Torres de Berrellén, casas contra la distancia
En la margen derecha del Ebro, frente a las tierras que los vecinos de El Castellar trabajaban desde la otra orilla, unas casas de labor hicieron posible permanecer más tiempo en el campo. El nombre de Torres de Berrellén conserva la huella de aquella solución y de un paisaje donde se encuentran vegas y materiales muy distintos.
La vega del Ebro, vista desde las ruinas de El Castellar: al otro lado del río se extendían las tierras de labor que dieron sentido a las casas auxiliares.
El Jalón llega al Ebro junto a Torres de Berrellén. El pueblo se extiende en la margen derecha del gran río, mientras que El Castellar, desde donde partió la historia de las primeras torres, estaba en la izquierda. Basta esa distribución para entender la dificultad que resolvieron sus vecinos: las tierras fértiles que querían cultivar quedaban lejos de su lugar de origen, y los desplazamientos continuos impedían atenderlas con facilidad.
El Castellar mira a la otra orilla
En el siglo XII, los vecinos de El Castellar empezaron a levantar casas de labor en la ribera derecha del Ebro. No eran una ocurrencia desligada del trabajo agrícola: servían como apoyo para aprovechar unas tierras fértiles a las que no podían acudir continuamente desde la otra margen. La distancia tenía consecuencias prácticas. Para ocuparse de las labores, había que poder quedarse cerca de los campos durante varios días, e incluso residir allí.
Ese es el conflicto que pone en marcha la historia: las tierras ofrecían una oportunidad, pero la separación entre ellas y El Castellar complicaba el trabajo. La respuesta fue construir alojamientos auxiliares en la propia ribera. No hace falta imaginar un viaje concreto ni un obstáculo extraordinario. El dato decisivo es más sencillo y más revelador: la ubicación de El Castellar impedía los desplazamientos continuados, así que quienes trabajaban en la otra orilla necesitaban permanecer allí.
En Aragón, aquellas casas de labor se llamaban «torres». El nombre describía una agrupación de viviendas ligadas a los aprovechamientos agrícolas, no una fortaleza. Con el tiempo, ese término quedó unido al lugar que creció en la margen derecha. La localidad actual conserva así, en su propio nombre, la memoria de una solución cotidiana: acercar la residencia al trabajo cuando el regreso frecuente desde El Castellar no era viable.
Una ribera de materiales diversos
La geografía ayuda a situar esa decisión. Torres de Berrellén se encuentra junto a la desembocadura del Jalón en el Ebro, y la población está en la margen derecha de este último. El término municipal, sin embargo, no puede reducirse a una sola clase de suelo o roca. El estudio geotécnico reúne distintas categorías de materiales para el conjunto del municipio; sus porcentajes sirven para reconocer esa variedad, no para identificar automáticamente el subsuelo de cada casa, campo o ruina.
En esa clasificación, las calizas, dolomías y mármoles representan el 27,04 %; las arenas finas y los limos, el 25,98 %; y los yesos, la anhidrita y las sales, el 20,96 %. También aparecen gravas y arenas compactas, con un 15,08 %, y masa de agua, con un 4,77 %. Son nombres concretos para un mosaico de materiales: rocas carbonatadas, sedimentos finos, depósitos de grano más grueso y formaciones yesíferas. El inventario muestra que el suelo municipal tiene más de una historia material, aunque no asigna cada categoría a un punto determinado de la ribera.
En una localidad nacida para trabajar tierras fértiles junto a dos ríos, esa diversidad importa como contexto. La vega y el sustrato no son una única superficie uniforme; el estudio distingue materiales con comportamientos distintos. Pero no hace falta adjudicar una roca concreta a las antiguas torres para comprender su origen. La razón que consta para construirlas fue la distancia entre El Castellar y las tierras cultivadas, y el resultado fue crear alojamientos allí donde el trabajo los necesitaba.
Las ruinas de la antigua villa medieval de El Castellar se alzan junto al Ebro, frente a la ribera donde los vecinos levantaron sus casas de labor.
Los yesos y las huellas del agua
Entre los materiales identificados, los yesos merecen atención porque el estudio geotécnico señala zonas yesíferas medianamente karstificadas, con posibles karsts importantes dispersos, y áreas con hundimientos actuales o potenciales. La karstificación es el proceso por el que el agua disuelve materiales solubles y ensancha sus fisuras; si estas se desarrollan, pueden formarse huecos y, en determinadas condiciones, hundimientos. Se trata de una característica y un riesgo potencial señalados para el término, no de la descripción de un hundimiento ocurrido en el pueblo ni de una causa de la fundación de las torres.
El mismo estudio distingue las formaciones carbonatadas de las yesíferas: en las calizas y materiales relacionados indica poca o casi ninguna karstificación, aunque puede haber sistemas aislados. Esta diferencia recuerda que dos rocas presentes en una misma clasificación municipal no responden necesariamente igual al agua. En los terrenos yesíferos se describen áreas con procesos kársticos más relevantes; en los carbonatados, el fenómeno aparece mucho más limitado según la evaluación incluida.
El inventario también registra posibles movimientos del terreno, como deslizamientos o desprendimientos. Esa información no convierte el paisaje en el escenario de un episodio concreto: no hay en la historia documentada de las torres un derrumbe que explique su construcción. Su utilidad aquí es mostrar otra faceta del terreno municipal y separar dos escalas: por un lado, las condiciones geotécnicas que pueden afectar a distintas zonas; por otro, el motivo histórico específico de los alojamientos agrícolas, que fue permanecer cerca de las tierras fértiles.
De las casas de labor al pueblo
La solución del siglo XII dejó una huella que sigue siendo legible sin necesidad de reconstruir escenas imaginarias. Primero están los vecinos de El Castellar, que edifican casas auxiliares en la margen derecha; después, la permanencia de varios días —o la residencia— para atender el trabajo agrícola; por último, un nombre local que conserva el recuerdo de aquellas «torres». La historia une una necesidad humana reconocible con una posición precisa en el paisaje: un asentamiento a un lado del Ebro y tierras de labor al otro.
La localidad no aparece solo como un punto en el mapa. Está junto a la confluencia del Jalón y el Ebro y en una ribera que la fuente histórica describe como fértil. El agua es parte de esa geografía, pero la documentación no atribuye a una crecida, a un cambio de cauce o a una obra hidráulica la creación de las casas. La conexión demostrada es otra: la ubicación de El Castellar hacía difícil acudir de manera continua a los campos y la construcción de alojamientos permitió quedarse cerca de ellos.
A mediados del siglo XIX, Torres de Berrellén tenía contabilizados 458 habitantes. En 2025, la población registrada era de 1.515. Entre ambas cifras hay una localidad que perdura en la margen derecha; no son, por sí solas, una medida del crecimiento de las antiguas casas ni un relato completo de cómo cambiaron. Sí sitúan el resultado de aquella historia en el presente: el nombre nacido de las viviendas agrícolas sigue identificando un municipio asentado junto al Ebro y cerca de la desembocadura del Jalón.
Las primeras torres resolvieron un problema de distancia, no de geología: permitieron que los vecinos de El Castellar permanecieran junto a las tierras que trabajaban. La ribera quedó incorporada a la vida cotidiana y las casas auxiliares dieron nombre al lugar. Hoy, «Torres de Berrellén» conserva las dos orillas de aquella decisión en una sola palabra: las torres que hicieron posible quedarse.
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