Vegadeo forjó su historia entre las minas de Montealegre y las ferrerías del Suarón
En Piantón y Meredo, el hierro de minas cercanas alimentó ferrerías y mazos junto al Suarón. ¿Cómo se convirtió esa relación entre roca, río y oficio en una industria capaz de reaparecer como fábrica de armas?
Piantón, núcleo ligado a la historia de las ferrerías y los mazos del concejo.
En Piantón, la historia del hierro no empieza con una gran fábrica, sino con una red de lugares y trabajos repartidos por el concejo. Había minas en Montealegre, en el límite con Castropol, y en el monte Bedures, en Meredo; en el río Suarón se asentaban mazos y ferrerías. Esa cercanía entre mineral y talleres dio forma a una industria local que duró hasta el siglo XIX.
¿Por qué no bastaba con extraer el hierro de las minas próximas? La respuesta está en una dificultad concreta: el hierro local podía resultar quebradizo. Para corregirlo, se mezclaba con hierro de Somorrostro. No era solo cuestión de encontrar mineral; también había que conocer sus límites y combinarlo con otro material para obtener un producto más útil. La geología entraba así en el oficio, no como telón de fondo, sino como una condición que afectaba a la fabricación.
Montealegre concentraba varias piezas de esa actividad: mina, ferrería y un horno de grandes dimensiones construido con ladrillo refractario. El dato permite imaginar un espacio industrial con instalaciones distintas, pero ligadas a una misma cadena de trabajo. En Meredo, Bedures aportaba otra fuente de mineral. Y en las orillas del Suarón, los mazos y ferrerías reunían la actividad metalúrgica de la antigua parroquia de Piantón.
El río aparece una y otra vez en este mapa del trabajo. La documentación sitúa allí los talleres, aunque no detalla el funcionamiento de cada instalación. Es razonable pensar que la ubicación junto al curso de agua respondía a necesidades prácticas de la producción; esa relación es una deducción, no una descripción técnica conservada. Lo seguro es que el Suarón no era un simple elemento del paisaje: sus riberas formaban parte de la geografía de la industria.
Montealegre y Bedures cambiaron la receta del hierro
La roca predominante del concejo es otra pieza del escenario. El estudio geotécnico de Vegadeo registra pizarras y esquistos como el 93.67 del terreno clasificado. Son rocas transformadas por presión y calor durante tiempos geológicos muy antiguos: puede imaginarse el proceso como páginas de piedra comprimidas y alteradas hasta adquirir otra textura. Ese dato describe el sustrato dominante, mientras que la historia de las ferrerías identifica por separado las minas de hierro que abastecían la actividad.
La diferencia importa. No hace falta suponer que todo el hierro salía de la roca más abundante para entender la historia local: el dossier nombra las minas y registra cómo se empleaba su mineral. La combinación con hierro de Somorrostro revela una respuesta práctica a la calidad del material disponible. Allí donde la materia prima no ofrecía por sí sola el resultado buscado, el saber de los ferrones completaba el trabajo.
Desde el siglo XVI llegaron ferrones vascos a la parroquia de Piantón. Algunos trabajaban las ferrerías por encargo y otros las arrendaban; su presencia continuó hasta la desaparición de estos establecimientos en el siglo XIX. Con ellos circularon técnicas y vocabulario. Los términos de los procesos y las máquinas de las ferrerías asturianas conservan préstamos del vasco, una huella del contacto entre trabajadores que también se refleja en apellidos de la zona.
El trabajo no pertenecía únicamente a los hombres que manejaban el hierro. En Nafarea, dos mazos estaban ocupados o eran propiedad de mujeres emparentadas, vinculadas a la familia Fernández de Barcia, Álvarez-Castrillón López-Villaveirán. Es un detalle que devuelve escala humana a la industria: tras los nombres de las minas y las ferrerías había también familias que sostenían y organizaban esos espacios de trabajo.
Piantón ya era un centro antes de que el hierro tomara protagonismo
Mucho antes de las ferrerías, el territorio había atraído a distintas comunidades. En A Bobia se hallaron un dolmen y dos túmulos; en el concejo se conocen al menos diez castros, entre ellos los de Penzol, Piantón, Meredo, Molexón y Viladeye. Son huellas de ocupación de tiempos prehistóricos y prerromanos, en un paisaje que más tarde también registró prospecciones auríferas romanas y el hallazgo de diademas de oro.
En Piantón, una estela funeraria dedicada a Nicer, príncipe de los Albiones, fue encontrada en el lugar de A Pedreira de Balbón. El territorio ya reunía, por tanto, señales de comunidades y actividades distintas antes de que las ferrerías definieran su historia económica. No hay que convertir esas huellas en una línea recta de progreso: basta con ver cómo distintos grupos volvieron a ocupar y aprovechar este espacio a lo largo del tiempo.
También los ríos ayudaron a ordenar el territorio. En 1154, tras un conflicto entre las mitras de Lugo y Oviedo, se concedieron a la sede ovetense los terrenos comprendidos entre el Eo y la ría de Navia, conocidos como el Honor del Suarón. Más adelante, en 1298, el obispo Fernando Alonso creó la Puebla y el gran concejo de Castropol. El Eo marcaba una frontera y el Suarón daba nombre a un territorio: el agua era a la vez paisaje, referencia y límite político.
La importancia de Piantón no terminó en la Edad Media. Cuando en 1836 la comarca de la Vega de Ribadeo se constituyó en ayuntamiento propio e independiente de Castropol, la capital se estableció allí. La industria del hierro y la vida política del concejo coincidían en un territorio cuyo nombre también miraba al agua: en 1916, a petición municipal, el nombre de Vega de Ribadeo pasó a ser Vegadeo, en referencia a la ribera del Eo.
La Vega de Ribadeo convirtió sus talleres en una fábrica de armas
En el siglo XIX, la tradición metalúrgica adquirió un nuevo papel durante la guerra de la Independencia contra Francia. La Vega de Ribadeo se convirtió en una fábrica de armas improvisada, donde se reunían personas que trabajaban en las fábricas de Oviedo, Trubia e incluso Toledo. El dossier no describe cada paso entre la antigua producción de hierro y esa organización de emergencia; sí deja juntas dos piezas decisivas de la historia local: una comarca con experiencia siderúrgica y un esfuerzo de fabricación de armas en tiempos de guerra.
La escena ensancha la escala del relato. El mineral de Montealegre y Bedures, el saber de ferrones llegados desde el País Vasco y los talleres del Suarón pertenecían a una historia prolongada; la fábrica de armas, en cambio, fue una respuesta excepcional a la invasión. La geología no explica por sí sola ese episodio, pero la existencia de recursos y de una tradición de trabajo ayuda a comprender por qué el hierro formaba parte de las capacidades de la comarca.
Al recorrer hoy los nombres de Piantón, Meredo, Montealegre y el Suarón, se sigue el rastro de una industria que dependió tanto de la calidad del mineral como de quienes supieron trabajarlo. Vegadeo forjó esa historia con hierro de procedencias distintas: la huella más duradera no es solo la de las minas, sino la de una comarca que convirtió sus recursos y su oficio en respuesta a una época difícil.
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