San Bartolomé se desplazó al oeste bajo las tormentas de jable
La antigua aldea de Ajey fue dejando atrás las cercanías de Montaña Mina y avanzó hacia poniente. El cambio enlaza las arenas móviles del Jable con la vegetación que las sujetaba y con una economía que la puso en uso.
Av. Playa San Agustín, 45, 35100 San Bartolomé de Tirajana, Las Palmas, Spain
El 14 de febrero de 1619, una compraventa situó Ajey en el paisaje con una precisión que aún permite seguir el rastro: Gaspar Perdomo vendía a Leandro Perdomo tierra junto a la “mareta de Ángel” y al camino que iba de la aldea hacia la villa. En aquel documento, San Bartolomé todavía era Ajey. Pero el asentamiento no permaneció para siempre en el mismo lugar: su posición se desplazó hacia el oeste entre los siglos XVIII y XIX.
Ajey miraba hacia Montaña Mina
Antes de que el nombre de San Bartolomé se impusiera, Ajey ya aparecía en documentos del siglo XVI como lugar y en los del XVII como aldea. El ingeniero italiano Leonardo Torriani, que visitó Lanzarote en 1591, anotó cerca de allí un nombre parecido, Teguei. La fuente local considera posible que sea una variante del mismo topónimo. Los nombres cambian; el paisaje ofrece otras pistas.
La ubicación original de la aldea parece haber estado más cerca de Montaña Mina que el núcleo actual. No fue una mudanza instantánea, sino un desplazamiento que se extendió durante los siglos XVIII y XIX hacia el poniente. ¿Qué empujó a Ajey a cambiar de sitio? La explicación recogida para San Bartolomé apunta a las tormentas de jable que azotaron esta zona central de Lanzarote.
El Jable es una comarca de arenas de origen orgánico. Cuando el viento las levanta y las desplaza, el suelo deja de ser un fondo inmóvil: se vuelve una fuerza que puede alterar el entorno habitado. En San Bartolomé, la explicación histórica vincula esas tormentas con la desaparición de la vegetación que sujetaba la arena. El movimiento de la aldea, por tanto, no se entiende separado de lo que ocurría sobre el terreno.
La barrilla soltó la arena
La historia tiene un giro: una planta útil para la economía local contribuyó a desproteger el suelo. A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX creció el cultivo y la exportación de barrilla, una planta que se empleaba para elaborar jabón. La vegetación de la zona se utilizó como combustible para esa actividad; al retirarla, quedó menos cubierta capaz de sujetar las arenas.
La secuencia está documentada en la historia de San Bartolomé: el uso de la vegetación como combustible favoreció las tormentas de jable, y estas se señalan como causa del desplazamiento gradual del asentamiento. No hace falta imaginar una aldea que desaparece de golpe. La evidencia habla de un cambio prolongado, con el núcleo moviéndose desde el entorno de Montaña Mina hacia su posición actual, más al oeste.
La geología aquí se vuelve una cuestión cotidiana. Una arena suelta, de origen orgánico, puede cambiar de lugar con el viento; la vegetación hacía de sujeción natural, y su retirada alteró ese equilibrio. Es una explicación concreta de cómo una actividad agrícola y productiva pudo tener una consecuencia espacial para la comunidad. ¿Por qué se retiraba la cubierta vegetal? La barrilla era parte de un auge económico que también impulsó la exportación.
La barrilla no fue la única actividad que sostuvo el crecimiento. La fuente histórica destaca asimismo la exportación de vino y aguardiente. San Bartolomé se encontraba entre dos comarcas agrícolas representativas de Lanzarote: El Jable, al este, y los arenados y La Geria, al oeste. El caserío quedaba así en un umbral: a un lado, la arena móvil; al otro, un paisaje agrícola asociado a terrenos volcánicos.
