Santa María del Páramo niveló su llanura y afloraron 32 tumbas en Las Carbas
En Las Carbas, unas obras de nivelación sacaron a la luz una necrópolis junto al límite con Bercianos del Páramo. ¿Qué une aquel hallazgo con la gran llanura de sedimentos donde se asienta Santa María?
La iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Santa María del Páramo; una referencia del casco urbano para situar la historia de la llanura y Las Carbas.
En Las Carbas, la tierra removida durante unas obras de nivelación dejó al descubierto una necrópolis. El hallazgo ocurrió en 1974, en el límite municipal entre Santa María del Páramo y Bercianos del Páramo; quedó documentado en 1995. La llanura que hoy parece abierta y uniforme guardaba, bajo la superficie trabajada, 32 tumbas.
La escena reúne dos tiempos distintos en un mismo terreno: una intervención moderna que modifica el suelo y unas sepulturas cuya disposición y fecha no se precisan en los datos disponibles. Para entender por qué la tierra podía ser removida allí y qué materiales forman ese paisaje, hay que ampliar el foco. Las Carbas está en el corazón de una planicie construida por sedimentos y transformada, siglo tras siglo, por el uso humano.
Las Carbas abrió una ventana en la llanura
La primera referencia arqueológica localizada en el municipio llegó mientras se nivelaba el terreno. No fue una excavación planteada para buscar una necrópolis: las tumbas aparecieron en el curso de unas obras. El dato convierte a Las Carbas en un lugar donde la historia humana salió al encuentro de una transformación del paisaje.
El conjunto estaba formado por 32 sepulturas. Algunas tenían forma de ataúd; otras eran romboidales, con los vértices truncados, o antropoides, es decir, con una silueta que recuerda la forma del cuerpo. Se habían construido con lajas y cantos, y estaban cubiertas por losas. Su orientación seguía las líneas solsticiales.
La descripción permite imaginar una necrópolis organizada, pero no autoriza a asignarle una fecha ni una comunidad concreta. Lo que sí cuenta es la forma en que se produjo el hallazgo: el movimiento de la superficie interrumpió la continuidad aparente del páramo y dejó ver un espacio funerario. ¿Qué clase de paisaje rodeaba ese lugar antes de las obras? La respuesta empieza mucho antes de las tumbas, en la historia de la cuenca del Duero.
Una cuenca continental bajo el horizonte del Páramo
Santa María del Páramo ocupa una zona elevada y prácticamente llana entre los valles del Órbigo y del Esla. Esa posición, llamada interfluvio —el terreno situado entre dos valles fluviales—, explica buena parte de la amplitud del paisaje. No hay un gran río que atraviese la planicie municipal: el cauce natural que la cruza es el arroyo de la Huerga.
La llanura forma parte de la cuenca noroccidental del Duero. Su origen se remonta a una depresión terciaria que fue colmatándose con materiales continentales; después, esos materiales fueron erosionados y quedaron recubiertos por sedimentos cuaternarios. Dicho sin jerga: el relieve que hoy se ve no es una superficie rocosa recién expuesta, sino el resultado de una larga acumulación de sedimentos, seguida por la erosión y por nuevos depósitos.
La palabra «continental» señala que esos materiales se formaron en ambientes de tierra firme, no en un fondo marino. El dossier no concreta qué ríos, lagos o episodios depositaron cada capa; lo verificable es la sucesión general de relleno, erosión y recubrimiento. En una planicie como esta, las variaciones pueden ser discretas a la vista y, aun así, cambiar qué materiales afloran o cómo responde el terreno cuando se trabaja.
El estudio geotécnico caracteriza como gravas y arenas compactas el 99,14 % de los suelos considerados. También identifica arcillas expansivas localmente predominantes, con un riesgo de expansividad moderado a alto en esas zonas. No son dos retratos incompatibles: juntos señalan que el terreno no debe imaginarse como una capa idéntica en todas partes. El relieve puede ser uniforme; los materiales, no necesariamente.
