Vallada tiene un río subterráneo que cambia de dulce a salado
En el barranco del Penyó, el Túnel del Sumidor toma un curso que desaparece bajo la montaña. ¿Qué tiene el yeso de Vallada para abrirle paso al agua y cambiar su sabor?
Vista aérea de Vallada y del valle del Cañoles desde el entorno del castillo.
En la cabecera del barranco del Penyó, el Túnel del Sumidor comienza en una pequeña depresión junto al cauce. Allí el agua toma una ruta que la roca mantiene fuera de la vista. ¿Cómo puede recorrer una cavidad subterránea entre yesos y pasar de dulce a salada? La respuesta empieza con un paisaje que se deja ver desde la superficie y continúa por un pasadizo que el agua ha ido abriendo bajo Vallada.
El Penyó entrega el cauce a la montaña
El Sumidor forma parte de un eje de agua que enlaza els Brolladors, el túnel y la fuente de la Saraella. No todo ese recorrido se conserva abierto: els Brolladors y la fuente son cavidades pequeñas, hoy colmatadas o afectadas por desplomes; la Saraella aparece sobre todo como un manantial. En cambio, el túnel permite seguir la historia del agua hacia dentro de la montaña.
La entrada divide la cavidad en dos trayectos. Aguas arriba, el recorrido del río ronda los 500 metros; aguas abajo, unos 800. Sumados, dibujan una ruta de aproximadamente 1.300 metros en la oscuridad. El desnivel provisional alcanza los 205 metros. La información local la presenta como la cavidad de mayor profundidad del mundo entre las desarrolladas en yeso: una afirmación que convierte este rincón de Vallada en una pieza singular de su paisaje.
El túnel no es una grieta vacía, sino una forma creada por el agua en materiales que pueden disolverse. «Karst» es el nombre que reciben los relieves y cavidades que se forman cuando el agua disuelve la roca y ensancha sus fisuras. Imagina un terrón de azúcar que se deshace poco a poco en una taza: en el yeso el proceso es mucho más lento, pero el agua puede agrandar los pasos hasta construir una galería.
La ficha local señala otro cambio en el recorrido: la calidad del agua pasa de dulce a salada. Es probable que el contacto prolongado con los materiales yesosos contribuya a ese cambio, al disolver minerales que el agua transporta. Así, el Sumidor no solo ofrece una ruta escondida; también deja que la propia roca se haga notar en el agua que sale de ella.
El barranco de la Saladella y la Penya de l'Àguila en el paisaje montañoso de Vallada.
El yeso abre una ruta sin luz
El yeso del túnel pertenece a los materiales del Keuper. Para imaginar el origen de este tipo de roca, piensa en una laguna cerrada donde el agua se evapora y deja atrás sus minerales, como ocurre en una cuenca árida sin salida al mar. Esa explicación describe el proceso general que puede formar depósitos de yeso; no es una escena observada directamente en Vallada. Lo que sí se identifica aquí es el material yesoso y la cavidad que el agua ha excavado en él.
La diferencia importa. El yeso es relativamente soluble, de modo que el agua puede ensanchar sus fracturas y abrir conductos. En una roca menos soluble, el mismo paso del agua no produce necesariamente una red de cavidades comparable. En el Sumidor, el resultado queda a la vista —o, mejor dicho, bajo tierra— en un recorrido de más de un kilómetro y un desnivel excepcional para una cueva formada en yeso.
El subsuelo de Vallada, sin embargo, no es solo yeso. La clasificación de materiales del estudio geotécnico asigna un 69,85 % a calizas, dolomías y mármoles; un 20,62 % a arenas finas y limos, y un 3,74 % a gravas y arenas compactas. Esas cifras describen las categorías recogidas en el estudio, no la composición exacta de cada parcela. La misma documentación distingue formaciones yesíferas muy karstificadas y zonas carbonatadas con distintos grados de karstificación: terrenos que también pueden desarrollar huecos por disolución.
Por eso el Sumidor es una historia local precisa, no una explicación de todo el municipio. La geología de Vallada combina materiales distintos; en este paraje, el yeso y el agua forman el encuentro más visible bajo tierra. La cavidad conecta así un proceso geológico lento con una experiencia concreta: seguir el curso de un río que entra en la montaña y cuyo recorrido no se puede leer desde el cauce exterior.
Desde La Peña, la historia mira al valle
La montaña también organiza la mirada desde arriba. El castillo de Vallada, llamado asimismo Castillo de Umbría, se alza en el paraje de La Peña, sobre un montículo a 520 metros de altitud. Desde allí domina el valle del río Cañoles, abierto en dirección suroeste-noreste entre relieves que incluyen la Serra Grossa al sur y la Serra de Enguera al norte.
Ese valle fue un corredor reconocible mucho antes de las carreteras actuales. En época romana, según los restos constructivos, cerámicos y las líneas de muros descubiertos en 1987, hubo un asentamiento en la misma población. La fuente local sitúa el valle del Cañoles en una zona profundamente romanizada y señala que por él discurría la Vía Augusta. El terreno no explica por sí solo ese poblamiento, pero el valle ofrece el marco geográfico concreto en el que se documenta.
Mucho después, el castillo quedó incorporado a una nueva trama de poder. En 1244, un pacto entre Jaime I y el alcaide andalusí de Játiva incluyó la entrega de los castillos de Montesa y Vallada. En 1289 se otorgó escritura de población a 120 familias cristianas para repoblar Montesa y Vallada; en 1319, el lugar de Vallada pasó a la recién creada Orden de Montesa. Desde La Peña, el castillo mira un paisaje cuyo valle servía de referencia para conectar poblaciones y ordenar el territorio.
Restos del castillo de Vallada, situado en La Peña sobre el valle del Cañoles.
En 1748, el temblor cambió el refugio
La historia de Vallada guarda otro encuentro directo entre la tierra y la vida cotidiana: el terremoto de 1748, que afectó a buena parte del territorio valenciano desde el 23 de marzo. La noticia del temblor no se queda en una fecha. En Vallada, el temor a que se hundiera el templo parroquial llevó a resguardar durante muchos meses el Santísimo en una capilla improvisada.
Después del terremoto se edificó allí la Capilla del Divino Juez. La respuesta fue concreta: ante el peligro que se temía para la iglesia, el culto tuvo un refugio y ese refugio acabó convertido en un edificio. La iglesia parroquial, dedicada a San Bartolomé, había empezado a construirse en 1564 por el maestro picapedrero Domingo de Gamieta y atravesó varias fases constructivas. El terremoto dejó, por tanto, una huella en la historia de los espacios religiosos de la villa, sin que haga falta atribuirle daños distintos de los que recoge la memoria local.
También el registro humano se extiende más atrás que estas construcciones. En Vallada se conservan materiales arqueológicos desde el Paleolítico hasta la época medieval, aunque los datos disponibles no precisan aquí qué especies humanas o animales corresponden a cada hallazgo. Lo más concreto para el relato urbano es el asentamiento romano detectado en 1987: una evidencia de que la población tiene raíces antiguas en el valle, mucho antes de que el castillo y las capillas dibujaran sus episodios posteriores.
En Vallada, el agua encuentra en el yeso una ruta subterránea y deja una señal reconocible en su recorrido: el paso de dulce a salada. Cuando vuelvas a mirar el valle del Cañoles desde La Peña, el paisaje tendrá dos escalas a la vez: la del castillo que vigilaba el paso y la del río que, bajo el Penyó, todavía atraviesa la roca.
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