Soneja, la colina de las 39 familias
El Palancia cruza el término de Soneja, pero el origen del casco se encuentra en otra referencia del paisaje: la colina de la plaza de la Iglesia. Entre ese valle, los materiales del subsuelo y el despoblamiento de 1609 se despliega una historia de arraigo y regreso.
El ayuntamiento de Soneja, en una calle del casco urbano.
El río Palancia atraviesa Soneja y pasa cerca del casco urbano, situado a 289 metros sobre el nivel del mar. El valle empieza aquí a ensancharse: desde los 240 metros junto al cauce, el relieve del término asciende hasta los 607 del Alto de Palomera, en las estribaciones de la sierra de Espadán. En ese paisaje, el pueblo creció junto al río, mientras que su núcleo inicial se asentó en una colina. La geografía ofrece el marco; la historia local cuenta cómo distintas comunidades ocuparon este territorio y cómo una de ellas tuvo que empezar de nuevo.
La Dehesa y Monte Gómez: huellas de varias épocas
La Dehesa conserva señales de asentamientos humanos del Epipaleolítico. En distintos puntos del término también han aparecido restos de finales de época ibérica y de plena romanización. En el Monte Gómez, junto al límite con Sot de Ferrer, se descubrió un castro. Los historiadores han considerado que pudo existir allí un emplazamiento romano, en el camino natural entre Sagunto y la antigua Segóbriga, ciudades que se describen como aliadas.
Estas huellas pertenecen a tiempos y lugares diferentes: no forman la historia de una población única que permaneciera sin interrupción en el mismo sitio. El casco actual tiene otro comienzo. Su origen como núcleo de población se sitúa probablemente en los siglos X o XI, cuando un pequeño grupo de casas se estableció en la colina donde hoy se encuentran la plaza de la Iglesia y sus alrededores.
La colina de la plaza de la Iglesia
La aldea de aquella colina se considera el germen del Soneja actual. La propuesta toponímica más reciente plantea, como hipótesis, que su nombre proceda de los Sanhaja, una tribu bereber vinculada a la fundación de la aljama en torno al siglo XI. Una explicación tradicional, en cambio, relacionaba el nombre con Sonexa, descrito en un relato local como un alfaquí que habría vivido en el lugar donde hoy está el Palacio. Las dos versiones apuntan a la misma colina, pero no cuentan el origen con la misma explicación.
Tras la conquista cristiana del reino de Valencia, los primeros pobladores musulmanes pudieron permanecer en el lugar y conservar sus creencias y tradiciones, a cambio de pagar impuestos a los señores cristianos. Se les llamó mudéjares. De los siglos posteriores probablemente se conserva un acueducto medieval que todavía cumple su función: una estructura ligada al agua que sigue formando parte de la vida local. El casco se desarrolló, por tanto, entre la colina de las primeras casas y un territorio atravesado por el Palancia.
Un valle de cultivos y materiales diversos
El trabajo sobre la tierra también ha cambiado. El frutal de secano, sobre todo el algarrobo, ocupa la mayor extensión cultivada; el olivo, por su parte, es importante para la economía doméstica. En la última década se han extendido las transformaciones agrícolas para plantar cítricos, a costa de cultivos tradicionales y centenarios. El minifundio y la parcelación han marcado ese paisaje: la superficie media registrada es de 2,85 hectáreas por contribuyente.
Un cerezo fotografiado en Soneja, en un municipio donde los frutales de secano y los olivares forman parte del paisaje agrícola.
Lo que hay bajo el término
El estudio geotécnico de Soneja clasifica varios grupos de materiales en el término municipal. Los asociados a yesos, anhidrita y sales representan el 33,19%; areniscas, conglomerados y flysch, el 32,26%; y calizas, dolomías y mármoles, el 21,71%. También aparecen gravas y arenas compactas, con un 6,32%. La lectura es municipal: describe familias de materiales distribuidas en el territorio, no identifica automáticamente la roca bajo una casa, la iglesia o un punto concreto de la colina.
El yeso destaca en esa clasificación y también en la historia económica de Soneja. El estudio registra, además, un sondeo en la partida Palomeras que alcanza 174 metros de profundidad. Es una observación puntual dentro de un término de relieve variado, no un perfil que describa por sí solo todo el subsuelo. Así, el valle del Palancia y la colina del casco se entienden dentro de un territorio donde conviven diferentes grupos de materiales, sin que el dato permita atribuir a uno de ellos el emplazamiento de cada edificio o cultivo.
En 1609, el pueblo queda vacío
Durante siglos, la comunidad de Soneja estuvo formada por población morisca. En 1534 se creó allí una parroquia, aunque permaneció unida a la iglesia parroquial de Almedíjar. En 1599 se convirtió en curato y se aprobó fundar una iglesia parroquial en Soneja, una decisión ligada al propósito de forzar la conversión de sus habitantes. La presión religiosa y política se manifestó también en el desarme de los moriscos valencianos: el 8 de febrero de 1563 se confiscaron en Soneja 27 espadas, cinco puñales, dos ballestas, una rodela, tres broqueles, tres cervelleras y una daga.
El golpe decisivo llegó en 1609. Tras la expulsión de la población morisca del reino de Valencia, decretada el 22 de septiembre, Soneja quedó despoblada: todos sus habitantes eran moriscos. El lugar que había crecido alrededor de la colina y mantenido su vida comunitaria quedó vacío. Poco más de dos meses después, el 27 de noviembre, José Folch de Cardona otorgó una carta de población a 39 familias para volver a poblar Soneja. Otras seis familias llegaron a Azuébar. La carta fue la primera de este tipo concedida en la geografía castellonense tras la expulsión.
San Miguel, las murallas y el yeso
El regreso abrió una etapa distinta, no una continuación intacta de la anterior. En 1633 se construyó una iglesia, y la actual iglesia de San Miguel Arcángel comenzó a levantarse el 5 de octubre de 1751. Las obras concluyeron en 1768. Mucho después, durante la primera guerra carlista, las incursiones culminaron en el saqueo y el incendio de 1836. Entre 1839 y 1840 la villa se fortificó con tres cercos amurallados. El pueblo que había vuelto a poblarse construía así nuevos espacios religiosos y defensivos, sobre el mismo territorio de colina y valle.
La actividad que hoy da al yeso un papel emblemático añade otro capítulo a esa relación entre materiales y trabajo. La producción se ha concentrado en una gran empresa y ha aumentado para abastecer a todo el país. Mientras tanto, el campo sonejero atraviesa un abandono progresivo y los cultivos tradicionales ceden espacio a nuevas plantaciones. El resultado de la ruptura de 1609, en cambio, está claro: Soneja volvió a tener población, y con el tiempo levantó su iglesia actual y sus cercos. El Palancia sigue cruzando el término; en la colina de la plaza de la Iglesia permanece el núcleo que aquellas 39 familias ayudaron a repoblar.
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