Historia geológica Localidad Castilleja de Guzmán

Castilleja de Guzmán reúne una necrópolis calcolítica y rocas de antiguos mares

Montelirio y el tholos del Señorío sitúan a Castilleja de Guzmán en un paisaje funerario que precede en milenios a la villa actual. ¿Qué relación guarda esa historia con las rocas que forman el terreno?

Vista aérea de Castilleja de Guzmán, el paisaje actual que se superpone a la historia de la necrópolis calcolítica del municipio.

Vista aérea de Castilleja de Guzmán, el paisaje actual que se superpone a la historia de la necrópolis calcolítica del municipio.

Foto: Michiel1972, CC BY-SA 3.0 — commons.wikimedia.org

En Castilleja de Guzmán, Montelirio y el tholos del Señorío abren una puerta a una historia anterior a los nombres del municipio y a sus palacios. Las tumbas pertenecen al paisaje funerario de un gran asentamiento de la Edad del Cobre: una huella humana que se extiende por el territorio de Valencina y Guzmán. Y, bajo ese escenario, el estudio geotécnico clasifica los terrenos locales como calizas, dolomías y mármoles. La arqueología y la geología coinciden aquí, aunque no cuentan exactamente la misma historia.

Montelirio amplía el mapa de la Edad del Cobre

La primera sorpresa es la escala. El asentamiento calcolítico al que se vinculan Montelirio y el tholos del Señorío se describe como el mayor de la Edad del Cobre descubierto hasta ahora, con más de 500 hectáreas y numerosas estructuras prehistóricas. No es una tumba aislada en un paisaje vacío: los dólmenes y yacimientos del entorno señalan una ocupación cuya historia se remonta al III milenio antes de nuestra era.

El propio nombre de Montelirio ayuda a fijar la mirada en un punto concreto de Castilleja. Junto al tholos del Señorío, forma parte de un conjunto funerario que hace visible la profundidad temporal del lugar. La palabra «tholos» aparece ligada a estas tumbas en la documentación local; aquí basta con atender a lo que su presencia revela: quienes vivieron en este territorio dejaron monumentos funerarios capaces de perdurar y de cambiar la manera de leer el paisaje.

El recorrido no termina en esos dos nombres. La información arqueológica sitúa en el término municipal una parte importante de la necrópolis vinculada al asentamiento de Valencina/Guzmán. Así, un paseo por Castilleja puede transcurrir cerca de un paisaje que no se reduce al casco urbano presente: pertenece también a una trama prehistórica más extensa, levantada mucho antes de la hacienda que después daría forma a la villa.

¿Qué aportan las rocas a esa historia? El estudio geotécnico agrupa los terrenos de Castilleja en las categorías de calizas, dolomías y mármoles. Para las calizas y dolomías, la interpretación geológica general las relaciona con antiguos fondos marinos poco profundos, comparables —sin afirmar que fueran idénticos— a una plataforma cálida de aguas someras. Es el tiempo profundo del relato: antes de las tumbas y de cualquier población humana, parte del material que hoy se reconoce en el terreno tuvo una historia ligada al mar.

Ese vínculo es un marco, no una explicación automática de la necrópolis. Los datos disponibles no permiten afirmar que los constructores de Montelirio excavaran o levantaran sus monumentos con una roca concreta de Castilleja. Lo verificable es más sobrio y, aun así, poderoso: el paisaje funerario calcolítico y un subsuelo clasificado entre rocas carbonatadas pertenecen al mismo territorio. La geología ayuda a imaginar el escenario antiguo; la arqueología conserva la huella de quienes lo habitaron.

Mucho antes de la hacienda, el territorio ya tenía memoria

La ocupación de este lugar no se detuvo en la Edad del Cobre. La historia local recoge también la presencia posterior de tartesios y turdetanos, y menciona necrópolis de esas épocas. No hace falta convertir cada etapa en una continuidad sin interrupciones: lo importante es que el territorio mantuvo una larga relación con el poblamiento y con los espacios funerarios. Las rocas cambian a un ritmo inmenso; las comunidades, en cambio, dejaron señales reconocibles en escalas de tiempo mucho más cortas.

