Montroi alzó su torre sobre el monte rojizo que quizá le dio nombre
La torre islámica aún domina el alto donde se asentó la población medieval, mientras el valle del Magro se abre a sus pies. El relieve y los terrenos de Montroi ayudan a entender por qué aquel lugar fue también un punto de vigilancia.
La torre de Montroi corona la ladera rojiza y domina el paisaje del valle.
En Montroi, la torre se alza en la montaña que dominó el antiguo asentamiento. ¿Por qué se eligió esa altura para vivir y vigilar? La respuesta empieza en una circunstancia concreta: la torre formaba parte de un sistema defensivo y fue levantada para responder a la vulnerabilidad de la localidad desde el mar. El terreno no escribió la historia por sus habitantes, pero sí puso una condición esencial: allí arriba, el paisaje se podía observar desde una posición elevada.
La Torre convirtió el alto en una defensa
La torre de Montroi, de origen musulmán, fue mandada construir por la dinastía nazarí en el siglo XIII. Tiene doce metros de altura, dos plantas y una terraza. Sus ventanas vigilaban hacia el mar, y no estaba aislada: formaba parte de un sistema defensivo junto con los castillos de Monserrat y de Alcalá. El alto era una pieza de una estrategia territorial, no solo un lugar desde el que contemplar el valle.
La ubicación ayuda a comprender esa función. El municipio se encuentra en el centro de la Vall dels Alcalans, pero el asentamiento medieval se situó en lo alto de la montaña, junto a la torre. El valle del Magro atraviesa el norte del término de oeste a este; desde esa escala más amplia, la torre ocupaba una posición destacada sobre el paisaje habitado. No hace falta imaginar una batalla concreta para advertir la lógica del emplazamiento: vigilar desde una altura ofrecía una ventaja frente a una amenaza que podía llegar desde la costa.
La construcción también habla de los materiales disponibles, aunque con una cautela importante: la fuente describe la torre como hecha de adobe de tierra, pero no identifica de qué punto exacto se obtuvo esa tierra. El adobe es tierra moldeada y secada, no una roca tallada. Así, la fortificación combina la decisión de ocupar una cima con una técnica constructiva basada en tierra. La montaña proporciona el lugar; el edificio convierte ese lugar en puesto de vigilancia.
Vista cercana de la torre islámica, levantada en lo alto de la montaña.
El monte rojo guarda dos explicaciones posibles
El nombre de Montroi también conduce hasta esa montaña. Una interpretación lo relaciona con el mozárabe «mont roi», traducido como «monte rojo», por la coloración rojiza de la montaña donde se encuentra la torre. Otra explicación lo considera un apellido antiguo, presente, según la misma tradición histórica, entre los hombres de las tropas de Jaime I. El origen del topónimo no queda resuelto por una sola versión, pero ambas hacen que el relieve forme parte de la memoria del nombre.
¿Qué rocas componen el territorio que rodea ese alto? La descripción geográfica del municipio muestra un paisaje variado. En la mitad norte hay materiales triásicos: yesos, arcillas y margas. En el centro aparecen afloramientos aislados de conglomerados. Y el amplio valle está cubierto por terrazas de materiales sedimentarios cuaternarios poco consolidados. No es un único suelo uniforme: la historia del terreno cambia al pasar de las laderas al fondo del valle.
El yeso permite mirar mucho más atrás que la torre. Es una roca que puede formarse cuando el agua de una laguna cerrada se evapora bajo un clima árido: imagina una cuenca sin salida, donde el agua va desapareciendo y deja atrás los minerales que llevaba disueltos. Las arcillas, en cambio, corresponden a sedimentos acumulados en aguas tranquilas; las margas, a fondos fangosos de mares poco profundos. Son paisajes antiguos distintos, hoy conservados como capas y materiales del término.
