Valle de Abdalajís conserva en sus ammonites la memoria de un mar
La sierra de Abdalajís levanta un muro de caliza sobre el valle del Arroyo de las Piedras. En sus rocas aparecen ammonites que conectan este paisaje malagueño con un antiguo fondo marino.
La sierra caliza de Abdalajís se eleva sobre el núcleo del municipio.
Desde Valle de Abdalajís, la sierra no es un telón lejano: domina el paisaje con sus paredes claras y sus relieves abruptos. En otra dirección, el terreno baja hacia lomas más suaves y el valle del Arroyo de las Piedras. ¿Cómo pasó este rincón de un antiguo fondo marino a la montaña que hoy reconoces?
Un mar antiguo dejó señales en la sierra
La primera pista no está en una leyenda, sino en los fósiles. El Camino Geológico Malacitano señala que en la sierra de Valle de Abdalajís se pueden encontrar ammonites y relaciona estos fósiles con materiales que formaron parte del lecho marino hace unos 180 millones de años. Los ammonites eran animales marinos; sus restos conservados en la roca permiten leer el paisaje actual como algo muy distinto de un escenario terrestre permanente.
La misma guía menciona también Sierra Huma y el Torcal de Antequera entre los lugares del entorno donde aparecen ammonites. No hace falta trasladar esas localidades a Valle de Abdalajís para entender la evidencia local: la sierra del municipio forma parte de ese paisaje de rocas que conserva huellas de su pasado marino. El registro fósil aporta una escena concreta; la caliza, el soporte que la preservó.
La sierra local está formada predominantemente por calizas de origen jurásico, según la descripción geográfica del municipio. La guía de la ruta aporta la referencia marina de los ammonites, pero no detalla qué ejemplar procede de qué estrato. Por eso conviene mantener juntas, pero distinguir, las dos pruebas: la edad jurásica atribuida a la sierra caliza y el registro de ammonites asociado a materiales marinos antiguos.
La diferencia importa. Una montaña no aparece de golpe ni conserva intacto el fondo que fue. Las capas rocosas que se formaron en un ambiente marino acabaron integradas en el relieve montañoso que hoy se alza sobre el pueblo. La geología sugiere así una larga transformación: primero, sedimentos y vida marina; después, rocas calizas elevadas y expuestas, modeladas hasta adquirir la forma abrupta de la sierra.
La caliza se abre, se ahueca y dibuja tajos
La piedra de la sierra no es una superficie lisa. El municipio describe en ella lapiaces, torcas, simas, grutas, cuevas y tajos: formas distintas de un relieve kárstico. Dicho sin jerga, el karst es un paisaje de roca soluble que el agua va disolviendo y abriendo con el tiempo, como una superficie que se desgasta y perfora en vez de permanecer compacta.
El resultado se ve en el contraste entre las paredes y los huecos, entre la roca expuesta y las cavidades. No todas esas formas tienen la misma escala: un lapiaz es una superficie acanalada; una sima o una gruta lleva la abertura hacia el interior; un tajo marca un corte abrupto en el relieve. La lista municipal muestra que el modelado de la sierra no se limita a sus cumbres: también está escrito en sus caras y en sus vacíos.
¿Qué tiene que ver esa roca con el agua de hoy? La información geográfica local sitúa el valle del Arroyo de las Piedras entre la sierra y las elevaciones más suaves del este. El arroyo nace en dos ramales procedentes de la sierra de La Joya, que se unen cerca del municipio; dentro del término recibe las aguas de los arroyos del Búho, de los Yesos y de la Cañada, y más adelante llega al Guadalhorce, ya en Álora.
Ese recorrido permite mirar el municipio como una sucesión de relieves y drenajes, no como una sola masa montañosa. El agua que baja por el valle y la roca caliza de las alturas forman parte de un mismo paisaje, aunque las fuentes disponibles no describen una conexión directa entre cada cavidad y el caudal del arroyo. La roca caliza también aparece en otro lugar muy distinto del relieve: el nombre del Arroyo de los Yesos alude, según la descripción municipal, a la concentración de yeso en su cuenca.
Al otro lado del arroyo, cambia el terreno
La sierra no ocupa todo el municipio. En la vertiente opuesta del Arroyo de las Piedras, el paisaje se suaviza en lomas y ondulaciones con olivares y cereales. Allí destacan el cerro del Camello, el del Castillo y el de Los Candilitos. La descripción local caracteriza estas elevaciones orientales como predominantemente arcillosas, un contraste claro con las calizas abruptas de la sierra.
Las arcillas, explicadas de forma sencilla, son materiales finos que suelen asociarse a ambientes de aguas tranquilas. En este caso, sin embargo, el dossier no aporta una reconstrucción del ambiente en que se depositaron las arcillas de los cerros. Lo que sí permite afirmar es que calizas y arcillas ocupan sectores reconocibles del término y que el arroyo marca una separación del relieve entre ambos. El paisaje agrícola de las lomas y la pared caliza no son dos versiones de una misma superficie: corresponden a terrenos distintos.
Si miras desde el pueblo hacia la sierra y luego al otro lado del arroyo, el cambio de escala se vuelve visible: roca clara y abrupta frente a formas más redondeadas, cubiertas de cultivos. El relieve municipal, con diferencias de altura notables, reúne esas dos caras en un espacio reducido. El arroyo no es solo una línea en el mapa; organiza la lectura de un territorio donde cambia el tipo de roca y, con él, la forma del terreno.
Una montaña antigua junto a un asentamiento humano
Mucho después de que aquellos materiales marinos se integraran en la montaña, el territorio estuvo habitado. La información histórica del municipio atribuye el origen de la localidad a la antigua Nescania romana y sitúa hacia el año 70 d. C., en tiempos de Vespasiano, la concesión a Nescania del título de Municipium Flavium. También señala que los yacimientos repartidos por el término prueban una ocupación anterior a Roma.
La historia romana no demuestra que la geología determinara por sí sola dónde se asentó Nescania. Sí aporta una escala humana a un paisaje cuya roca conserva una historia mucho más antigua. Entre los restos mencionados está La Peana, un monolito de piedra caliza tallado; el texto municipal identifica el material, aunque no permite afirmar de qué cantera procede ni qué papel tuvo la geología en su elección.
Ese cuidado al separar las pruebas no le resta fuerza al relato. Al contrario: los fósiles hablan del antiguo ambiente marino; las formas kársticas muestran cómo la caliza configura la sierra; el valle del arroyo y las lomas arcillosas explican el contraste que se recorre hoy. Los vestigios de Nescania pertenecen a otra etapa de la historia, la de las comunidades que vivieron en este escenario.
La respuesta a la pregunta inicial está en la superposición de tiempos: el mar dejó restos en las rocas, y los procesos que transformaron esas rocas dieron forma a la sierra y a sus cavidades. Cuando vuelvas a mirar desde Valle de Abdalajís hacia el muro calizo, verás también el antiguo fondo marino que los ammonites permiten reconocer.
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