La arcilla pasó del subsuelo a la cerámica
La historia de los sedimentos no se quedó bajo los campos. Los limos arcillosos de la zona se utilizaron tradicionalmente para elaborar cerámica; las arenas y gravas, por su parte, se emplean en construcción y obras públicas. El terreno ha sido materia prima, no solo escenario.
El estudio geotécnico describe además acuíferos generalmente extensos, muy permeables y productivos. Esa caracterización ayuda a comprender que, en la planicie, el agua y los sedimentos forman parte de una historia estrechamente ligada al uso del suelo. Pero no permite atribuir por sí sola un canal concreto a un tipo de depósito ni afirmar que la cerámica local proceda de una capa determinada. La relación documentada es más directa: los limos arcillosos de la zona sirvieron para hacer cerámica y las arenas y gravas se aprovecharon en la construcción.
También hay una consecuencia práctica en esa mezcla. Allí donde predominan localmente las arcillas expansivas, el estudio advierte de un riesgo moderado a alto. La palabra «expansiva» describe la capacidad de ciertas arcillas para variar de volumen con cambios de humedad. No es una explicación de la necrópolis ni de su orientación, pero sí recuerda que una llanura aparentemente sencilla puede esconder terrenos con comportamientos distintos.
Los canales cambiaron el curso del agua
El Páramo no está atravesado por grandes ríos, pero el agua ocupa un lugar decisivo en su paisaje. El caudal de los cursos fluviales de la cuenca del Duero es irregular: hay estiajes en verano y crecidas en otoño e invierno. En sectores con drenaje deficiente aparecen pequeñas lagunas o zonas encharcadas estacionales, que desaparecen durante el verano.
En la década de 1960, después de la construcción del embalse de Barrios de Luna, se desarrolló un plan de regadíos que llevó nuevos cauces al municipio. Los canales principales de Matalobos, Urdiales y Santa María, junto con otros secundarios, introdujeron una red artificial en una planicie que de forma natural solo recibe el paso del arroyo de la Huerga.
Ese cambio tuvo una huella visible en el uso de la tierra. Muchas lagunas estacionales fueron desecadas por intervención humana e incorporadas al suelo cultivable. La secuencia no exige imaginar una llanura inmóvil: el agua escasea en verano, se concentra en otras estaciones y, desde el desarrollo del regadío, también circula por canales construidos. La geología proporciona el soporte; las obras reorganizan cómo se aprovecha.
¿Puede la diferencia entre gravas, arenas y sectores arcillosos ayudar a entender que el agua no se comporte igual en todos los puntos? Es una deducción plausible, no una explicación específica documentada para cada laguna o canal. Lo que consta es el contraste entre materiales, las zonas con drenaje deficiente y la transformación de humedales estacionales en suelo cultivable. Es suficiente para ver que la planicie tiene una historia de agua, incluso sin un río grande atravesándola.
De las herramientas de piedra a las tumbas de Las Carbas
Las huellas humanas del entorno alcanzan tiempos mucho más antiguos que las sepulturas descubiertas durante la nivelación. En Villarrín del Páramo se encontró un pico triedro de cuarcita, y en Urdiales del Páramo apareció en 1948 un bifaz de sílex; ambos se datan en el Paleolítico Inferior. Son hallazgos de localidades próximas, no piezas atribuidas al yacimiento de Las Carbas.
La cuarcita y el sílex permiten reconocer herramientas; las lajas, los cantos y las losas describen las tumbas de Las Carbas. Son materiales y contextos distintos, unidos aquí por una geografía compartida. Más tarde, el territorio del Páramo estuvo habitado por los astures y, tras las guerras cántabras, fue conquistado y poblado por los romanos. La información disponible también documenta el paso por el Páramo de una vía que comunicaba Asturica Augusta, la actual Astorga, con Burdigala, Burdeos, aunque no permite situar su trazado exacto dentro de Las Carbas.
En Santa María del Páramo, la llanura no borró el pasado: lo cubrió de sedimentos, lo sostuvo como suelo de cultivo y, cuando fue nivelada, permitió que reaparecieran las tumbas. Las Carbas recuerda que una obra sobre el terreno puede abrir una ventana a quienes vivieron aquí antes; al cruzar el páramo, el horizonte uniforme ya no parece vacío.
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