Los conglomerados centrales cuentan otra clase de historia. Son cantos rodados unidos entre sí, vestigio de corrientes capaces de mover fragmentos de roca. Puedes imaginar un río más enérgico que un cauce apacible: una corriente que arrastra piedras y, con el tiempo, las deja cementadas. En Montroi esos afloramientos son aislados, mientras que el valle presenta terrazas de sedimentos cuaternarios sin consolidar. La geología sitúa así, en un espacio reconocible, materiales formados en condiciones muy diferentes.
La caracterización geotécnica municipal registra también calizas, dolomías y mármoles (67,87 %); yesos, anhidrita y sales (15,80 %); gravas y arenas compactas (6,00 %); y arenas finas y limos (3,67 %). Esta clasificación complementa la descripción de las unidades del término: reúne varios tipos de terreno, no una explicación directa de por qué la torre se edificó en esa cima. Sirve, eso sí, para entender que el paisaje local no se reduce al yeso ni al monte rojizo.
En la montaña, las casas resistieron hasta 1609
La torre no protegía un lugar vacío. Desde la Alta Edad Media hasta la expulsión de los moriscos en 1609 hubo un asentamiento en lo alto de la montaña, junto a ella. En 1510 se contaban allí 38 casas; en 1609 eran 70. La cifra describe viviendas, no habitantes, pero deja ver que aquel núcleo había crecido alrededor de la posición elevada.
Después, el recuento se desploma. En 1646 solo quedaban tres casas habitadas, y en 1663 se registraban cinco. La expulsión de los moriscos afectó muy negativamente a Montroi. En apenas unas décadas, el asentamiento que había pasado de 38 a 70 casas quedó reducido a unas pocas. La torre permaneció como referencia del alto mientras la vida del lugar atravesaba una ruptura demográfica.
¿Fue la forma del terreno la causa de esa caída? No: el cambio está documentado en relación con la expulsión, no con un proceso geológico. La altura ayuda a explicar dónde se estableció aquel núcleo y por qué la defensa se situó allí; no explica por sí sola el abandono de tantas casas. Esa distinción hace más nítido el vínculo entre historia y geología: el relieve condicionó el escenario, mientras que el acontecimiento humano alteró la población.
La recuperación fue lenta. En 1713 se contaban 19 casas habitadas. La iglesia de San Bartolomé, construida en el siglo XVI, pertenece a la historia de ese mismo municipio, aunque las fuentes disponibles no bastan para atribuirle un papel concreto en la evolución del asentamiento de la cima. El hilo principal sigue siendo el del alto: un lugar habitado durante siglos, marcado por una torre y profundamente afectado por la expulsión de 1609.
Las canteras prolongan el vínculo con la tierra
La relación entre Montroi y sus materiales no terminó con la construcción de adobe. En el término se han extraído arcillas del Keuper para la industria y también yeso de canteras, la mayoría hoy abandonadas. El nombre Keuper designa aquí los materiales triásicos de los que forman parte las arcillas y los yesos citados en la descripción local. La extracción convirtió una característica del subsuelo en recurso; las canteras abandonadas señalan que esa actividad pertenece también a una historia de cambios.
El estudio geotécnico distingue, además, comportamientos distintos: las formaciones carbonatadas aparecen calificadas como muy karstificadas, es decir, susceptibles de disolverse y desarrollar cavidades; las yesíferas se describen como poco o casi nada karstificadas, aunque localmente puede existir algún sistema aislado. También recoge como procesos potenciales hundimientos kársticos en terrenos carbonatados y movimientos de ladera. Son posibilidades asociadas a los materiales, no sucesos históricos que puedan atribuirse a la torre o al antiguo asentamiento.
La historia que enlaza la cima con el subsuelo es, por tanto, concreta. Una montaña rojiza —cuyo color quizá inspiró el nombre— sostuvo un asentamiento medieval y una torre orientada a vigilar el mar; alrededor, el terreno conserva yesos, arcillas, margas, conglomerados y sedimentos del valle. La torre sigue marcando el alto, y al mirarla puedes ver algo más que una defensa: el punto donde el relieve de Montroi se convirtió en parte de su historia.
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