Val de San Vicente, la zanja frente al mar
En 1973, una zanja abierta sobre los acantilados de Santillán-Boria anunció un proyecto enorme: levantar allí una central nuclear. El terreno de Val de San Vicente, entre las desembocaduras del Deva y el Nansa, fue escenario de una disputa cuyo desenlace dejó la zanja como huella de una obra que no llegó a construirse.
La ría de Tina Menor, desembocadura del Nansa en Val de San Vicente, abre el paisaje de valles y costa donde transcurre esta historia.
En abril de 1973, Electra de Viesgo anunció que quería construir la central nuclear de Santillán. El proyecto contemplaba cuatro unidades y una inversión inicial calculada en 80.000 millones de pesetas. Para prepararlo, la empresa adquirió 71,6 hectáreas de una franja costera repartida entre San Vicente de la Barquera y Val de San Vicente, junto a la ensenada de la playa de La Fuente.
Antes de que se levantara ninguna central, hubo una intervención más pequeña y tangible: sobre los acantilados de Santillán-Boria se abrió una zanja para hacer sondeos previos. El paisaje pasó a ser, además de costa, un lugar donde se examinaba el terreno para una transformación industrial de gran escala. La pregunta ya no era solo dónde construir, sino qué podía cambiar si el plan seguía adelante.
Dos rías ordenan el paisaje
Val de San Vicente ocupa el extremo occidental de la costa cántabra. El Deva llega al mar por Tina Mayor y el Nansa por Tina Menor; son dos desembocaduras distintas, cada una con su propia ría. Entre ambas, el municipio reúne costa, valles fluviales y montes. El relieve sube desde el nivel del mar hasta unos 400 metros en el extremo suroriental; Pesués, la capital, se encuentra a 50 metros de altitud.
Esta geografía ayuda a entender por qué la franja de Santillán tenía un valor que iba más allá de la superficie que ocupaba. El terreno municipal enlaza el mar con las cuencas del Deva y el Nansa, mientras los montes se alzan entre los dos ríos. Las rías son sus salidas al Cantábrico y una de las formas más reconocibles del paisaje local. No son, sin embargo, un escenario uniforme: las desembocaduras, las laderas y los acantilados presentan ambientes y relieves distintos.
La costa también conectaba con un territorio habitado y atravesado por vías de comunicación. Unquera es el punto de partida de la principal carretera que comunica Liébana con la costa y el resto de Cantabria; por el municipio pasan además la Autovía del Cantábrico y la línea ferroviaria Santander-Oviedo. Esas conexiones explican parte de la relación cotidiana de Val de San Vicente con su entorno, pero no convierten automáticamente la costa en un lugar disponible para cualquier uso. En 1973, el proyecto nuclear puso sobre la mesa precisamente esa elección.
Calizas, dolomías y un subsuelo desigual
Para comprender el terreno bajo esa costa conviene ampliar la mirada al término municipal. El estudio geotécnico clasifica el 62,12 % de sus materiales como calizas, dolomías y mármoles. Son rocas carbonatadas: la categoría reúne materiales con una composición que puede favorecer la karstificación, el proceso por el que el agua circula por fisuras y va disolviendo la roca. Con el tiempo, esa acción puede ensanchar conductos y generar cavidades; en algunos terrenos, el resultado puede incluir hundimientos.
El estudio señala formaciones carbonatadas muy karstificadas en conjunto y también registra áreas con hundimientos kársticos actuales o potenciales. Es una característica importante del subsuelo municipal, no una descripción puntual de los acantilados de Santillán-Boria ni del lugar exacto de la zanja. El comportamiento de una roca depende de dónde aparece y de cómo está fracturada; por eso, el dato municipal permite entender el tipo de terreno presente en Val de San Vicente, pero no asignar esa litología a cada parcela.
El mapa geotécnico muestra también otros materiales: areniscas, conglomerados y flysch representan un 6,27 %; arenas finas y limos, un 5,68 %; pizarras y esquistos, un 3,62 %. Esta variedad recuerda que el subsuelo no es una pieza continua de una sola roca. En la costa y los valles se combinan materiales distintos, mientras el relieve municipal reúne laderas, rías y desembocaduras. La clasificación no cuenta por sí sola cómo se formó cada tramo, pero sí ayuda a reconocer que el terreno sobre el que se proyectaba la obra pertenecía a un paisaje geológico diverso.
En ese escenario, una zanja para sondeos tenía una función concreta: abrir el terreno para obtener información previa a la construcción. No era la central ni una prueba de que la obra estuviera aprobada en todos sus detalles. Era el primer gesto material de un proyecto que aspiraba a ocupar una franja costera amplia.
Las marismas de Tina Menor dibujan canales y superficies intermareales en la desembocadura del Nansa.
Santillán-Boria ante una obra de gran escala
La propuesta estaba pensada para producir electricidad a gran escala. La empresa proyectaba cuatro unidades y calculó inicialmente el coste en 80.000 millones de pesetas. El calendario anunciado preveía que la central empezara a exportar energía en 1982. En el papel, la distancia entre la zanja y ese horizonte podía parecer corta; en el paisaje, todavía quedaba por decidir si aquel emplazamiento se convertiría en una instalación nuclear.
La compra de terrenos en dos municipios muestra el alcance espacial del plan: 71,6 hectáreas en una franja costera junto a la ensenada de la playa de La Fuente. La intervención preliminar se concentró en los acantilados de Santillán-Boria, donde se practicó la zanja para realizar sondeos. El proyecto conectaba, así, una parcela extensa con un punto de trabajo en el terreno. Para Val de San Vicente, la posibilidad de una central ya no era una idea remota; había entrado en el paisaje mediante una acción preparatoria.
Pero la costa no era solo el soporte físico que una empresa podía adquirir. Era parte de un municipio cuyo relieve se organiza entre dos ríos y el mar, y cuyo extremo oriental forma parte del Parque Natural de Oyambre. El atractivo paisajístico tiene también peso en la economía local, donde el turismo es la principal fuente de ingresos. No hace falta atribuir a esas circunstancias una causa que no está documentada para advertir el contraste: una instalación industrial de gran escala se proponía en un territorio cuya identidad y actividad estaban ligadas también a su paisaje.
La oposición cambia el desenlace
La respuesta no quedó limitada al lugar de los sondeos. El proyecto encontró oposición política y social tanto en Cantabria como en Asturias. Esa oposición fue decisiva para el desenlace registrado: Electra de Viesgo abandonó el proyecto de forma provisional. La central no comenzó a exportar energía en 1982, como había previsto el calendario; el plan quedó detenido antes de convertirse en la obra anunciada.
La palabra «provisional» importa: describe el abandono consignado, sin convertirlo en una renuncia definitiva. Aun así, el resultado material de aquella etapa es claro. Hubo adquisición de terrenos y una zanja para los sondeos, pero no la central de cuatro unidades. La transformación que llegó a producirse fue limitada frente a la prevista: una intervención preparatoria en los acantilados, seguida por la paralización del proyecto tras la oposición política y social.
La zanja permite volver a la imagen inicial con otro significado. En Santillán-Boria, el terreno fue examinado como posible emplazamiento de una infraestructura que habría cambiado el uso de aquella franja costera. La central no se levantó; quedaron el paisaje de Val de San Vicente y la huella de una obra que no pasó de su fase previa. Entre Tina Mayor, Tina Menor y el mar, aquella línea abierta en los acantilados señala hasta dónde llegó el proyecto y dónde se detuvo.
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