Después llegó el mundo romano. Tras la fundación de Itálica en el año 206 antes de nuestra era, se establecieron en el municipio un castro militar y villas agropecuarias, ocupadas posteriormente por los visigodos. La secuencia enlaza el paisaje arqueológico con nuevas formas de organizar el territorio. No prueba que el relieve o la composición del suelo determinaran esas decisiones, pero sí sitúa el poblamiento local dentro de una historia que siguió renovándose sobre el mismo espacio.

Con la conquista musulmana de la península, en el año 711, surgió la aldea llamada Dunchuelas Taxit. La tradición recogida sobre el lugar asocia además el topónimo con una posible raíz mozárabe, pero no convierte en certeza el relato de un palacio gubernamental de Almanzor bajo el edificio actual. La cautela importa: la aventura histórica gana fuerza cuando distingue entre lo documentado y lo que se plantea como posibilidad.

Más tarde, el nombre del municipio cambió junto con sus señoríos. Tras la conquista de Sevilla en 1248, Fernando III concedió la villa a la Orden de Santiago en 1249; en 1251, Alfonso X la otorgó a la Orden de Alcántara. El lugar pasó a llamarse Castilleja de Alcántara o Alcantarilla, hasta que la Casa de los Guzmanes adquirió el señorío a comienzos del siglo XVI y quedó establecido el nombre actual. En pocos siglos, el mismo territorio acumuló nombres, autoridades y formas distintas de habitarlo.

La Divina Pastora transforma el centro de la villa

La historia de Castilleja también se reúne alrededor de un edificio. A comienzos del siglo XVII, los condes de Montelirio transformaron el antiguo palacio en la hacienda de la Divina Pastora, alrededor de la cual fue desarrollándose la villa. La escena cambia: de las estructuras prehistóricas dispersas por un gran asentamiento pasamos a una hacienda que concentra la vida y la imagen de la población.

A mediados del siglo XIX, la hacienda pasó a los condes de Castilleja de Guzmán. A comienzos del siglo XX, Joaquín Rodríguez de Rivas y de la Gándara convirtió la hacienda en palacio, y en ese momento se diseñaron los jardines de Forestier. El conjunto, hoy inscrito como Bien de Interés Cultural, añade otra capa a la lectura local: un patrimonio construido que organiza el paisaje de la villa mucho después de los dólmenes y las tumbas calcolíticas.

El palacio y la hacienda cambiaron de manos de nuevo. Los hermanos Lissen los adquirieron en subasta en 1933 y los donaron al Ayuntamiento de Sevilla en 1936; en 1944, el Ayuntamiento los cedió a la Universidad de Sevilla. El Colegio Mayor Santa María del Buen Aire funcionó allí hasta el curso 2013/2014. Son cambios documentados en la vida de un edificio, no explicaciones geológicas; su valor en este relato es mostrar cómo un mismo enclave ha recibido usos y significados distintos a lo largo del tiempo.

Si se vuelve a Montelirio desde el palacio, el contraste es inmediato: una arquitectura ligada a la historia moderna de la villa frente a una necrópolis que remite al III milenio antes de nuestra era. Entre ambas, el terreno ofrece una escala aún más antigua. Calizas y dolomías evocan fondos marinos someros; la presencia de mármoles completa la clasificación geotécnica, sin que el informe aporte aquí una historia estratigráfica detallada. La roca y el patrimonio se encuentran en el paisaje, pero cada uno exige pruebas propias.

¿Qué cuenta entonces Castilleja de Guzmán? Que un lugar puede guardar huellas humanas de épocas muy distintas sobre un territorio cuyo sustrato comenzó a formarse mucho antes de ellas. Montelirio y el tholos del Señorío hacen visible la persistencia de la memoria calcolítica; las rocas de antiguos mares recuerdan que el escenario tuvo una vida anterior a toda tumba. Al mirar de nuevo la villa, puedes imaginar esas escalas superpuestas: la piedra, la necrópolis y, mucho después, la Divina Pastora.

Tipos de terreno en Castilleja de Guzmán

Suelos característicos de la zona, ordenados por relevancia.

  • Calizas, Dolomías y Mármoles
    Advertencia

    Calizas, Dolomías y Mármoles

    Rocas sedimentarias carbonatadas (y sus equivalentes metamórficos) de componente rígida. Típicas de los macizos montañosos de la Cordillera Cantábrica, Pirineos, Cordilleras Béticas y Baleares. Aunque

    Ver ficha
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