Algar, entre la dehesa y el agua
En 1997, las inundaciones que llenaron el embalse de Guadalcacín dejaron Algar incomunicado. Para entender la historia de ese vínculo con el agua, hay que volver a las dehesas que dieron origen al pueblo y al mosaico de terrenos que se extiende por su término.
La plaza de Algar, con el caserío y las lomas al fondo, sitúa la historia en el pueblo que nació de unas dehesas compradas en el siglo XVIII.
En 1997, las inundaciones llenaron el embalse de Guadalcacín y Algar quedó incomunicado. La noticia concentra en una frase una tensión concreta: el agua ocupó un lugar decisivo en el paisaje y la conexión del pueblo con el exterior se interrumpió. Pero Algar no nació alrededor de ese embalse. Su origen como población se remonta a 1773, después de que unas dehesas fueran compradas para asentarse en ellas. Entre ambas fechas hay una historia de ocupación humana y un escenario geológico diverso, cerca del río Majaceite y de la Serranía de Ronda.
Dehesas para fundar Algar
La presencia humana es anterior a la localidad: en el término aparecen restos desde el Neolítico. Sin embargo, el origen del pueblo actual se sitúa en el siglo XVIII. Esa diferencia importa. Las huellas más antiguas hablan de ocupaciones anteriores; la fundación de Algar cuenta una decisión mucho más precisa, ligada a un hombre y a unas tierras que se quisieron poblar.
Domingo López de Carvajal, comerciante nacido en Santa María de Duancos, en Galicia, emigró a Nueva España en 1717, tras la muerte de su padre. Allí conoció el culto a la Virgen de Guadalupe del Tepeyac. La tradición cuenta que, durante el viaje de regreso a la península, una tormenta azotó la nao y López de Carvajal se encomendó a la Virgen, prometiendo levantar una iglesia en tierras españolas. La historia de Algar guarda así un eco de aquel viaje transatlántico, aunque su siguiente paso ocurrió en el campo gaditano.
En 1757 compró unas dehesas con la intención de poblarlas con colonos. Dieciséis años después, en 1773, se sitúa el origen de la población. El cambio no fue una transformación geológica, sino una intervención humana sobre el territorio: unas tierras de dehesa pasaron a formar parte de un proyecto de asentamiento. Algar quedó asociado desde sus comienzos a la fundación y a la devoción de su promotor.
El nombre conserva esa memoria. Hasta 1842, Algar se llamó Santa María de Guadalupe de Algar. La iglesia parroquial de Santa María de Guadalupe mantiene visible la advocación ligada a la historia del fundador. La secuencia de fechas dibuja un recorrido reconocible: compra de las dehesas en 1757, origen del pueblo en 1773 y cambio de nombre en 1842. La localidad se afirmó en el paisaje, mientras el terreno bajo ella pertenecía a una historia mucho más extensa y variada.
Un término de rocas distintas
La clasificación geotécnica del municipio muestra que Algar no se asienta sobre una única clase de terreno. El 44,08 % aparece agrupado como areniscas, conglomerados y flysch; el 25,35 %, como calizas, dolomías y mármoles. También se registran arenas finas y limos, que representan el 9,63 % de las categorías. Son proporciones referidas al término municipal: describen la variedad del territorio, no identifican automáticamente la roca que hay bajo una casa, una calle o la iglesia.
Los nombres ya señalan contrastes. Areniscas y conglomerados son rocas; arenas y limos son materiales de grano fino. Las calizas y dolomías pertenecen a las formaciones carbonatadas, y el mármol figura también en esa clasificación municipal. El registro reúne, por tanto, materiales consolidados y sedimentos, sin reducir el paisaje a una sola superficie uniforme. Es una diferencia que ayuda a imaginar un término compuesto por terrenos diversos, aunque por sí sola no permite atribuir una forma concreta del relieve a una roca determinada.
Entre los procesos señalados están la karstificación de formaciones carbonatadas y yesíferas y la posibilidad de hundimientos asociados. La karstificación se produce cuando el agua disuelve poco a poco rocas solubles y abre huecos; si el terreno pierde apoyo, pueden aparecer hundimientos. La clasificación describe zonas medianamente karstificadas y, a veces, karsts importantes dispersos. También recoge movimientos actuales o potenciales, principalmente deslizamientos en formaciones blandas. Son procesos relevantes para comprender la diversidad del suelo municipal, no una descripción de un suceso concreto en el centro del pueblo.
El puente nuevo sobre Picao I cruza una lámina de agua en el entorno de Algar. Una vista actual del paisaje hídrico del término.
Majaceite, Tempul y Guadalcacín
El agua aparece en Algar de varias maneras. El pueblo está cerca del río Majaceite; el término municipal comprende el embalse de Guadalcacín, el nacimiento de Tempul y el Tajo del Águila. Son lugares y formas distintas de presencia del agua, dentro de un paisaje que también se sitúa junto a los Montes de Propio de Jerez y en la entrada al parque natural de Los Alcornocales.
La Cañada de la Sierra pasa por Algar y tiene su origen en Jerez de la Frontera. El dato sitúa al municipio en un territorio de conexiones y pasos, pero no permite afirmar que esa cañada fuera la vía afectada en 1997. Lo que sí muestra la geografía local es la cercanía entre la población, el río y el gran embalse. El agua forma parte del escenario cotidiano del término; en el episodio de las inundaciones, además, alteró de forma directa la comunicación del pueblo.
En 1997, el embalse corta la conexión
La historia vuelve entonces a la imagen inicial. En 1997, las inundaciones llenaron el embalse de Guadalcacín y Algar quedó incomunicado. Ese es el resultado documentado: durante aquel episodio, el acceso quedó interrumpido. No hace falta convertirlo en una catástrofe de la que no se conocen aquí más detalles para reconocer su alcance. Un lugar que vive junto a varios cursos y depósitos de agua depende también de cómo estos ocupan el territorio cuando llegan las inundaciones.
La escena contrasta con la fundación. En el siglo XVIII, Domingo López de Carvajal compró dehesas y el proyecto de poblarlas dio origen a Algar. En 1997, el agua alteró la relación del pueblo con el exterior. Son episodios distintos y no hay evidencia de que el tipo de roca municipal causara la incomunicación: el vínculo narrable es el del asentamiento con su paisaje y, en particular, con el embalse que ocupa parte del término.
Algar siguió siendo una población junto al Majaceite y cerca de Guadalcacín. En 2025 contaba con 1.452 habitantes, y hoy su actividad incluye agricultura, ganadería, trabajo de la piel y de la madera, además del turismo rural. Esas cifras y ocupaciones no borran el episodio de 1997; devuelven la historia a un pueblo habitado, no a un paisaje vacío. La fundación abrió una vida colectiva en las dehesas, y la inundación mostró que el agua podía interrumpir sus conexiones.
Las dehesas compradas para poblar Algar y el agua que en 1997 lo dejó incomunicado pertenecen a momentos muy diferentes. Entre ambas escenas, el término reúne rocas y sedimentos diversos, el Majaceite, el nacimiento de Tempul y el embalse de Guadalcacín. La historia del pueblo no la explica una sola piedra ni un único curso de agua: la sostienen las decisiones humanas y las condiciones cambiantes de un territorio compartido.
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