La Geria conserva otra huella del fuego
Al oeste de San Bartolomé, La Geria muestra una historia distinta de la del Jable. Allí las cubiertas de arena volcánica procedentes de las erupciones de Timanfaya dieron lugar a un paisaje de viñedos. No es la misma arena orgánica que caracteriza El Jable: en el entorno municipal conviven dos materiales y dos paisajes que ayudan a entender por qué el casco ocupa una posición de frontera agrícola.
La diferencia importa. En el este, la historia de Ajey se enlaza con arenas que el viento podía desplazar cuando perdían la protección de la vegetación. Hacia el oeste, las cubiertas volcánicas forman parte de un paisaje donde se desarrollaron plantaciones de vid. La geología no aparece aquí como una lista de rocas, sino como el suelo que condiciona dos maneras reconocibles de trabajar el territorio.
La Geria ocupa parte del municipio y fue declarada primero parque natural y después paisaje protegido, mediante leyes canarias de 1987 y 1994. La viticultura sigue presente en el oeste municipal, junto con bodegas situadas dentro del territorio de San Bartolomé. ¿Qué queda de aquella doble frontera en el paisaje actual? La propia continuidad de las áreas agrícolas del Jable y de La Geria mantiene visible esa diferencia de terrenos.
Montaña Mina guarda huellas anteriores a Ajey
Mucho antes de las tormentas de jable que acompañaron el desplazamiento del caserío, Montaña Mina ya formaba parte de la historia humana local. En una cueva de su cara norte aparecieron restos humanos de los majos; un pastor de cabras encontró ese lugar. En la cara sur se halló un individuo en una cista empedrada durante unas obras de canalización.
También se han localizado restos de cerámica aborigen y malacofauna en distintas zonas del municipio, asociados en la fuente a lugares de vida doméstica del pasado. Son hallazgos distintos, pero juntos devuelven profundidad al paisaje: las montañas que hoy enmarcan San Bartolomé fueron escenarios de presencia y actividad humana antes de la conquista de la isla.
A partir del siglo XV, junto a la aldea indígena comenzaron a asentarse colonos llegados de fuera de Lanzarote. Ajey no era, pues, un punto vacío que más tarde se ocupó: era un lugar con una historia anterior, al que se incorporaron nuevos habitantes. La relación entre comunidad y terreno se prolongó a través de cambios de población, cultivos y ubicación.
La parroquia echó raíces mientras el pueblo crecía
El nombre de San Bartolomé llegó con una pequeña ermita construida a finales del siglo XVI, y se popularizó para designar el caserío desde mediados del XVII. El cambio de nombre convivió con el desplazamiento del asentamiento: Ajey siguió apareciendo en documentos, mientras el núcleo se iba moviendo hacia poniente. El topónimo antiguo permaneció como una huella de aquel primer paisaje habitado.
La comunidad también creció. En 1737 se registraban 81 vecinos; Ruiz de Cermeño anotó 127 en 1772, y el compendio de 1776 consignó 144. A finales del siglo XVIII había casas señoriales y se impulsó la creación de una parroquia. El 20 de abril de 1787, Cayetano Guerra Clavijo y su hermano Francisco solicitaron su establecimiento.
La nueva iglesia, financiada por el Mayor Guerra, sustituyó a la antigua ermita. Mientras las tormentas de arena contribuían al cambio de emplazamiento, la parroquia y el crecimiento de la población daban forma a una comunidad cada vez más asentada. No es que un edificio detuviera el viento: son dos procesos distintos, uno ligado al terreno y otro a la vida del pueblo, que coincidieron en una etapa decisiva de su historia.
Ajey se desplazó hacia el oeste porque el jable dejó de estar sujeto como antes y las tormentas alteraron el terreno donde se asentaba la aldea. Si hoy miras desde Montaña Mina hacia el núcleo de San Bartolomé, el paisaje reúne las dos huellas de esa historia: la arena que se movió y una comunidad que encontró, paso a paso, otro lugar donde permanecer.
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