XVI. Su presencia permite mirar de nuevo la piedra, esta vez no como relieve natural sino como material convertido en arquitectura. La imagen de la portada muestra esa intervención humana sobre un paisaje dominado por rocas carbonatadas.
No es necesario afirmar que el edificio se levantó con una roca concreta del municipio: la evidencia disponible no identifica su procedencia. Lo que sí puede seguirse es el contraste entre escalas. La disolución de la caliza modela las cuevas; las generaciones humanas levantan puentes, poblados, murallas y templos, y dejan nombres y fechas en el mismo territorio.
Así se enlazan el puente del Riu de les Truites y Les Coves del Forcall: no como una única historia causal, sino como dos maneras de encontrarse con el agua en Vilafranca. Una facilitó el paso de las personas; la otra fue dando forma a la roca, gota a gota. Cuando vuelvas a cruzar el río o mires hacia el altiplano, verás una localidad construida entre esas dos duraciones.
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